Un debate de alcance regional

Colombia hace reflexionar a Latinoamérica sobre el culto a los conquistadores

El derribo de varias estatuas dedicadas a los conquistadores españoles durante las protestas en el país andino suscita una reflexión que abarca a toda Latinoamérica, donde abundan este tipo de monumentos, y que obliga a reevaluar a qué y quiénes se ha de rendir homenaje en el espacio público

Indígenas misak derriban la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada, en el centro de Bogotá.

Indígenas misak derriban la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada, en el centro de Bogotá. / Efe

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Mauricio Bernal
Mauricio Bernal

Periodista

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Al igual que algunas revoluciones que deparan imágenes de especial simbolismo en el derribo de la estatua del sátrapa, uno de los efectos colaterales de las protestas en Colombia ha sido la destrucción de monumentos de los conquistadores españoles en las calles del país. Fueron especialmente significativos el derribo de la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada en el centro de Bogotá, así como los ataques a las estatuas de Sebastián de Belalcázar en las ciudades de Cali y Popayán. Las tres fueron atacadas por delegaciones de los indígenas misak que participaban de las protestas. Iban a correr la misma suerte y en las mismas manos los monumentos a Isabel La Católica y Cristóbal Colón en la avenida El Dorado de la capital, la primera que recorren los viajeros tras aterrizar en el aeropuerto internacional del mismo nombre, pero la policía antidisturbios lo impidió. Sin embargo, al día siguiente las estatuas habían desaparecido, pero no por obra de los manifestantes sino del Gobierno, con el argumento de que se las llevaba para protegerlas.

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No fue objeto de mejor trato, a pesar de su más simpática, a priori, condición de libertador, la estatua de Simón Bolívar en el emblemático Monumento a los Héroes, también en la capital del país. El 15 de mayo, un grupo de manifestantes intentó derribarlo atándole una soga al cuello, y aunque no lograron su cometido lo dejaron lo bastante malparado como para que la alcaldía decidiera retirarlo. Para protegerlo, también. Al final, y de manera sorpresiva, el Ministerio de Cultura anunció la apertura de un diálogo con comunidades, historiadores y responsables del patrimonio histórico para “revisar” el asunto. La alcaldía de Bogotá, en manos de la izquierdista Claudia López, también se avino a tocar el tema.

Indígenas invisibles

Para nadie que haya visitado una gran ciudad latinoamericana es un secreto que una buena parte del patrimonio escultural público está dedicado a los “héroes” de la conquista, palabra que en esta coyuntura en especial hay que poner cuidadosamente entre comillas. Y que muchas calles y plazas llevan el nombre de los antiguos conquistadores. Y que los héroes indígenas de aquellos tiempos, en cambio, brillan por su ausencia (los manifestantes, por cierto, rebautizaron la avenida Jiménez de Quesada como avenida Misak). De modo que no es un asunto exclusivamente colombiano. Lo que ocurre en el país andino suscita una reflexión que extiende su manto sobre el resto del continente. Quizá haya llegado la hora de reevaluar ese culto. No es un debate de ámbito local. Es un debate de ámbito latinoamericano.

Manifestantes en el Monumento a los Héroes, junto a la estatua de Bolívar que posteriormente fue retirada, en Bogotá.

/ Mauricio Dueñas Castañeda

“Los estudiantes y los representantes de las comunidades indígenas lo han dicho: el derribo de las estatuas de los conquistadores significa poner un alto en el camino, ‘saldar una deuda’, modificar el espacio público para que deje de pertenecer a una minoría, para abrir la posibilidad de que incluya a quienes por siglos han sido despojados de sus tierras, marginados, explotados, invisibilizados”, dice Marialba Pastor, académica del Colegio de Historia de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). La autora de libros como ‘Cuerpos sociales, cuerpos sacrificales’ explica que “en todo el continente esta reacción ya cuenta su propia historia”, y recuerda que “en varios países, desde hace décadas, la conmemoración del 12 de octubre es muy problemática”. Porque, pregunta, “¿qué hay que celebrar?”

