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El Grand Tour, precursor espiritual del turismo

El gran especialista en literatura de viaje Attilio Brilli publica en castellano ‘Cuando viajar era un arte’, libro en el que repasa con lujo de detalles esa práctica de la aristocracia inglesa, el Grand Tour, que sembró la semilla del turismo actual. Otro especialista local, Gabi Martínez, señala las semejanzas y diferencias

Turistas en tiempos de carnaval en Venecia, en una foto de archivo.

Turistas en tiempos de carnaval en Venecia, en una foto de archivo. / FERNANDO PROIETTI

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Mauricio Bernal
Mauricio Bernal

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Era, como escribe Attilio Brilli, “la coronación de una buena educación”: generaciones y generaciones de jóvenes aristócratas ingleses emprendían un viaje de meses por –según el viajero y las circunstancias– Alemania, Suiza, Francia e Italia (sobre todo Italia), en lo que tenía visos de definitivo despertar a la vida y a la madurez. Ocurrió entre los siglos XVI y XIX, con pico de esplendor en el XVIII. Viajaban para aprender, en medio de un lujo impensable hoy en día y dispuestos a enfrentar y sortear las dificultades. Marchaban en condición de adolescentes y volvían convertidos en hombres. Era elitista, pero dejó sembrada la semilla de la que brotó el turismo moderno, y aportó algunos de los numerosos ingredientes que forman parte del turismo moderno, como, por ejemplo, el neceser. Sí, el neceser. Cosas como esta y otras del mismo calibre las cuenta con delicia cautivadora el especialista italiano en ‘Cuando viajar era un arte. La novela del Grand Tour’, recién publicada en castellano por Elba.

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Una experiencia sensible

Era otro tiempo y era otro mundo, y el viaje era ante todo una experiencia sensible. “Con el expirar del siglo XVI, entre los aristócratas ingleses y franceses”, escribe Brilli, “o los ‘kavalier’ alemanes, empieza a difundirse una idea de viaje a la que seduce la curiosidad y la necesidad de evasión, sensible a la llamada de la cultura clásica y, sin embargo, siempre sostenida por el espíritu de observación de la “nueva ciencia” baconiana o por la nueva mentalidad historiográfica francesa”. Como motor del desplazamiento tiene poco que ver con la moderna necesidad de tumbarse en una hamaca a mirar mecerse el mar, y es por eso que un especialista en literatura de viajes como Gabi Martínez, autor de la reciente ‘Animales invisibles’ (Capitán Swing y Nórdica) dice que solo “espiritualmente” puede considerarse el Grand Tour como precursor del turismo de masas, pero no “físicamente”. “Lo que inspiraba un Grand Tour era conocer y aprender, mientras que el turismo más bien lo que busca es estar y disfrutar. Son verbos muy distintos. El turismo es un pasatiempo, mientras que la vocación del Grand Tour era educar personas, dejar huella”.

Nacimiento de un género

Las huellas que dejaba un Grand Tour eran variadas: huellas sobre uno mismo, sobre el país de origen (beneficiario de las enseñanzas adquiridas) pero también huella literaria. Brilli recuerda que muchos ilustres viajeros moldearon con sus relatos de Grand Tour la literatura de viajes, algo hasta entonces prácticamente desconocido, y recuerda que en la larga lista de quienes lo llevaron a cabo estaban no solo los hijos de la aristocracia sino “una serie de viajeros más ricos de ideas que de bolsa”: los acompañantes y tutores que tuvieron acceso de este modo a esta práctica burguesa, entre ellos personajes como Thomas Hobbes, John Locke, Adam Smith y James Spence. “Es a ellos a quienes se debe el conspicuo y proteiforme cúmulo de observaciones, relaciones, diarios, epistolarios y guías que constituyen la llamada literatura de viaje”, la que alcanza su apogeo en el siglo XVIII, escribe Brilli. El autor subraya que “entre los más sagaces y avisados ‘voyageurs’” se encontraban “las mujeres escritoras, desde Madame Du Bocage hasta Lady Mary Wortley Montagu o Hester Lynch Piozzi”, que en muchos casos ofrecieron “las mejores y más innovadoras obras”.

La amada Florencia

El Grand Tour lo practicaron jóvenes aristócratas británicos pero también de otros países de Europa, y su recorrido fue prácticamente el mismo durante varios siglos, al margen de variaciones menores que dependían del estado de los caminos o mayores que se derivaban de las circunstancias geopolíticas (las campañas napoleónicas interrumpieron durante 15 años los viajes). En cualquier caso, el destino final o en todo caso principal era invariablemente Italia. La entrada al país por los pasos alpinos era siempre complicada. Venecia era una parada obligada, y se recomendaba ir en época de carnaval. Génova era una de las ciudades más admiradas por el viajero, pero la más querida (“la más amada”, escribe Brilli) era Florencia. Nadie que hiciera el Gran Tour podía omitir Florencia. “Elegancia y grandeza”, escribía Lady Montagu. “Una ciudad tan amable y tan clara que no se la debería ver más que los días festivos”, escribía Lynch Piozzi.

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Un viaje antisistema

¿Qué queda del Grand Tour? Gabi Martínez dice que hasta hace unos años aún conocía a gente que hacía el Grand Tour, “y eran latinoamericanos casi todos, y algún inglés”. “Ahora cada vez me cuesta más encontrarme con personas así –dice–, aunque creo que se debe seguir practicando”. Pero dice que ya no es lo mismo, por las razones evidentes y también porque “lo que antes se veía como una oportunidad de conocimiento, ahora se ve como algo peligroso debido al componente de antisistema que tiene. Antes daba envidia, hoy la pregunta que surge es: ‘¿Te vas a desaparecer un año?, de lo que se supone que es la sociedad conectada. Ahora es algo que te deja fuera del organismo vital de las sociedades modernas”. Visto así, es un termómetro de lo bien o mal que ha cambiado el mundo. Depende de cada uno.

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