Pasión de historia

Vacuna pionera en la Cerdanya

El 3 de diciembre de 1800, el doctor Piguillem inoculó a las primeras personas en España. Como hoy, la humanidad dependía de la ciencia para combatir la enfermedad

Los grabados de los médicos vacunando niños se hicieron muy populares. En este, Jenner aparece con su hijo, en el regazo de su madre.

Los grabados de los médicos vacunando niños se hicieron muy populares. En este, Jenner aparece con su hijo, en el regazo de su madre.

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La niña no pierde detalle de la escena. Su hermano está en el regazo de la madre, que le distrae mientras el médico le hace una pequeña incisión en el brazo sin que el muchacho se dé cuenta.

La pequeña, enfurruñada, reclama su turno y, arremangándose, se planta delante del doctor:

-¡Yo también quiero!

El médico sonríe y la complace bajo la atenta mirada de la madre, a quien centellean los ojos de alegría.

Ahora es una escena cotidiana, pero hace 220 años fue un acontecimiento histórico.

El 3 de diciembre de 1800 está marcado en el calendario de la historia de la ciencia porque ese día, en Puigcerdà, el doctor Francisco Piguillem Verdacer inoculó las primeras vacunas en España. En nuestro país, nadie antes había probado aquel innovador remedio para hacer frente a la temida viruela. Por eso la madre de los vacunados y el facultativo acordaron ser discretos y no decir nada hasta comprobar que todo iba bien. No contaban, sin embargo, con la alegría de unos chiquillos que estaban entusiasmados con la experiencia y que enseguida se lo contaron a todo el mundo. La viruela era un peligro mortal y los niños lo sabían. Cada año 400.000 europeos morían por esta enfermedad y los supervivientes arrastraban secuelas terribles: desde las marcas de las pústulas hasta la ceguera, en muchos casos.

La comidilla

Al día siguiente en Puigcerdà todo el mundo sabía que había dos niños vacunados y no se hablaba de otra cosa. Unos criticaban a la madre por dejar infectar a sus hijos con una enfermedad mortal; otros atacaban al médico por ser demasiado audaz, advirtiéndole de que se había precipitado. Estaban equivocados, el doctor Piguillem sabía muy bien lo que se hacía.

Se había licenciado diez años antes en Cervera, la única universidad activa en el país desde la guerra de sucesión puesto que el rey había clausurado las otras. Era un centro con tan pocos medios que los alumnos no podían hacer prácticas y solo aprendían las viejas teorías escritas en latín. Todo aquello ya estaba superado por la nueva ciencia y Piguillem -hijo y nieto de médicos y apotecarios- lo sabía. Llevaba la profesión en la sangre y lo demostró al volver a casa después de terminar los estudios.

Empezó ejerciendo junto a su padre, pero no se conformaba con ser un médico de pueblo. Su curiosidad y ganas de aprender lo llevaron a investigar. El reconocimiento a su trabajo fue inmediato y la Academia Médico-Práctica de Barcelona le premió un estudio epidemiológico de la Cerdanya y otro sobre el tétanos neonatal. Pero Piguillem no solo miraba hacia la capital catalana. También fijaba la vista al norte.

'Fake news': el bulo de los cuernos en la frente

Si ahora algunas de las delirantes teorías conspiranoicas aseguran que con la vacuna del covid-19 unas mentes malvadas nos implantarán un chip para controlar nuestros pensamientos, hace dos siglos algunos estaban convencidos de que si te inoculaban la viruela de las vacas te crecían cuernos en la frente. Falso. Los cornudos son otra cosa.

Los biógrafos no se ponen de acuerdo en si viajó a París y Montpellier para ampliar sus conocimientos o si lo hacía carteándose con los facultativos franceses. Sea como fuese, una cosa es clara: Piguillem leía. Mucho. Sobre todo de un tema que lo tenía preocupado: la vacuna de la viruela. 

La lectura que corría de mano en mano entre los científicos punteros del momento eran los resultados publicados por el doctor Edward Jenner. Durante 20 años este médico inglés había observado como los campesinos infectados por la viruela de las vacas quedaban inmunes y no contraían la viruela humana. En 1796 dejó de mirar y pasó a la acción con los primeros experimentos. Inoculó pus de los rumiantes a algunos individuos y durante dos años comprobó que no enfermaban. El ensayo que publicó en 1798 anunciaba resultados contundentes: ¡la 'Variolae vaccinae' funcionaba! Desde entonces la palabra 'vacuna' se convirtió en sinónimo de salvavidas.

De Viena a París

Imitando la hazaña de Jenner, se empezó a vacunar en Viena, Ginebra, Milán... y en París. Allí el doctor François Colon inoculó el virus a su único hijo de solo 11 meses sin ningún problema. Era agosto de 1800. Entusiasmado, Colon promovió el uso masivo de la vacuna y proporcionó tratamiento gratuito a los pobres.

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Cuando el doctor Piguillem tuvo noticia de lo que había hecho su colega francés le pidió una muestra de pus de vaca como la que había dado a su hijo. El paquete con esa vacuna llegó a Puigcerdà en diciembre de 1800. 

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