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Gente corriente

Javier Garro: "Nunca me había planteado cómo es dormir en la calle"

Pasó de estudiar teorías macroeconómicas en la facultad a descubrir el rostro humano de la economía con las personas sin hogar de la parroquia de Santa Anna.

Gemma Tramullas

Javier Garro, con un joven frente a la iglesia de Santa Anna.

Javier Garro, con un joven frente a la iglesia de Santa Anna. / JOSEP GARCIA

Tiene 19 años, estudia Dirección de Empresas con Economía y vive en Sarrià-Sant Gervasi. Javier Garro (Barcelona, 2000) es un perfil poco habitual entre los 300 voluntarios de la parroquia de Santa Anna, que acoge a personas sin hogar, muchas de ellas jóvenes migrantes, en pleno centro de Barcelona. De lunes a domingo se levanta a las siete de la mañana para preparar bocadillos, repartir cafés y escuchar a los excluidos de la ciudad.

Santa Anna está entre la plaza Catalunya, Portal de l’Àngel y la Rambla, pero no se ve.

Es una situación que no interesa que se vea y queda escondida. Yo la conocí porque primero quería hacer un voluntariado en Ghana, pero el viaje era muy caro y pensé que era mejor hacer algo en Barcelona. Entonces el grupo de voluntarios Do Change me habló de Santa Anna.

De eso hace dos meses.

Al principio me coincidía con los exámenes de la universidad. Venía de ocho a once de la mañana y luego iba  a estudiar a la biblioteca. Pero desde que terminé los exámenes me quedo hasta las dos del mediodía.

¿Esta experiencia le da una perspectiva de la economía distinta de la que escucha en la facultad?

Sí, porque todas las personas que he conocido aquí no existen para la economía. Pero no solo ha cambiado mi mirada sobre la economía, también me ha ayudado a relativizar mis problemas. Por lo menos yo tengo una casa donde dormir, una familia y puedo comer cada día.

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Es uno de los voluntarios más asiduos. ¿Qué le ha atrapado? 

El hecho de ver que puedo ser útil. Este es un problema real. ¿Con cuántos pobres nos cruzamos por la calle cada día en Barcelona? Existe una manera de ver a estas personas por encima del hombro, como si no existieran o fueran de segunda, cuando son personas como nosotros. Ahora cuando vengo por la Rambla me paro a saludar a los indigentes y mis amigos flipan.

Solo el 25 por ciento de los voluntarios en Santa Anna son hombres.

No acabo de entenderlo, porque aquí hombres y mujeres pueden ayudar igual. También me sorprende que no haya más gente joven. Me gustaría que mi experiencia convenciera a los de mi edad para mirar a la gente de la calle de otra forma, porque conociendo el problema es mucho más fácil ayudar.

¿Cómo lo ve usted ahora?

Al principio venía con toda la buena fe, pero sin acabar de entender el problema. Una conversación con un usuario me abrió los ojos: “Nunca lo vas a entender hasta que no duermas una noche en la calle”, me dijo. Jamás me había planteado cómo es dormir en la calle, lo jodido que puede llegar a ser, y que cualquiera de nosotros puede terminar así.

Santa Anna ha salido mucho en los medios por acoger a menores migrantes.

Sí, los periodistas vienen por eso pero aquí hay todo tipo de personas y situaciones. Por ejemplo, hay una mujer que tiene su casa y come en una residencia pero viene por la tarde a tomar un café y a hablar. Aquí no vienen solo a buscar un bocata, es más un punto de socialización que de alimentación y se crean vínculos profundos. Acabas conociendo a la gente, llamándola por su nombre, mirándola a los ojos y preocupándote por su día a día. A ellos les gusta y es lo que necesitan.

¿Qué relación tiene con los llamados menas?

Suelen ir en grupo y generalmente no interactúan demasiado. Uno de los pocos que se abrió conmigo dejó de venir hace tres semanas y cuando reapareció trajo unos yogures para repartir entre los usuarios y me contó que había encontrado trabajo y una habitación. Esta preocupado por él y me alegré mucho.

¿Es creyente?

Hay muchos voluntarios a quien la religión les es indiferente y otros son creyentes. No soy la persona más devota del mundo, pero venir a Santa Anna ha hecho que me acerque un poco más a la fe y sobre todo me ha hecho crecer como persona. Ayudar a las personas no tiene que ser una cuestión de fe; sencillamente es humano.