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La amistad y el respeto: seis autores hablan de sus editores

Con motivo de la publicación del magnífico 'Jérôme Lindon', el librito que Jean Echenoz escribió sobre su editor en Les Éditions de Minuit, seis escritores se confiesan sobre los vínculos que los unen con esos cómplices en cuyas manos ponen lo mejor de sí mismos. O casi. Viene Sant Jordi.

Jon Bilbao, Pedro Mairal, Munir Hachemi, Santiago Lorenzo, Suso de Toro y Marta Carnicero.

Jon Bilbao, Pedro Mairal, Munir Hachemi, Santiago Lorenzo, Suso de Toro y Marta Carnicero.

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Cuando Jean Echenoz decidió escribir sobre Jérôme Lindon, que durante más de 20 años fue su editor en Les Éditions de Minuit, le salieron frases como estas: “Nunca hemos sido íntimos Jérôme Lindon y yo, pero, pese a todo, sí lo suficiente para que me siga echando broncas cuando le parece que voy mal arreglado”. “Parece bastante frecuente que, si le gusta un manuscrito, Jérôme Lindon proponga cambiar el título”. “Que no vaya a creer nadie que ese hombre es frío, cortante, autoritario, incapaz de afecto, qué sé yo; es todo lo contrario”. Su homenaje al legendario editor francés quedó consignado en ‘Jérôme Lindon’, un librito publicado a la muerte del “hombre delgado, de estatura elevada y morfología enjuta, rostro alargado y austero, pero sonriente” ocurrida en abril del 2001. Nórdica lo rescata ahora en español.

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¿Cómo es la relación entre un autor y su editor? ¿Cómo es ahora, en los tiempos de la relampagueante tecnología? ¿Discuten mucho? ¿Hablan del punto y coma? Llega Sant Jordi y los libros se apoderan de las ciudades, y esos libros son siempre el resultado de un trabajo conjunto entre el escritor y el editor: entre una persona que se ha pasado los últimos meses o años de su vida luchando con “esa narración que siempre nace horrorosamente defectuosa” (Foster Wallace) y otra decidida a acogerlo en su hogar, sentarlo amablemente junto al fuego y aconsejarlo sobre la mejor manera de que su trabajo llegue al lector. Seis escritores han accedido a destapar para EL PERIÓDICO los entresijos de ese vínculo en el que suele haber de todo: camaradería, amistad, dependencia, confianza, respeto. Sobre todo respeto.

Algo de pasión

“La relación con el editor pide, si no un flechazo, al menos algo de pasión”, dice Suso de Toro, que acaba de publicar ‘Un señor elegante’ con Alianza Editorial (‘Un senyor elegant', Més Llibres). “El autor espera de su editor un papel maternal, tutorial pero también maternal. Por su naturaleza carece de visión objetiva sobre su trabajo y sobre sí mismo y propende a la paranoia, a tener una visión angustiada de su experiencia. El mundo no lo comprende, su tiempo no lo comprende. En ese sentido el papel del editor es esencial porque tiene la función de ver la obra, ayudarle a objetivar y animarlo. Valeria cree en mí literariamente y eso para mí es fundamental. Me da mucha confianza”. El escritor gallego se refiere a Valeria Ciompi, directora editorial del Grupo Anaya, su maternal compañera de viaje literario. “Quien le dice al autor ‘tu obra vale mucho’, es decir, ‘tú vales mucho’, al final es el editor”, resume el autor.

Jon Bilbao lleva varios años trabajando con Enrique Redel, editor de Impedimenta. Fruto de ese trabajo son ‘Estrómboli’, ‘El silencio y los crujidos’ y ‘Basilisco’, obras que han llegado a las librerías como resultado del “entendimiento”, por un lado, y el hecho de compartir “objetivos comunes acerca de a qué lectores tienen que llegar esos libros y cómo se tienen que presentar y distribuir”, según el escritor asturiano. Para Bilbao, debe primar el respeto entre el autor y su editor. “Sin duda. Le entregas el trabajo de muchos meses, o muchos años, un trabajo en el que has puesto mucho de ti mismo. Es algo muy personal y te debes fiar de cómo luego él va a manejar ese material. Si no tienes respeto por tu editor es hora de cambiar de casa”.

Tocar el manuscrito

Llega el manuscrito a la mesa del editor, bien a través de un agente, bien desde el escritorio del autor. ¿Qué ocurre a partir de entonces, o cómo debería ocurrir? “A mí nadie me ha impuesto nada y eso ha sido muy importante”, dice la escritora catalana Marta Carnicero, que publica con Acantilado (‘Coníferas’, ‘El cielo según Google’) y Quaderns Crema (‘Coníferes’). Su editora es Sandra Ollo. “Lo que ha pasado siempre es que Sandra me ha explicado cómo ve el texto y de qué cree que se podría beneficiar, y a partir de ahí me ha dado vía libre”. El respeto que siente por la opinión de su editora lo ilustra con la pequeña historia detrás del proceso de edición de ‘Coníferas’. “Ella me dio el manuscrito con sus anotaciones y nos sentamos y lo comentamos con detalle. Entonces me dijo que creía que la novela al final se precipitaba un poquitín. Me hizo reflexionar y comprendí que tenía razón, y al final le añadí 12 o 14 páginas más y quedé muy satisfecha porque le aportó más aire al texto”. “Es fantástico –añade– tener a alguien que diga lo que diga siempre te va a aportar cosas buenas”.

