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Luz en la oscuridad

Barcelona cambia la manera de iluminar las calles para hacerlas más seguras, sobre todo pensando en las mujeres, que sufren asaltos nocturnos. En realidad, es una medida que va bien a todo el mundo. En 1875 ya lo sabían

Operarios arreglando un fanal de la Rambla en 1907.

Operarios arreglando un fanal de la Rambla en 1907. / Arxiu Fotogràfic de Barcelona

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Xavier Carmaniu Mainadé
Xavier Carmaniu Mainadé

Historiador

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Hace unos días el Ayuntamiento de Barcelona anunciaba que, siguiendo con las reformas del alumbrado público, estaba cambiando las farolas de zonas de la izquierda del Eixample y de Horta-Guinardó. La razón de esta intervención es doble. Por un lado está la cuestión de la eficiencia energética, porque las nuevas luces son más potentes y gastan menos, y por otro lado para incorporar la perspectiva de género. Esta es una reivindicación histórica de muchos colectivos feministas, que reclaman acabar con los puntos oscuros y que las calles estén mejor iluminadas. Las zonas con poca luz son aprovechadas por los asaltantes para atacar a las mujeres, que no pueden pasear tranquilamente cuando anochece. Lo que es sorprendente es que se tenga que destacar la cuestión del género, cuando en realidad es una medida que beneficia a todos. Unas calles mejor iluminadas son seguras tanto para las mujeres como para los hombres. Sirva de prueba lo que se vivió no demasiado lejos de la zona donde ahora ponen las nuevas luces.

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Durante la década de 1840, Barcelona comenzó a desplegar la red de alumbrado público con farolas de gas. Entonces todavía no se había desarrollado la tecnología eléctrica y en la ciudad había fábricas de producción industrial de gas que lo distribuían por toda la trama urbana. A medida que los años pasaban, la ciudad crecía gracias a la gran cantidad de inmigración procedente sobre todo de las comarcas del interior de Catalunya. En 1866 ya había cuatro plantas gasistas que intentaban proveer a los barrios. El problema era que la inversión pública en servicios no cubría todas las zonas por igual y esto generaba quejas. Una de las partes más abandonadas era la zona alta de la actual calle de Nàpols, en el espacio conocido como el Camp d’en Grassot. En 1875 todo aquello continuaba a oscuras a pesar de que una de las fábricas de gas estaba situada a pocos centenares de metros, entre las calles de Torrent de l'Olla y Còrsega. El perjuicio era tan evidente que los vecinos organizaron una protesta para reclamar a las autoridades municipales que instalaran el gas en aquella parte de la vía pública de la misma manera que se había estado haciendo desde décadas anteriores en otros barrios de la ciudad. Sus quejas no fueron escuchadas y al cabo de tres años volvieron a la carga argumentando que si les cobraban las contribuciones tenían derecho a percibir los mismos servicios que los residentes de otros distritos que ya gozaban de luz en la calle.

El problema de los vecinos del Camp d’en Grassot es que estaban en tierra de nadie. Después de haber formado parte del término municipal de la Vila de Gràcia (fue pueblo independiente hasta el 1897), dado que los terrenos quedaban afectados por el plan urbanístico de Ildefons Cerdà, habían pasado a manos de Barcelona. Pero entonces toda aquella zona todavía era poco poblada y no había experimentado el crecimiento urbanístico que viviría en el siglo XX.

Lo que demostraba aquella protesta es que los habitantes del Camp d’en Grassot tenían claro que el pagar impuestos municipales les daba derecho a reclamar unos servicios que de momento les denegaban. Y por si esto fuera poco, en 1881 se empezaron a hacer los primeros experimentos para implantar el alumbrado eléctrico en la ciudad. Lo que aún generaba más malestar entre los perjudicados.

Cabe decir, sin embargo, que entonces aún no era evidente que la electricidad se impondría al gas, porque tenía averías frecuentes y fluctuaciones en la intensidad de las farolas, debido a las variaciones de potencia que sufría la red.

Lo que no cambiaba era que la periferia inicialmente quedaba marginada. Las primeras calles con luz eléctrica fueron la Rambla, la calle de Ferran, la plaza de Sant Jaume, el paseo de Colón y la zona del puerto, porque es donde estaban los hoteles y los establecimientos comerciales más importantes de la ciudad.

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Así pues, mientras en algunos lugares no había ni farolas de gas, en otros ya se estaba introduciendo una nueva tecnología, al igual que en determinados barrios periféricos sigue habiendo zonas oscuras donde las mujeres no pueden ir tranquilas. Y eso que ellas también pagan impuestos, como los vecinos del Camp d'en Grassot de 1875.

El campo de los Grassot

El Camp d’en Grassot recibe este nombre porque el terreno era propiedad de la familia Grassot –originaria de La Bisbal d’Empordà– que en 1883 se lo vendió por 11.713,34 pesetas al ayuntamiento para que se pudiera llevar a cabo la urbanización del paseo de Sant Joan, que se estaba construyendo en ese momento con vistas a la Exposición Universal de 1888.