29 oct 2020

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Entre todos

Los barceloneses chequean la ciudad: del lamento a la búsqueda de un modelo

Más allá de la desolación compartida, en la reformulación del espacio público, las formas de movilidad o el futuro del turismo, donde unos señalan desastres otros otean oportunidades

Ernest Alós

Vista aérea del cruce de las calles Consell de Cent con Rocafort, este 23 de julio

Vista aérea del cruce de las calles Consell de Cent con Rocafort, este 23 de julio / MANU MITRU

Cando suenan las sirenas de emergencia de una crisis en que están en juego intereses vitales, apriorismos ideológicos, ortodoxias, financieras o no, obsesiones, filias y fobias pasan a un segundo plano ante la necesidad de salvar la casa de las llamas. Solo hace falta mirar a los números que hacen desde Bruselas y Fráncfort. Y algo así ha sucedido en Barcelona. De perseguir las terrazas de los bares centímetro en mano a ampliarlas raspando espacio al coche, de arrugar la nariz ante las molestias del turismo a suspirar por su retorno.

Algo así ha sucedido, pero solo en parte. El diagnóstico, la sensación de desastre, la desazón ante lo incierto del futuro, son sentimientos compartidos. «Cuando las personas nos movemos, nos miramos con la pena que vamos acumulando. Cuando te cruzas con el otro parece decirte lo mismo, estoy triste pero saldremos adelante. Quisiera que nuestros representantes políticos se dieran por enterados de esta necesidad emocional», dice Domingo Bleda (enfermero jubilado, de 76 años). El de la ruina económica, válido para Barcelona y para Tombuctú, también, es un lamento compartido. «La pandemia ha acabado con buena parte de mi trabajo. Económicamente mi vida ha cambiado de tener ingresos a no tenerlos», resume Jéssica Sánchez (directora de cásting, 35 años). A la pregunta de si en Barcelona se vive peor que hace un año tras la crisis del covid, la respuesta es unánime. sí  Pero cuando llega el momento de actuar, y de valorar esta respuesta,  siguen existiendo modelos de ciudad contrapuestos, sensibilidades diversas, prioridades divergentes. Y se reflejan –así como, sin duda, la polarización ante la figura de la alcaldesa Ada Colau– en el chequeo sobre el estado de la ciudad que emerge de las inquietudes expresadas por los barceloneses a través de sus opiniones en el espacio de participación de EL PERIÓDICO Entre Todos.

Vivienda

La emergencia habitacional cambia de tono en tiempos de crisis. El debate político aún sigue manteniendo coletazos del contexto previral, centrado en el debate de las medidas para contener la burbuja del alquiler. Pero ahora estamos en tiempos, directamente, de miedo. A perder la vivienda. Para unos, a manos de  un ocupante. «Te vas de casa y lo mismo vuelves y no tienes. O le pasa a tu vecino, y los okupas no solo ocupan la casa, sino que destrozan el barrio y la comunidad», señala Jesús Sánchez (mánager IT de 38 años). Para otros, cuando la imposibilidad de pagar la renta desemboque en desahucio. «Mientras las mafias ocupan hogares, los jueces ordenan desahucios de familias enteras y las arrojan a la calle sin opción alguna. Todos miramos hacia otro lado mientras esta plaga no nos afecte», dice José Luis Posa (escritor, 69 años). 

Más participaciones

"Cada vez hay más voces que abogan por recuperar espacio público para la gente". Max Cahner, politólogo, 32 años. 

"Estamos cerrando Barcelona al mundo". Haykel Vidal, empresario, 46 años. 

"Es inadmisible que haya bicicletas circulando en aceras de un metro en la ronda del Guinardó". Immaculada Vicente, productora, 56 años.

"Okupación 2.0: ahora, con gallinas". José Ignacio Lacruz, mecánico, 45 años. 

"Barcelona, mejor de colores". Jaume Rovira, químico jubilado, 64 años. 