Caciques sin estatuas

“Dado que en Colombia los indígenas tuvieron poco peso político hasta hace poco, las ciudades fundadas por los españoles honran a sus conquistadores”, observa Jorge Orlando Melo, uno de los historiadores colombianos de referencia, autor de la celebrada ‘Historia mínima de Colombia’. Melo recuerda que su país no escapa a la tendencia en boga de empezar a “contar la historia teniendo en cuenta la experiencia de los esclavos y los vencidos”, pero que eso que ya permea escuelas y textos escolares aún no ha llegado al espacio público. En cualquier caso, asegura que es mejor insistir en la formación que tumbar estatuas. “No creo que sirva de mucho” dice. “Tal vez valdría la pena empezar a hacer monumentos que no celebren la derrota indígena, sino que celebren a las víctimas y a los indios rebeldes”, añade, y menciona al cacique Aquiminzaque de Tunja o al cacique Calarcá, figuras que todo colombiano que haya pasado por la primaria conoce, y que, a pesar de formar parte del mismo pasado épico, del mismo tiempo de formación de la nación, no tienen lugar en el espacio público.

"Tal vez valdría la pena empezar a hacer monumentos que no celebren la derrota indígena"

Jorge Orlando Melo, historiador colombiano

“Los textos escolares ya cuentan otra historia, un relato más matizado”, dice, “pero en Popayán hay estatuas de Sebastián de Belalcázar y no de los indios que murieron en la conquista; en la capital tumbaron la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada pero no hay una estatua de Sagipa, el último cacique indígena de Bogotá, al que Quesada hizo torturar para que le dijera donde tenía el tesoro, y que murió cuando sus hombres prolongaron sus torturas echándole aceite hirviendo en las piernas”. En Cartagena sí hay una estatua dedicada a una india, recuerda, la India Catalina, pero Melo subraya que fue la que “ayudó a Pedro de Heredia (el conquistador madrileño fundador de la ciudad) a someter a numerosos caciques”. 

Mitos caducos

Desde México, un país donde el debate está muy presente (Pastor recuerda que “el año pasado hubo un intento por derribar la estatua de Colón en la Ciudad de México, que desde entonces está guardada, como han estado guardadas las estatuas de Hernán Cortés”), Miguel Segundo, profesor e investigador del Departamento de Historia de la Universidad de Guanajuato, dice que el gran problema es que los mitos asociados a los monumentos “han dejado de funcionar”, y que “sus retóricas y las escenas primordiales a que remiten” se han vuelto “grandes y pesadas losas”. “Muchos monumentos representan eso: pesadas piedras que se encuentran ancladas en viejos mitos que ya son insoportables de cargar por sociedades que necesitan repensar sus identidades. El mundo está convencido de que los viejos mitos deben ser reinterpretados” y de que otros deben ser construidos, dice, “sobre nuevas certezas”.

"El derribo de las estatuas de los conquistadores significa modificar el espacio público para que deje de pertenecer a una minoría"

Marialba Pastor, historiadora mexicana

“Con la destrucción de los antiguos símbolos se quiere expresar la ruptura con una historia que ya no funciona”, dice Segundo, así como “la inconformidad con un presente sin certezas en medio de una pandemia y con el drama humano que atraviesa el conflicto en Colombia. El pasado y sus monumentos han dejado de articular la memoria de esas sociedades, y en estos momentos límite son símbolos que focalizan el agravio, un pasado que necesita ser superado”.

"Cómo nos vemos, quiénes somos"

“Estoy por un mundo libre de monumentos personales, libre de próceres y héroes”, dice el escritor argentino Martín Caparrós. “Lo que no me parece justo es que se quite a unos y se mantenga a otros según las modas culturales y políticas, los caprichos de cada momento. Si quieren revisar la galería de monumentados, entonces hagamos verdaderos debates nacionales: quién se merece qué, cómo, dónde, por qué. Sería una forma tan interesante de repensar y discutir nuestras historias. Hay monarcas precolombinos que mataron a miles y hay generales de la independencia y presidentes de las naciones que también. Hay cruces y más cruces. Si acaso, corresponde un debate en serio para ver qué queremos recordar y reivindicar y qué no, o sea: cómo nos vemos, quiénes somos”.

