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Pasaporte al pasado

Dominada la pandemia, iniciada la campaña de vacunación, el próximo escollo colectivo es decidir si hay un documento que acredite haber recibido el fármaco. Un pasaporte, vaya

Pasaporte del monje y arqueólogo Bonaventura Ubach de 1921, el año en que se generalizó el pasaporte homologado internacionalmente.

Pasaporte del monje y arqueólogo Bonaventura Ubach de 1921, el año en que se generalizó el pasaporte homologado internacionalmente.

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Xavier Carmaniu Mainadé
Xavier Carmaniu Mainadé

Historiador

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La Unión Europea parece estar decidida a convertir en realidad el pasaporte de vacunación, a pesar de los debates éticos sobre privacidad de los datos médicos o si su creación puede fomentar la discriminación de los ciudadanos no vacunados. Lo que está claro es que desde sectores como el turístico lo ven con muy buenos ojos porque esto permitiría recuperar la actividad económica.

Es difícil descubrir quién fue el primero que tuvo la idea de hacer un documento que permitiera ir de un punto a otro sin ningún problema. Lo que sí es cierto es que se puede retroceder unos cuantos milenios para encontrar los tatarabuelos de los pasaportes. Entonces no eran como los actuales, sino simples salvoconductos o cartas de presentación que llevaban las delegaciones oficiales. Incluso en la Biblia hay un ejemplo de este tipo de documentos. Aparece en el Antiguo Testamento, cuando Nehemías obtiene autorización escrita del rey persa Artajerjes para poder ir a Judá a reconstruir la ciudad de Jerusalén. Mientras tanto en China, al menos desde el tiempo de la dinastía Qin (siglo III aC), incluso a los niños les hacían falta documentos para moverse entre los territorios imperiales.

Cuando el Islam se convirtió en la religión predominante desde la península arábiga hasta el Al-Ándalus, quien quería ir por el mundo sin problemas tenía que llevar encima el bara'a, que era el recibo conforme se habían pagado los impuestos (de ahí, por cierto, viene la palabra albarán).

El término pasaporte no se popularizó hasta finales de la Edad Media, fruto de la evolución de la expresión francesa 'passer la porte', porque en la época medieval, cuando las ciudades estaban amuralladas, los forasteros solo podían entrar si eran autorizados. A diferencia de ahora, pues, la emisión del 'pasaporte' no correspondía al territorio de origen sino al de destino. Fueron los ingleses, alrededor en 1540, que decidieron conceder documentación a los súbditos que viajaran fuera de sus dominios y lo bautizaron como 'passport'. Ahora bien, no había demasiado colas para hacérselo. La gente no salía mucho, que bastante tenía con sobrevivir. A lo sumo veían mundo los que iban a hacer la guerra.

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La cosa empezó a cambiar a partir del siglo XIX con la revolución industrial y la consolidación de los Estados contemporáneos. Por un lado las fronteras estaban más marcadas y, por otro, la gente se movía más que nunca. Unos lo hacían por negocios y otros -unos pocos- por placer, porque empezó a haber una incipiente actividad turística, sobre todo en tren, que era el principal medio de transporte terrestre. La red ferroviaria permitía aplicar un control aduanero estricto.

Todo esto se detuvo con la Primera Guerra Mundial. Las fronteras se convirtieron en trincheras por donde Europa se desangró durante cuatro larguísimos años. Terminado el conflicto, los países enfrentados no resolvieron sus diferencias, como muy pronto se vio en Alemania, pero hicieron algunos esfuerzos para facilitar la circulación de personas y mercancías.

La recién creada Sociedad de Naciones -predecesora de la actual ONU- promovió una cumbre en París en octubre de 1920 para discutir sobre pasaportes, trámites aduaneros y billetes directos. Durante la reunión se decidió que era necesario estandarizar este documento para que todos los países los tuvieran igual. En realidad la homogeneización era una manera de controlar que nadie intentara cruzar la frontera con papeles falsificados. Se acordó que todos los pasaportes tuvieran 32 páginas, midieran 15,5 cm. x 10,5 cm., llevaran cubierta de cartón y que la información constara como mínimo en dos lenguas: la del país emisor y el francés, que entonces era el idioma internacional, porque el inglés aún no había impuesto su hegemonía global.

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En la cumbre de París se marcó como fecha límite para implantar ese nuevo pasaporte en julio de 1921. Así pues, parece que para conmemorar el centenario de aquella efeméride ahora nos harán un pasaporte de vacunación. Esperemos que lo planifiquen un poco mejor que la distribución de las dosis.

No para las mujeres

El pasaporte también era una herramienta para controlar y discriminar a las mujeres casadas porque en vez de tener su propio documento, quedaban incluidas en el pasaporte del marido y ellas aparecían en calidad de esposas. Las lectoras que vivieron la dictadura recordarán que, hasta 1975, era necesario el permiso del padre o del marido para tener pasaporte propio.