El turismo

La desaparición del turismo ha convertido el centro de Barcelona en un desierto. «Los problemas de Barcelona son los mismos de siempre. La diferencia es que el turismo los tenía ocultos», valora Lorenzo Botton, mánager de 40 años. Un drama para la supervivencia de decenas de miles de barceloneses, que obliga a hacer todo lo posible para lograr el regreso del turismo. Un drama, pero además una oportunidad para cambiar de modelo, para otros barceloneses como Toni Artal (educador social, de 53 años): «La ciudad ha de ser para los ciudadanos, y no solo para el turismo; control de precios del alquiler, reducción de la contaminación, plazas y espacios libres… aprovechemos lo que dice la OMT: el turismo de masas se ha acabado». En el vacío de las calles del centro no todos ven lo mismo. 

Cerco al coche

Las semanas de confinamiento estricto y aquellas en que la desescalada progresiva lanzó a la calle a barceloneses desconfinados, ansiosos por disfrutar de la ciudad vacía de coches, han sido el contexto ideal para dar un paso más en la política de acotar el espacio de coche y moto para primar la movilidad peatonal, en bicicleta, patinete o transporte público. Y el miedo al contacto con el virus ha acabado por suponer un frenazo inesperado al uso de metro y bus que obliga a redoblar la apuesta. La vuelta a la actividad ha hecho reemerger dos culturas contrapuestas en torno a la movilidad. Poner frenos, trabas, cortapisas y desvíos a los trayectos rodados puede ser aplaudido como imprescindible pedagogía ambiental o irritar como una vulneración al derecho a la movilidad. Y donde unos ven cómo las políticas restrictivas se han cargado de argumentos, otros señalan el oportunismo.

«Ada Colau ha aprovechado la pandemia para colarnos modificaciones que son, en muchos casos, más fruto de un deseo o una utopía que de una necesidad real», se queja Fernando Conde (informático, de 59 años). «Ahora aparcar en la calle se ha convertido en misión imposible. Barcelona se está convirtiendo en una aldea dirigida por unos resentidos que están en contra de todo lo que genera riqueza», se suma Sonia Barberán (consultora hotelera, 47 años). 

Terrazas

El replanteamiento del reparto y usos del espacio público no se ha limitado a reordenar la circulación. Las reglas del juego para la restauración en la vía pública han cambiado. Las voces que clamaban contra la privatización del espacio público se oyen menos. Y para algunos, estas reglas aún deberían cambiar más. «El espacio público parece estar dividido entre actividades comerciales privadas, colocadas en los lugares más inconvenientes, y actividades no comerciales, que son las que se pueden hacer en parques y jardines». sostiene Marta García Quiñones, profesora de 49 años, quien reclama que se les busque espacio ya no en la calzada sino también en las zonas verdes. 

Impuestos

El incremento de la tasa de residuos, y su efecto en el recibo del agua justo en estos momentos, suscitó un cruce de reproches entre la compañía suministradora y el ayuntamiento. A este dirige sus reproches Francisco Giménez (técnico en TIC de 54 años), que lamenta el «aumento, sutil, pero constante, de los impuestos municipales». «En vez de cargar sobre grandes superficies y supermercados las tasas de residuos y obligarles a generar menos residuos, lo que provocará es que no haremos la separación de cartón, cristal y plástico», amenaza José María Ortega (jubilado, 67 años).

Verde silvestre

Podríamos acabar con un tema menor, frente a todo lo leído hasta ahora, pero que ilustra hasta qué punto una mata de hierba, para quien tenga un determinado modelo de ciudad, y de vida, puede ser un desaliñado roto en el orden urbano o un brote verde en el asfalto gris. La frondosidad, favorecida por los responsables de lo que un día se llamó parques y jardines, en alcorques, márgenes y parterres, levanta pasiones. «Parece que Barcelona se haya convertido en un campo de ovejas», critica Marie Moles, una visitante habitual de la ciudad desde Montpellier. «La calle de Ribes, entre Marina y Lepant, es una jungla, los árboles llegan a un quinto piso, y todo el polen a mi balcón», protesta Judith Gil (estudiante de 19 años). «Barcelona floreció de nuevo ante los ojos de los que la vivían cada día», alega en cambio Pilar Ortega (recursos humanos, 47 años). «Barcelona, t’estimo», concluye. Aquí sí todos estaríamos de acuerdo. 

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