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Joan Carulla: "Soy payés y pacifista por encima de todo"

A sus 96 años sigue cultivando con sus manos un exuberante huerto urbano y sembrando ideas y bondad.

Joan Carulla, en el selvático jardín de su casa.

Joan Carulla, en el selvático jardín de su casa. / MAITE CRUZ

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Gemma Tramullas
Gemma Tramullas

Periodista

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Mucho antes de que en Catalunya se difundiera el pensamiento ecológico, de que proliferaran los huertos urbanos y los baños de bosque fueran tendencia, Joan Carulla (Juneda, 1923) ya pensaba ‘en verde’. En los años 70 decidió traer su amado campo a la ciudad y crear un vergel en una finca de Barcelona, donde cultiva hortalizas, árboles frutales, olivos, una parra que da 100 kilos de uva al año y plantas de tamaño amazónico.

Estamos en un terrado del barrio de Navas, pero parece el campo.

Amo la tierra y la creación. ¿No le parece maravilloso que exista una simbiosis tan perfecta? Gracias a estas plantitas que nada más nacer ya nos dan oxígeno, nosotros estamos vivos.

Deberíamos ser más agradecidos.

Fíjese en esta flor. Nace por la mañana y muere por la noche, y mientras tanto está alegre y nos alegra a nosotros. Para la flor, la vida es un sueño de un día; lo nuestro es un sueño un poco más largo. ¿Por qué los humanos no hacemos igual?

Porque somos humanos...

Yo creo que los árboles despiden vibraciones positivas, son tan bondadosos que no tienen odio, y nos ayudan a convertirnos en generadores de amor.

¿Cuál es su primer recuerdo del campo de Lleida?

Con 2 o 3 años mis abuelos me llevaban a recoger aceitunas. Nací en un habitación más helada que el establo de Jesucristo y crecí comiendo patata hervida.  Amaba el trabajo más duro del campo, pero tuve la miseria agarrada al cuello hasta los 33 años y por eso me fui a Barcelona.

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Ha vivido la República, la guerra civil y la segunda guerra mundial.

Soy payés y pacifista por encima de todo. La madrugada del 1 de abril de 1938, mientras veía cómo los aviones fascistas bombardeaban un pueblo, me propuse hacer siempre el máximo bien posible a la humanidad. Cuando la guerra de los nazis, me hice voluntario sanitario.

En Barcelona prosperó.

Fui de los primeros en abrir un supermercado. Viendo que las señoras entraban y hacían ellas la mitad del trabajo, pensé que sería justo rebajar nuestros márgenes también a la mitad y el resultado fueron colas de 30 metros.

Fue de los primeros vegetarianos y ecologistas.

Amaba la tierra, leía libros naturistas desde los 10 años y todo ello derivó en la ecología. En 1969, con mi amigo Antoni Gallego, ya dábamos charlas y advertíamos de la contaminación en el Club d’Amics de l’Unesco y desde 1975 escribía mis pensamientos en la revista del Gremi de Detallistes d’Alimentació, del que aún soy presidente.

Todo esto cristalizó en un vergel urbano único.

Construí una finca que pudiera soportar el peso y evitar las filtraciones de 70 toneladas de tierra y otras tantas de materia orgánica, que están distribuidas entre el terrado y dos terrazas. Un sistema de recogida de agua de lluvia asegura el riego. No quería que se desperdiciara ni un rayo de sol ni una gota de lluvia y quería un lugar donde poder enseñar a los niños de la ciudad a amar al tierra.

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Siempre ha sido autodidacta.

Me he pasado la vida leyendo, reflexionando y escribiendo. Mi motor ha sido aprender y enseñar. Últimamente estoy escribiendo sobre cómo miles de metros cuadrados de interiores de manzana podrían sembrarse a nivel de entresuelo para crear un miniclima y servir de ilusión y gimnasia natural para personas mayores y gente con trabajos sedentarios. ¡Me quedan aún tantas ideas por compartir!