Lo cual lleva a otra pregunta: ¿salen muy cambiadas las obras de su paso por el escritorio del editor? ¿Deben salir cambiadas? Al respecto habla Santiago Lorenzo, autor de obras como ‘Los asquerosos’ y ‘Los huerfanitos’, editado en Blackie Books por Jan Martí y Rebeca González. “Para mí es fantástico esperar el informe que elaboran Jan y Rebeca. Ellos me mandan una serie de opiniones escritas con total libertad, expuestas siempre con muchísimo tacto pero mucha convicción, una convicción que me conquista. Yo las tengo muy en cuenta y muchas entran en el manuscrito final”. Y añade: “Yo venía del cine, donde todo eran imposiciones. Entonces la primera vez iba con un poco de susto, hasta que leí las opiniones de Jan y vi que sabe muy bien lo que hace. Sobre lo que afecta al interior, pero también al exterior del libro”.

“Con Enrique comentamos siempre los manuscritos”, dice Bilbao. “Hablamos. Se hacen propuestas y las propuestas llevan a correcciones y a versiones que son mejores que la original. Siempre hay un debate creativo a partir del manuscrito”.

Editado en España por Luis Solano en Libros del Asteroide, el argentino Pedro Mairal no tiene problema en reconocer (quizá otros lo tendrían) que en algunos casos esa labor conjunta puede llegar al nivel de la coautoría. El autor de la celebrada ‘La uruguaya’ recuerda por ejemplo ‘Maniobras de evasión’, que trabajó codo a codo con Leila Guerriero, “o ‘El año del desierto’, que con Damián Ríos la trabajamos como un año entero”, explica. Por supuesto, nada está escrito en el mundo de la literatura, tampoco el de la edición, y todo depende del libro en cuestión. “Yo sé que hay libros con los que necesito ayuda”, dice Mairal. “Que me lean, que me guíen, son libros que me exceden, y hay otros libros que me salen más redondos y el trabajo no edición no es tan grande”. Solano y el equipo del Asteroide han recuperado para este Sant Jordi ‘Salvatierra’, otra de sus obras admiradas, publicada originalmente en el 2008.

La parte social

“Aprendo entre otras cosas que, cuando un autor almuerza con su editor, el que paga es siempre el editor”, escribe Echenoz. Varias veces vuelve el escritor francés sobre la dimensión social de su relación. ¿Cómo funciona eso hoy? Como una fábrica de recuerdos, a juzgar por lo que cuentan los autores. “Fuimos a un restorán en Santiago de Compostela con Núria Cots, que trabaja con Luis”, cuenta Mairal. “Carretas, se llama, y recuerdo que por teléfono Luis nos recomendaba cosas del menú. ‘Prueben los percebes’, decía, ‘y ahora pidan una cigala’, era muy bueno eso. Porque con tu editor no compartes solamente el hecho de los libros”. No, no es solo el hecho literario. Marta Carnicero y Sandra Ollo suelen compartir recetas, por ejemplo. "A veces quedamos a tomar algo en la terraza de un hotel y hablamos de literatura, sí, pero también de otras cosas. Como a las dos nos gusta mucho la comida y la cocina, intercambiamos recetas", dice la autora.

“A pesar de la diferencia de edad, y de que podría ser mi hijo”, dice Lorenzo, hablando de Jan Martí, “somos amigos. Nos vemos poco, pero cuando nos vemos, caminamos y nos contamos cosas. Hay algo que me emociona y es que los dos sabemos que si nos mandamos un email a las dos de la mañana sabemos que nos lo vamos a contestar enseguida. Nos une el insomnio, y eso une mucho”. “Lo social es importante”, dice Suso de Toro, “pero hay que tener en cuenta que interfiere en la parte contractual de la relación. Yo soy mal negociador de mis intereses porque propendo a hacerme amigo de las personas, y eso me coloca en una mala posición. Afortunadamente tengo una agente literaria que se ocupa de esas cosas”.

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Munir Hachemi, el autor madrileño elegido por Granta como uno de los 25 mejores escritores en español menores de 35 años, es actualmente editado en Periférica por Paca Flores, de quien dice que responde a una idea del editor “anticuada y que se está perdiendo”: la de la “gran conocedora de las obras con las que trabaja, no una simple vendedora de libros”. Cuando empezó a publicar en la editorial madrileña, Hachemi trabajó con Julián Rodríguez, hoy fallecido, de modo que sabe lo que es sobrevivir a su editor. Como Echenoz. “Cuando me dijeron que se había muerto me di cuenta de que me había quedado un poco huérfano, no literariamente, pero sí en esta especie de selva que a veces es tan salvaje que llamamos mundillo literario”. Al hombre que le ayudó a ver “dónde encajaba” su literatura “en el gran mercado del libro en castellano”, Hachemi, adolorido, le escribió entonces un poema. “Mañana viajaré a Cáceres / veré a Julián en cada cosa”. Así empieza.

Un gigante de la edición

Figura respetadísima en el mundo literario francés, desde Les Éditions de Minuit Jérôme Lindon fue el artífice del surgimiento del Nouveau Roman, encarnado por escritores como Michel Butor, Alain Robbe-Grillet, Nathalie Sarraute o Marguerite Duras. Fue el descubridor de Samuel Beckett. Editor comprometido, entró en la Resistencia cuando tenía 17 años, y durante la guerra de Algeria se declaró favorable al “derecho de insumisión” de aquel país. Defendió la independencia de su editorial, el precio único del libro y a las librerías pequeñas contra las grandes cadenas.

Va un párrafo de los que le dedica Echenoz: “Que no se vaya a creer nadie, sin embargo, que ese hombre es frío, cortante, autoritario, incapaz de afecto, qué se yo; es todo lo contrario. Lo único que ocurre es que es apasionado, que se solivianta, que se burla, que se inflama y se regocija tanto como se indigna y se subleva. Que nadie vaya a pensar tampoco que no es simpático, no se trata de eso, es un hombre amabilísimo. De lo que se trata es de que tiene más cosas que hacer que ser simpático, la simpatía le da igual”.