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El Grinch con mascarilla

La Navidad, si celebrarla o no, cómo organizarse con la familia, y las medidas sanitarias necesarias, son sin duda el tema de conversación predominante entre los ciudadanos

Jim Carrey en ’El Grinch’.

Jim Carrey en ’El Grinch’.

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Estas son las Navidades en las que al Grinch le han puesto una mascarilla. Cada año por estas fechas, incluso antes de que se iluminen las calles, los ‘haters’ de la Navidad salen de debajo de las piedras para denigrar las fiestas. Mitad sinceridad, mitad postureo, los argumentos se repiten: las comidas y cenas familiares son el infierno. Los parientes son lo peor. Los atracones son la penitencia. Y los cuñados son la quintaesencia del horror. ¿El plan perfecto para las Navidades?, se preguntan: Huir de la Navidad.

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Pero este año, el covid-19 también ha acabado con esta costumbre, igual que con otras igual de arraigadas (sin ir más lejos, tirarse los trastos a la cabeza a cuenta del belén de la plaza de Sant Jaume). Y la Navidad es un bien a preservar, económicamente, por supuesto, pero también social y hasta psicológicamente. Necesitamos la Navidad, tras este año ruinoso, como agua que va camino de Belén. «El 1 de diciembre de 2020 decidí comprarme un calendario de adviento (...) En vista de que esta Nochebuena se va a ver alterada por las restricciones impuestas por la pandemia, yo me lo tomo como una cuenta atrás hasta Papá Noel, al que le he pedido que este próximo 2021 sea un mejor año que el presente, cosa que, a priori, no debería ser muy complicada. Mientras, hasta la fecha, iré consumiendo el calendario chocolatina a chocolatina, ya que al fin y al cabo es una metáfora de una de las lecciones que nos ha dejado este año: hay que vivir el presente, disfrutando de los pequeños detalles que tienen cada día, puesto que cuando menos te lo esperes se puede ir todo al traste», escribe David Lombrana (Sant Quirze del Vallès).

Sacrificios

Llama la atención este apego inusitado a la Navidad. Desde que en marzo estalló la pandemia, ha habido cancelaciones y sacrificios de todo tipo: cumpleaños, bodas, bautizos y funerales; la Semana Santa entera y una parte importante de las vacaciones del verano; esta misma semana el puente de la Constitución. Sin embargo, es la Navidad la que genera un mayor lamento. Los gobernantes sienten hoy más presión que nunca, y cuando acabamos de dejar atrás el segundo mes más mortífero de la pandemia, se regulan los invitados a la cena de Navidad (cuántas personas al mismo tiempo, si los niños cuentan) como si con el virus pudiera negociarse el límite al aforo o el derecho de admisión.

Hay mucho cansancio acumulado tras esta campaña de salvar la Navidad, demasiadas restricciones, mucho tiempo sin ver a allegados (sea como sea que se defina el concepto). Por supuesto, también hay intereses económicos, siendo como es la campaña navideña la última oportunidad para intentar maquillar una cuenta de resultados horrible. Pero también subyace un hecho cultural y religioso que no puede desdeñarse: desde el cliché de los almendros que regresan a casa hasta el evidente peso de los creyentes. Sea por lo que sea, con la Navidad no se juega.

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Prudencia

Eso sí, con prudencia. «Esto no es ficción, sino que es real. Ahí tenemos los datos, con alrededor de 400 muertos diarios en España, como si fuera un número que normalizar y que, sin sobrepasarlo, estuviéramos en la onda correcta. Solo un fallecido, tan solo uno puede ser una enormidad si sucede en nuestro círculo», escribe Paco Píriz. Palau solità i Plegamans. Como este, hay muchos llamamientos a la prudencia. También a quedarse en casa, que habrá más Navidades, a plantearse las prioridades («No podemos cerrar los ojos ante los problemas y hacer ver que nada está pasando; este año más que nunca toca revisar las prioridades», escribe Laura Morales, de Barcelona.Pero su postura no es la que más ruido hace. Para muchos, la Navidad, también esta, es sagrada