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Habas y caramelos

Este año no veremos las típicas imágenes de caballos, carros y lluvias de caramelos por las calles de Gràcia. Para matar la añoranza explicamos algunas curiosidades de la leyenda de Sant Medir.

La ’colla’ Unió Graciencia y los Mossos d’Esquadra, junto a la ermita de Sant Medir en 1901.

La ’colla’ Unió Graciencia y los Mossos d’Esquadra, junto a la ermita de Sant Medir en 1901. / Archivo

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Este miércoles es Sant Medir. La Dolça Festa, como la llaman en Gràcia, a pesar de que allí no es festivo a diferencia de Sant Cugat del Vallès, donde se encuentra la ermita dedicada al santo. Por culpa de las restricciones pandémicas, este año no se hace el tradicional pasacalle de grupos repartiendo caramelos.

Si algún entusiasta de las series de 'true crime' quiere reconstruir los hechos para saber por qué cada 3 de marzo la gente sale a la calle a pescar dulces como si no hubieran visto ninguno nunca antes, lo tiene complicado. Como siempre ocurre al hablar de leyendas y tradiciones, hay más confusión con los hechos y los datos que en las tramas de Netflix.

En teoría, todo empezó el 303, cuando el emperador Diocleciano había ordenado acabar con los cristianos porque, con sus creencias, ponían en duda la religión oficial del imperio sobre la que se fundamentaba el poder político romano. Uno de los objetivos era matar a los obispos de las diócesis. El de Barcelona, que se llamaba Severo, decidió huir. Al pasar por el valle de Gausac (Collserola), se encontró un hombre que sembraba habas. Se llamaba Medir. Severo le pidió que si alguien preguntaba por él dijera la verdad. Al poco, las habas de Medir comenzaron a crecer y florecer a toda velocidad. Al parecer se habían animado gracias a el aura de santidad del obispo.

Cuando la patrulla que perseguía al religioso interrogó al pobre Medir, fue detenido porque los soldados pensaron que los engañaba. Y, en vez de liberarlo al localizar a Severo, los asesinaron a los dos. En memoria del campesino se erigió una ermita junto a su tierra, rebautizado como el Camp del Miracle.

El pequeño detalle de que no hubiera rastro documental del martirio ni de los cuerpos de las dos víctimas no fue impedimento para que su historia arraigara con el paso de los siglos. La gente recorría a ellos si requería intercesión divina para solucionar algún problema. Sobre todo había predilección por Sant Medir. A él acudió un panadero de la calle Gran de Gràcia llamado Josep Vidal Granés que tenía problemas de salud. Prometió que si se curaba, cada 3 de marzo iría a la ermita montado a caballo y anunciándolo a todo aquel con quien se encontrara. Las oraciones fueron escuchadas y en 1830 comenzó a cumplir su palabra. Poco a poco, la gente se añadió a su romería hasta el punto de que, a mediados del siglo XIX, el 'Diario de Barcelona' publicaba que ya lo acompañaban 300 personas. Huelga decir que está considerado el fundador de la primera 'colla' de Sant Medir.

Entonces, sin embargo, todavía no la habrían podido bautizar como la Dolça Festa porque los caramelos tardaron un poco más en llegar. De hecho, hay quien dice que inicialmente se repartían habas o piedras del Camp del Miracle. Y es aquí, como en toda buena serie de misterio, donde hay un giro de guion. Lo aporta el historiador Domènec Miquel Serra, posiblemente la persona de Catalunya que más sabe sobre el tema. En un artículo publicado en la revista 'Gausac' el año 2016 ofrece unos datos interesantísimos para entender que la clave del origen de la leyenda de Sant Medir se encuentra en el campo. La fertilidad de aquel pedazo de tierra no tendría nada que ver con la cosa celestial sino con la subterránea. Estudios geológicos sobre la riera de Sant Cugat apuntan la existencia de aguas freáticas que harían más fértiles unos campos que otros. Es más, Miquel explica que en el Archivo Municipal de Sant Cugat hay una solicitud de 1929 para el aprovechamiento de caudales hídricos en la zona de la ermita y que se construyeron un pozo y una mina de captación de agua muy cerca de donde se celebra el 'aplec'. A partir de ese momento el campo perdió su poder y ahora es la explanada donde se encuentran los herederos de la tradición iniciada por Vidal. 

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Quizás Sant Medir es fruto de la imaginación de una época en que los frutos de un campo podían inspirar episodios legendarios. Quizás nunca se repartieron habas antes de que se dieran caramelos. Pero eso es lo de menos. Ahora lo que importa es que es una fiesta popular más viva que nunca, que hace disfrutar a grandes y pequeños.

Habas, segunda parte

Nuestros lectores más fieles quizá recordarán que en el artículo dedicado al roscón de Reyes se explicó que aquel pastel era la evolución de una tradición romana. Entonces el haba que se escondía era considerada un elemento de buenos augurios. Tiene todo el sentido del mundo, pues, que un campo milagroso como el de Sant Medir diera habas.