19 sep 2020

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Gente corriente

Montserrat Iranzo i Domingo: "A veces cuesta mucho hablar y el cuerpo es más sincero"

Gemma Tramullas

Montse Iranzo, en el espacio  Dansalut del barrio de Gràcia.

Montse Iranzo, en el espacio  Dansalut del barrio de Gràcia. / SERGI CONESA

Tras un drástico cambio vital, Montserrat Iranzo i Domingo (Barcelona, 1970) volcó todas sus inquietudes en la danza y en cómo aplicarla en los ámbitos artístico, educativo, terapéutico y social. Pionera en Catalunya de la danzaterapia y del uso de la danza en las prisiones, dirige Dansalut en el barrio de Gràcia de Barcelona, un espacio donde igual se forman futuros Billy Elliot como se sanan las huellas internas que deja la violencia.

Durante muchos años su trabajo estuvo en las antípodas de la danza.

Yo siempre había bailado. Mi primera coreografía la hice con 3 años y durante mucho tiempo bailé danzas tradicionales en un esbart. A los 17 años entré a trabajar en la banca, a los 21 ya era interventora de oficina y me puse a estudiar Trabajo Social. No tenía tiempo para la danza.

Cuesta imaginar a alguien tan inquieto en una oficina bancaria.

Estaba en una entidad pequeña y en aquella época teníamos una relación muy de tú a tú con el cliente. Esa parte social y de proximidad siempre me ha interesado. También me gusta esta parte económica y cuadrada que tengo. La danza y la vida también son números.

Pero lo dejó.

Después de 17 años. Llegó un momento en que necesitaba la parte creativa y me puse a estudiar danza clásica, jazz y teatro. Salía del banco y entrenaba cuatro horas. Entré en una compañía de danza y fui de la primera promoción del máster de Danza Movimiento Terapia. Un detonante definitivo fue adoptar a mi hija Paola.

¿Por qué?

Me hizo plantear si quería ser una madre ejecutiva que ganase mucho dinero o una madre creativa que pudiera darle a Paola otro tipo de vida. A los 34 años decidí por primera vez lo que quería hacer con mi vida.

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¿Le costó dar el paso?

Mucho. Estaba casada con el hombre perfecto, había empezado una familia, era directora de una oficina que funcionaba muy bien, viajaba y ganaba mucho dinero. Pero necesitaba salir de aquella burbuja. Dejé de trabajar un jueves en la banca y el lunes siguiente entraba en la cárcel de la Trinitat para hacer danza con los jóvenes y después en Quatre Camins con presos por violencia de género.

Eso no es salir la burbuja, es hacerla pedazos.

Habíamos fundado Dansalut con Gemma Palet y quería trabajar como danzaterapeuta, una figura que aquí aún no existía. Estaba convencida de que la danza y el movimiento podían ser útiles en un contexto de falta de libertad, tanto a nivel terapéutico como creativo. Como me dijo una profesora: “Todo es danza”, solo depende del sentido que tú le quieras dar.  

Está especializada en violencia de género, exclusión social e infancia. ¿Cómo actúa la danza en contextos de violencia?

Te ayuda a reconocerte, a notar qué parte de ti está sana y qué parte no y a asociar una determinada posición corporal o un dolor físico a un hecho social. En el momento en que puedes darle una expresión a todo esto se produce una mejora. Es un trabajo complementario al trabajo psicológico y social. A veces cuesta mucho hablar y el cuerpo es mucho más sincero,

Mirando atrás, ¿cómo valora el salto de la banca a la danza?

Me he encontrado a mí misma. Antes tenía la sensación de que la vida pasaba frente a mí y yo solo estaba allí de observadora, en cambio ahora yo soy la prota de mi vida y yo decido hacia dónde voy.