Ágora

Por qué escojo comercio justo

Tenemos tendencia a pensar que no tenemos nada que hacer pero muchas de nuestras decisiones diarias contribuyen a dar una forma u otra a la realidad

Por qué escojo comercio justo

REUTERS Ange Aboa

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Me encanta el chocolate. En el estado español se consume una media de 3,5 kg por persona al año, pero creo que soy de aquellas personas que hacen subir la estadística. Aun así, en el momento de comerme una onza o beberme un chocolate caliente no puedo evitar preguntarme qué hay detrás de este producto.

Por desgracia, la respuesta no es muy diferente de lo que pasa con tantos otros productos que consumimos diariamente. El chocolate genera miles de millones de beneficios. Estos, sin embargo, se quedan mayoritariamente en manos de las grandes distribuidoras y los fabricantes del producto final. Mientras tanto, los agricultores viven mayoritariamente en situación de pobreza extrema y ven como cada vez se les paga menos por el cacao.

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Los datos son mucho peores de lo que nos podríamos llegar a imaginar. El precio del cacao hoy no es ni la mitad del que era en los años 70. Estamos ante un sector en el que la mano de obra infantil sigue más viva que nunca, con más de 1,5 millones de menores trabajando en su producción de los cuales, según UNICEF, 200.000 trabajan directamente en condiciones de esclavitud. La explotación afecta también a los adultos. En Costa de Marfil, el primer productor de cacao mundial, los cultivadores reciben menos de 0,78 dólares al día -cifra muy por debajo del umbral de la pobreza que Naciones Unidas ha establecido en 1,9 dólares al día-. A todo esto hay que añadir el impacto medioambiental en forma de deforestación o polución de las aguas por el uso de pesticidas.

Ha habido intentos para revertir la situación. En verano del 2019, Costa de Marfil y Ghana decidieron establecer que las multinacionales tenían que pagar 400 dólares adicionales sobre el precio de mercado de la tonelada de cacao. Este extra estaría destinado a garantizar una renta mínima de subsistencia para los productores. Las grandes distribuidoras, a pesar de mostrarse inicialmente de acuerdo con esta propuesta, excusándose en una bajada de consumo por la pandemia, han preferido recurrir a sus reservas o buscar proveedores alternativos para evitar comprar a este nuevo precio. Con más de cien mil toneladas de grano de cacao sin vender, los gobiernos de los dos países se vieron forzados este último marzo a reducir un 25% la cantidad que reciben los pequeños productores como única vía para poder vender el producto.

¿Y qué podemos hacer nosotros ante esta tragedia? Tenemos tendencia a pensar que no tenemos nada que hacer pero muchas de nuestras decisiones diarias contribuyen a dar una forma u otra a la realidad. Ejemplo fácil: vamos a comprar un jueves por la tarde cualquiera y, ante el mostrador de los dulces, tenemos que elegir entre todas las barritas de chocolate que nos ponen delante. Algunas (la mayoría), son fruto de este sistema de explotación y por tanto, al comprarlas, colaboramos con su continuidad. Otros, nos abren nuevas posibilidades.

Los productos que cuentan con el sello de garantía de comercio justo (Fairtrade, WFTO, SPP, Naturland Fair y Fair for life) han sido producidos en condiciones dignas y respetando el medio ambiente. Las relaciones a largo plazo entre las cooperativas productoras en los países del sur global y las entidades distribuidoras permiten prácticas comerciales basadas en la solidaridad, la confianza y el respeto mutuo; se paga un precio justo, con una prima que las personas productoras deciden cómo invertir en la mejora de su comunidad. Además, el sistema de certificación garantiza que no se ha empleado trabajo infantil ni trabajo forzoso, además de promover la sostenibilidad ambiental, la diversificación de cultivos, la agroecología y la soberanía alimentaria.

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Aun así, en Catalunya, en 2019 solo nos gastamos una media de 3,71€ por persona en productos de comercio justo. Así que todavía tenemos mucho de margen de mejora porque aquellos 3,5 kilos de chocolate que consumimos al año tengan un impacto positivo real.

Los consumidores tenemos más poder del que nos pensamos, es muy fácil hacer un cambio positivo en nuestra compra. Por eso, yo elijo comercio justo.