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Marcelo Japón: "Soy un samurái mediterráneo"

Julio Carbó

Marcelo Japón: "Soy un samurái mediterráneo"

Es uno de los 1.380 descendientes de guerreros que llegaron a España en el siglo XVII

Núria Navarro

En 1614, 22 samuráis encabezados por Hasekura Tsunenaga llegaron a la España de Felipe III dispuestos a entablar relaciones comerciales. La misión pinchó, pero seis de ellos se quedaron en Coria del Río (Sevilla). Hoy hay censados 1.380 descendientes, todos apellidados igual. Y uno es Marcelo Japón (Badalona, 1971), dueño de una inmobiliaria de Alella que parece un templo de Kioto (algún despistado ha entrado a pedir mesa).

–¿Siente la llamada de los genes?
–Más allá de la genética, llevo toda la vida conviviendo con mi apellido, para lo bueno y lo malo.

–¿Malo?
–De pequeño, los niños se cachondeaban. Ya sabe: "Kamikaze", "chino"... Llegué a decirle a mi padre si no había forma de hacer algún cambio. "A mí el apellido Japón me ha servido de talismán", respondía él, que en los años 60 dejó Sevilla en dirección a Suiza y se quedó en Barcelona.

–¿Desconocían su genealogía?
–En Coria del Río siempre se había dicho que el apellido venía "de muy lejos", pero en los años 80, a raíz de una novela, 'El samurái', de Shusaku Endo –que explica la expedición encabezada por Hasekura–, unos tíos 'japón' de Coria nos hablaron del vínculo. Lo primero que hice fue decirlo en el instituto, en el barrio, a todo mi entorno... Y, a partir de ahí,  me interesé en la vida de los samuráis, empecé a interiorizar sus valores, a modificar mi conducta. 

–¿Es mejor persona?
–Diría que estoy en el camino. Se trata de cuidar lo que dices y lo que haces. De hacer lo correcto. Creo que rompo la disciplina en la mesa... Me gusta mucho comer.

–¿Le tira más el sashimi o pescaíto frito?
–Si la materia prima es buena, el sashimi.

–¿Futón o colchón viscolástico?
–El futón queda muy bajo y yo tengo protusiones vertebrales.

–También tiene un sable.
–Me desagrada la violencia, pero el samurái utilizaba el sable para matar su ego. Desde el 2016 practico aikido y kenjutsu, pero sin ambición de llegar a séptimo dan.

–Hace una fusión, pues.
–Yo soy un 'samurái mediterráneo'. Dentro de ese concepto que he inventado entran los valores ancestrales y la posibilidad de saltarte algún precepto de vez en cuando.

–Es un samurái que dirige ¿una inmobiliaria de lujo?
–La monté en el 2010, cuando la crisis había barrido el sector y mucho antes de que el actual emperador de Japón plantara un cerezo en Coria del Río y la cultura japonesa se pusiera de moda. Una osadía. Además, la palabra 'samurái' significa 'el que sirve'. En Japón no prima la facturacion, sino el buen servicio.

–Qué me va a decir...
–Nos regimos por el 'código Bushido'. Lealtad, rectitud, honor, transparencia... A no todo el mundo le interesa la transparencia en el sector inmobiliaria, ¿comprende?

–Blanqueadores abstenerse.
–Exacto.

–Negocio aparte, ¿el legado ha traído más sorpresas?
–Participé en la película 'Las huellas del samurái', de Juanma Suárez –candidata a 11 Goyas–, se difundió en las redes sociales y me contactó una señora de Sendai que lleva una asociación de ayuda a los niños damnificados por el tsunami del 2011. Me pidió colaborar en una rifa benéfica, conseguí enviarle una camiseta del Barça firmada por jugadores y el año pasado fui a visitarla a Japón con mi mujer y mis hijas. 

–¿La familia entiende su despertar?
–Mi esposa es más 'samurái' que yo. Y a mis hijas, que tienen 14 y 12 años, las 'presenté' al nacer ante la estatua de Hasekura en Coria del Río, como a Simba en la Roca del Rey. Han crecido con esto.

–¿Tiene algún objetivo entre ceja y ceja?
–Uno de mis retos es que se incluya Barcelona en la 'ruta Hasekura'. El historiador romano Scipión Amati, que acompañó a la embajada desde Madrid al Vaticano, dejó constancia de que pernoctaron en un convento franciscano al final de la Rambla y que visitaron Montserrat.