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¿Por qué crea tanto rechazo el reguetón?

El compás latino se ha colado en el pop global con figuras como Bad Bunny, J Balvin o Maluma (que ha grabado con Madonna), pero sigue generando anticuerpos: para muchos, este estilo no merece siquiera el calificativo de música. Ritmo “primitivo”, “frívolo”, “machista”… ¿Por qué genera estas reacciones el reguetón? ¿Se trata de prejuicios o estamos ante un choque cultural?

Bad Bunny.

Bad Bunny.

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El reguetón ha pasado de ser un género asociado a las comunidades latinas a un ingrediente en alza del pop global, con figuras como el puertorriqueño Bad Bunny, doblemente nominado a los próximos premios Grammy (14 de marzo). Hablemos de un género con más historia de lo que parece: sus orígenes se sitúan tres décadas atrás, y ya en 2004 se propagó la ‘Gasolina’, de Daddy Yankee. Pero, aunque lo latino impregna cada día más el ‘mainstream’, persisten expresiones de rechazo a esta música de ritmo enfático, gestualidad sexual y letras deslenguadas. 

Entretodos

Se percibe un fuego cruzado: el reguetón es tachado de banal, tribal y sexista, mientras que sus defensores acusan a su vez a los críticos de clasistas, cerriles, puritanos y colonos del imperio anglo. No está mal. Entre quienes más niegan al género el pan y la sal está el aficionado al rock de largo recorrido, como bien sabe Santi Carrillo, director editorial de ‘Rockdelux’, publicación que hace dos años topó con la rebelión de una parte de los lectores a raíz de una portada dedicada al colombiano J Balvin, previa a su actuación, igualmente discutida, en el Primavera Sound

Generación enfadada

Ese público crecido en el imaginario del rock “se asienta a veces en valores inamovibles y ya manifestó en el pasado un rechazo al hip-hop o a la electrónica”, argumenta Carrillo, añadiendo otro factor, el desdén intelectual que se percibe hacia la música latina. “Aquí, un género tan fundamental como la salsa, se ha considerado una horterada”. Es corriente que “cada vez que aparece una música nueva, la generación anterior se enfade”, observa Aïda Camprubí, periodista que presenta el programa ‘Feeel’, en Betevé, escaparate ‘underground’ que no excluye este imaginario latino. 

Pero, ¿hablamos solo de música cuando hablamos de música? Los carriles por los que conectamos, o no, con una estética sonora están abiertos a mil y una connotaciones extraartísticas. Para Camprubí, el rechazo automático al reguetón presenta, sin rodeos, trazos de “clasismo y racismo”, porque trata esta música con un rasero distinto a las otras, pintándole, por ejemplo, un intolerable fondo machista que, sostiene ella, no desentona con la foto completa de nuestro imaginario sonoro y social. “El machismo está en todo lo que nos rodea: desde el bolero de siempre al pop de Blur o el rock de ‘La mataré’, de Loquillo”, objeta. “Y si solo se critica el sexismo del reguetón, y no los otros, aquí hay un problema”. 

Pista, sí; cama, no

Hablemos de letras: expresiones como “te voy a dar fuerte” o “te voy a poner contra la pared” alimentan el estigma, si bien tienen su equivalente en mujeres que replican en parecidos términos. Carácter de himno presenta el clásico ‘Quiero bailar’ (2005), de Ivy Queen, celebración del roce de los cuerpos en la pista…, y solo allí: sudar, bailar, suspirar, “pero eso no quiere decir que pa’ la cama voy”, dice el estribillo. La Eterna, cantante venezolana afincada en A Coruña, habla en su nueva canción, ‘8052’, de las “chapis” invirtiendo su significado. “La palabra se usa para la chica que les saca el dinero a los hombres, y yo la utilizo al revés, como si fuera un hombre”. Aunque el cliché del género machista perviva, reguetón es hoy también “Chocolate Remix, con su óptica lesbiana, o el mensaje político de Tribade”, ilustra Aïda Camprubí. “Y hasta Bad Bunny se ha lanzado a un discurso feminista ‘trendy’ con ‘Yo perreo sola’”.

Vamos llegando al fondo de la cuestión. Es posible que lo que más incomode de esta música a nuestros europeos oídos sea su desinhibición sexual, que asociamos a cierto primitivismo afro. Sobre todo, pensando en el baile, el perreo como símbolo de empoderamiento. Kim Jordan, socióloga y profesora de ‘booty dance’, estadounidense residente en Barcelona, ve “elitismo” en el menosprecio a músicas y bailes “asociados a barrios pobres y a pocos estudios”. Pero advierte de que el perreo, como el ‘twerking’, es más que una danza y debe ir unido a una sensibilidad y un respeto “por las culturas que no son la tuya”, de modo que adoptarlo como un juego, desde “el privilegio blanco”, no derive, alerta roja, en una “apropiación cultural”. 

Buscando el voto latino

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El reguetón se abrió paso reflejando la vida del barrio, de “personas que cuando terminaban su jornada de mierda lo único que les quedaba era salir a bailar, y por eso las canciones transmiten esa sexualidad”, explica Aïda Camprubí. Pero es cierto que su expansión como artefacto pop está dejando atrás sus orígenes marginales y sofisticando su expresión. Y que una Madonna se acerque a él “equivale a la búsqueda de voto latino por parte de los políticos”, plantea Santi Carrillo. Señal de que, como ocurrió en otro tiempo con la música disco, el punk o el propio rock’n’roll, cada día habrá menos motivos para sentirnos irritados o contrariados por ese género tal vez insolente llamado reguetón.

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