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Guttmann, padre de los paralímpicos

Desde este martes Tokio acoge los Juegos Paralímpicos, una competición que ido ganando importancia con cada nueva edición. Los inicios no fueron nada fáciles, cuando su impulsor tuvo la idea de organizarlos en 1948

El doctor Ludwig Guttmann saluda a un integrante de la delegació australiana en los Paralímpicos de Toronto 76.

El doctor Ludwig Guttmann saluda a un integrante de la delegació australiana en los Paralímpicos de Toronto 76.

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Xavier Carmaniu Mainadé
Xavier Carmaniu Mainadé

Historiador

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Hoy que se inauguran los Juegos Paralímpicos de Tokio queda demostrado, una vez más, el gran potencial terapéutico que tiene el deporte, tanto a nivel físico como psicológico. Y muy especialmente entre aquellas personas que por su situación, en otras épocas de la historia habrían quedado marginadas de la sociedad.

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Si actualmente los medios prestan atención a un encuentro paralímpico es gracias al doctor Ludwig Guttmann, que creyó en el potencial de sus pacientes a pesar de que el mundo se empeñaba en dejarlos de lado.

Guttmann, nacido en 1899 en la Alta Silesia (entonces parte de Alemania), estudió medicina en la Universidad de Breslau y se especializó en neurocirugía, una disciplina que en aquellos momentos empezaba a desarrollarse.

Cuando en 1933 Hitler llegó al poder y se impuso el nazismo, a pesar de ser uno de los médicos más brillantes del país, por culpa de las leyes antisemitas –Guttmann era judío– fue expulsado de su puesto de trabajo y recolocado en el Hospital Judío de Breslau, donde fue jefe de neurología y neurocirugía. Sin embargo, su fama era tal que muchos arios también iban a su consulta.

La situación en Alemania cada vez era más peligrosa y el doctor Guttmann aprovechó que fue enviado a Portugal para tratar a un amigo del dictador Salazar para no volver a tierras germánicas. Al partir de Lisboa, se quedó en Londres con su familia, y al igual que muchos académicos judíos exiliados, se instaló en Oxford.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial empezó a tratar a los heridos con lesiones en la médula espinal. Entonces, el Gobierno británico le encargó la dirección del National Spinal Injuries Center, donde tenía total libertad para trabajar según su criterio. Algunas voces criticaron el proyecto por considerar que atender a personas que tenían tantos problemas de salud era tirar el dinero. Sin embargo, él no escuchó las críticas y siguió buscando la manera de mejorar la calidad de vida de sus pacientes. Y fueron ellos mismos los que le mostraron una de las maneras de hacerlo. Observó que algunos se entretenían jugando a un deporte que habían bautizado como “hockey-silla", y que los participantes mejoraban tanto el estado anímico como el físico.

Todo aquello pasaba cuando Londres se estaba preparando para acoger los Juegos Olímpicos de 1948, los primeros tras la guerra. Entonces Guttmann tuvo la idea de organizar competiciones entre sus pacientes. Los bautizó como los Stoke Mandeville Games, porque aquel era el nombre del hospital donde estaba ubicado su centro. Dieciséis personas –14 hombres y dos mujeres– tomaron parte en un modesto campeonato de tiro con arco en silla de ruedas. El experimento funcionó y se fue repitiendo anualmente hasta que en 1952 también se incorporó un equipo neerlandés. A partir de entonces comenzó la internacionalización de la actividad.

Aquella semilla terminó de brotar en 1960, cuando los Stoke Mandeville Games se convirtieron en los Paralímpicos al trasladar el evento a Roma, donde se hacían los JJOO. En total, 400 atletas procedentes de 23 países compitieron por las medallas de ocho deportes: tiro con arco, dardos, atletismo, billar, natación, tenis de mesa, baloncesto y esgrima.

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A partir de 1976 se abrió a otros tipos de discapacidades más allá de las amputaciones y lesiones medulares, y eso permitió que hubiera 1.600 deportistas de 40 delegaciones. La competición se celebró en Toronto, mientras que los JJOO se hicieron en Montreal. No fue hasta 1988 que la sede de los juegos también asumió la organización de los paralímpicos. Cuatro años más tarde, Barcelona aun dio un paso más allá: diseñó las instalaciones sin barreras arquitectónicas para que sirvieran tanto para un evento como para el otro.

A partir de ese momento las competiciones paralímpicas han crecido en todos los sentidos. Ahora a nadie se le ocurriría poner en duda las virtudes del deporte y la necesidad de que lo practique todo el mundo, sin prestar atención a sus condiciones físicas. Lo único que hace falta es adaptarlo a las necesidades de cada uno para que nadie quede excluido.