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Los Juegos en la libertad

La llama de Tokio se ha apagado. Una edición única por muchas razones, pero no porque un par de atletas hayan desertado de sus delegaciones. Desde 1948 hay deportistas que aprovechan la cita olímpica para escapar.

A la prensa de 1956 no se le escapó la signifcación política del violento partido entre la URSS y Hungría. 

A la prensa de 1956 no se le escapó la signifcación política del violento partido entre la URSS y Hungría. 

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Xavier Carmaniu Mainadé
Xavier Carmaniu Mainadé

Historiador

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Hasta hace dos semanas nadie sabía quién era Krystina Tsimanovskaya, la atleta bielorrusa que se ha exiliado a Polonia después de abandonar su delegación olímpica. No es el único caso que se ha visto en los Juegos de Tokio. Menos mediático fue el del levantador de peso Julius Ssekitoleko de Uganda, que huyó de la villa nada más llegar. Después de un par de días fue localizado y lo enviaron de nuevo a su país, donde según la cadena norteamericana NBC está detenido de manera ilegal y en circunstancias poco claras por orden del gobierno que preside el general Yoweri Museveni desde 1986.

El nombre de estos dos deportistas se añade a una larga lista que estrenaron, en los JJOO de Londres de 1948, la checoslovaca Marie Provazkínová y el húngaro Oszkár Csuvik. Ambos provenían de regímenes comunistas satélites de la Unión Soviética.

La primera era la entrenadora del equipo de gimnasia que consiguió el oro. El 18 de agosto de 1948 se declaró refugiada política para denunciar la falta de libertad de su país donde, el febrero anterior, se había producido un golpe de estado dirigido desde Moscú para hacerse con el control de Checoslovaquia. Provazkínová se fue a los Estados Unidos, donde empezó una nueva vida.En cuanto a Csuvik, era waterpolista y ganó la plata. Terminados los juegos se quedó dos años en Inglaterra y luego emigró a Australia, donde acabó dirigiendo el equipo olímpico de waterpolo en los JJOO de Helsinki de 1952. Al retirarse trabajó de comentarista radiofónico en la cita olímpica de 1956. Desde los micrófonos fue testigo de la violenta semifinal entre la URSS y Hungría, bautizada como "El baño de sangre de Melbourne". Aquel enfrentamiento fue mucho más que un partido de waterpolo. Tres semanas antes del inicio de los Juegos, la Unión Soviética había invadido Hungría para detener la revuelta democrática. Entonces los atletas ya habían viajado a Australia para prepararse para la competición y se enteraron por las noticias de como su pueblo era reprimido sin contemplaciones. Toda esa tensión se trasladó a la piscina y el jugador estrella húngaro, Ervin Zádor, salió del agua con la cabeza abierta por la agresión de los rivales, impotentes después de que hubiera marcado dos de los cuatro goles que los húngaros les habían metido. En la final ganaron el oro al vencer Yugoslavia 2 a 1. Después de los JJOO unos cien atletas húngaros desertaron y no volvieron a casa. Entre ellos el propio Zádor, que terminó trabajando de monitor de natación infantil en San Francisco.

Otro caso de deserción masiva se vivió en Múnich en 1972. Aún no se sabe con certeza cuántos deportistas de la URSS escaparon del control de la KGB. Cuatro años más tarde, en Montreal, un asesor del comité soviético también huyó; al igual que cuatro integrantes de la delegación rumana.

Parecía que con el final de la Guerra Fría las deserciones pasarían a la historia sin embargo muy pronto se vio que no sería así. En 1996 en Atlanta el abanderado de Irak, el levantador de pesos Rae Ahmed, se quedó en EEUU para denunciar el régimen de Saddam Hussein. También hizo lo mismo el beisbolista cubano Rolando Arrojo, que en 1992 había ganado el oro en Barcelona con su equipo. Enseguida fue fichado por el equipo profesional de Tampa (Florida). Precisamente fue allí donde, en 2008, más de la mitad de futbolistas del combinado cubano que estaban haciendo el preparatorio para ir a Pekín, abandonaron la concentración para pedir asilo en Washington. Al igual que en el caso de Arrojo, ellos también encontraron equipos de la liga profesional de 'soccer' donde poder jugar.

Cuando en 2012 los Juegos viajaron a Londres, fueron los africanos los que aprovecharon la oportunidad para huir y no volver a casa. De Camerún desertaron una portera del equipo de fútbol, una nadadora y cinco boxeadores. Del Congo lo hicieron varios técnicos, de Sudán abandonaron varios fondistas y de Eritrea el abanderado y tres compatriotas más.

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Y es que una cosa es clara, mientras haya desigualdades siempre habrá quien aspire a mejorar su situación y hará lo necesario para conseguirlo. Incluso abandonar una posición privilegiada como la que tiene un deportista de élite en su país.

Entrenador de jóvenes promesas lejos de casa

Ervin Zádor no lo tuvo fácil cuando se exilió a EEUU. Durante los primeros años tuvo que hacer todo tipo de trabajos, pero cuando se supo que era un campeón olímpico empezó a entrenar jóvenes promesas de la natación. Entre sus alumnos tuvo nada menos que a Mark Spitz, el nadador más grande del siglo XX, ganador de 9 medallas de oro olímpicas.