"Corresponde un debate en serio para ver qué queremos recordar y reivindicar y qué no, o sea: cómo nos vemos, quiénes somos"

Martín Caparrós, escritor argentino

¿Cómo se ven las cosas al otro lado del mundo? Bernat Castany, profesor de literatura hispanoamericana de la Universitat de Barcelona, dice que el debate sobre el derribo de las viejas estatuas forma parte del “gran debate” sobre la reformulación de la historia, y que hay “recuperar la idea de que es posible acercarse, aunque sea tentativa, progresiva y provisionalmente, a la verdad”. “Si reducimos toda historia a relato, renunciando a toda aspiración a hallar una cierta verdad, el debate se reducirá a una lucha de intereses en la que ganará el que tenga más dinero para difundir su versión. No es tan difícil aceptar que durante la época de la conquista y la colonia los conquistadores y los colonos cometieron verdaderas masacres”, dice, como “tampoco que los indígenas no sufrieron menos en época republicana, que las élites independentistas eran igual de racistas y feudales, o más, y que sus padecimientos se explican más por los intereses de las élites actuales, la nefasta injerencia de EEUU o el neoliberalismo”. Como dice Pastor, “cualquier tipo de idealización, llegue del lado del hispanismo o del lado del indigenismo, es un mal comienzo para comprender lo ocurrido en el pasado y hacer justicia en el presente”.

Los capitanes y sus secuaces

“Yo creo que ha llegado la hora de revisar la historia de América Latina en su conjunto, porque está llena de inventos, mentiras (intencionales) y falsedades (inconscientes) –dice la profesora de la UNAM–. Para empezar, tenemos que revisar las historias de las conquistas de América, porque en esencia fueron escritas por los capitanes generales y sus secuaces”. Pastor dice que las estatuas y otras obras artísticas forman parte “de la cultura del elogio implantada desde los tiempos coloniales en América para sacralizar” no solamente figuras, sino “un pasado ilusorio construido con base en cánones europeos, en especial, con base en el racismo, el clasismo y la discriminación, que son útiles para reproducir el estado de cosas que justifica el patriarcado, la servidumbre y la explotación. De ahí la visión maniquea de las historias tanto coloniales como nacionalistas: lo bueno, bello y superior quedan siempre del lado de la minoría adinerada y gobernante, y lo malo, feo e inferior del lado de la mayoría campesina sometida y pobre”.

“Si reducimos toda historia a relato, renunciando a toda aspiración a hallar una cierta verdad, el debate se reducirá a una lucha de intereses en la que ganará el que tenga más dinero para difundir su versión"

Bernat Castany, profesor de literatura hispanoamericana de la UB

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Ahora bien, hay que esquivar los peligros que entraña una revisión a fondo. “Todo debate es fructífero y pertinente, a condición de que no sea una mera fantasía compensatoria”, dice Castany. “Hay obstáculos gigantes”, dice Pastor. “Desde mi punto de vista, uno de ellos es el romanticismo, las ilusiones y la fantasía que hacen creer a la gente que en el pasado prehispánico se vivía armónicamente”. En ese sentido, el profesor Segundo aporta la siguiente reflexión: dice que sí, que “es indispensable repensar la historia del continente”, y que “en sociedades que se quieren refundar mitológicamente el regreso a un pasado exitoso puede ser una apuesta atractiva, un regreso imaginario a los buenos tiempos, a una temporalidad ida”. Sin embargo, añade, “en muchos países latinoamericanos ese idílico lugar originario no queda muy claro dónde quedó, los viejos tiempos no fueron mejores”. Pero tampoco lo es el presente, desliza.

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