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Gente corriente

Alicia Campos: "Todo lo que te dé la vida, transfórmalo en bien común"

Esta trabajadora social se ha pasado la vida cuidando a los demás y ahora ella sufre fibromialgia y fatiga crónica y quiere contribuir a visibilizar esta enfermedad poco comprendida.

Gemma Tramullas

Alicia Campos, en su domicilio del Poble Sec.

Alicia Campos, en su domicilio del Poble Sec. / JOAN MATEU

El pequeño piso de Alicia Campos (Barcelona, 1966) en la del parte alta del barrio del Poble Sec es un remanso de paz. El sol atraviesa las cortinas y baña el espacio con una luz tenue, el aire es fresco y limpio y la decoración natural induce al bienestar. Nada advierte de la dura biografía de su propietaria.

Su primer trabajo fue de funcionaria de prisiones.

Deseaba ayudar a los más marginales y entender por qué algunas personas llegan a un punto tan límite. Entré en la prisión de Wad-Ras, pero era muy idealista y sensible y choqué con las funcionarias de la época.

Esa sensibilidad no la ha abandonado.

Siempre he sentido la necesidad de buscar en mi interior para ser mejor persona, pero no como algo egoísta sino para contribuir al mejoramiento y al progreso del mundo, desde la humildad. Mi lema de vida es la justicia y la defensa de los vulnerables.

La vida no se lo ha puesto fácil.

Crecí con una madre que tenía un problema de salud mental y cuando nació mi hija ya me di cuenta de que era diferente. Llamé a mil puertas y, tras 20 años de un sufrimiento terrible, le diagnosticaron síndrome de Asperger, un trastorno del espectro autista (TEA).

¿Cómo encajaron el diagnóstico?

Fue un alivio. Siempre he sentido: “Alicia, todo lo que te dé la vida, incluso lo más duro, transfórmalo para el bien común”. Si la vida me había dado una hija especial, ¿qué podía aportar para otros jóvenes como ella?

De ahí la Asociación Asperger New Life.

Dos meses después del diagnóstico, mi padre se suicidó, mi madre fue a una residencia y la casa familiar sirvió para montar un piso de entrenamiento a la vida independente para jóvenes con TEA, porque lo que más les cuesta es aprender cosas básicas del día a día. Después impulsé la asociación, que promueve la vida independiente y el empoderamiento de estos jóvenes.

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La vida aún le daría más golpes.

Soy trabajadora social especializada en atención al duelo. Trabajo con un equipo médico de cuidados paliativos en domicilio y mi pareja tuvo un cáncer de próstata fulminante. Le cuidaba a él y a mi hija, pero no pensé en cuidarme a mí.

Y su cuerpo dijo basta.

Hace diez años me diagnosticaron fibromialgia, pero no hice caso. Hay muchos prejuicios sobre esta enfermedad y yo misma pensaba que era una moda. El dolor lo atribuía al estrés y me aguantaba. Pero a mediados de 2018 el sistema autónomo central se me descontroló. Estoy convencida que fue a raíz de todo lo que había pasado.

¿Qué le ocurrió?

Me cambió el carácter y el mínimo esfuerzo me dejaba exhausta. En el CAP me dijeron que era de la fibromialgia y me admitieron en la unidad especializada del Clínic, donde además me diagnosticaron síndrome de fatiga crónica e inicio de sensibilidad química múltiple. Allí conocí a más mujeres y aprendí que esta enfermedad es neurológica, invisible y sistémica porque afecta a todo. He cambiado mi alimentación y ya no uso ningún producto contaminante.

Está de baja laboral, supongo.

Ya no. A pesar de todos mis informes y de que aún no estoy en condiciones de ir a trabajar, me han dado el alta y he tenido que reincorporarme si no quiero que me despidan. Trabajo a 70 kilómetros de Barcelona y, como no puedo conducir, uso mascarilla y voy con muleta, tanto en el tren como en el trabajo. Al menos será una manera de visibilizar la enfermedad.