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Los Gumbau: "Nos hemos casado en la residencia"

Los Gumbau: "Nos hemos casado en la residencia"

Mercè y Joan demuestran que nunca es tarde para el amor

Núria Navarro

Se avecina Sant Jordi y toca historia de amor. La protagonizan Mercè Jiménez (59 años) y Joan Gumbau (67), dos residentes del geriátrico La Maresma de Calella. Ella llegó diezmada por una pareja violenta. Él, un soltero empedernido, peleaba con las secuelas de varios ictus. Contra todo pronóstico, se enamoraron perdidamente y se acaban de casar.

–Es un amor inusual. ¿Cómo empezó el romance?
J.G.– Un día estaba tomando el sol y la vi pasar por la rampa. "¡Qué polvete tiene esa chica", pensé, pero era inalcanzable. Una empleada me dijo que la 'nueva' se llamaba Mercè. Cuando nos presentaron, vi que era una mujer inteligente y que transmitía alegría. Le propuse mirar mi álbum de fotos, en el que guardo imágenes de cuando era futbolista (me quisieron fichar en el Espanyol).

–¡Eso es táctica!
M.J.– Yo no quería saber nada de hombres. Pero cuando nos encontrábamos en el salón de la residencia, él traía una pastita de cabello de ángel y me decía: "¿Quieres un trocito?". Luego, en una excursión me puso una flor de jazmín en el pelo. Vino la Navidad y me preguntó si quería sentarme con él en las comidas. Poco a poco, me enamoró su personalidad. Es dulce y me hace ver el lado bueno.

–¿Tan detallista y siempre soltero, Joan?
J.G.– Yo era muy de la juerga, me ganaba bien la vida como taxista y siempre tenía alguna 'amiga'. A los 32 años me sobrevino la primera de las tres embolias y me dieron la prestación por larga enfermedad. Nada fue lo mismo.
M.J.– En mi caso, mi última pareja me agredía. Los Mossos estaban más en mi casa que en el cuartel. Me tiró por la escalera, me abrí el cráneo y me rompí los nervios de las dos piernas. Los asistentes sociales me llevaron a una residencia de Lliçà de Munt y a principios del 2018 me trajeron aquí. De ir con el tacataca, pasé al bastón y ahora ando perfectamente.

–¿No tienen familia?
M.J.– Yo tengo un hijo de 24 años, pero hace su vida. Quedé viuda de su padre, con el que tuve una vida buena, y luego estuve 17 años con el hombre violento.
J.G.– Yo estoy solo. Mi hermano mayor murió en un accidente de tráfico cuando volvía de Suiza. Paró a cambiar una rueda y lo arrollaron.
M.J.– Éramos dos almas en pena.

Los Gumbau-Jiménez, en el jardín de la residencia La Maresma. / anna mas


–Eso se acabó. Dan un paso más y se casan.
J.G.– Yo quería dormir con ella, pero es muy cristiana y me dijo que si no había anillo, nada de sexo. No me atrevía a pedírselo... Me animé, le di el primer beso y le dije: "¿Te quieres casar conmigo?". "Sí", contestó.
M.J.– No lo dudé. Me decía que me cuidaría siempre, que me haría el desayuno...

–¿Esperaba esa respuesta, Joan?
J.G.– No. Me quedé en 'shock'. Entonces lo planteé a la asistente social, y me explicó que era muy difícil, que una boda costaba mucho dinero. ¡Yo lo deseaba tanto! Así que fui a ver a la psicóloga y le dije: "O nos casamos, o me voy". Y el equipo de la residencia nos ayudó mucho.
M.J.– Se volcaron en la organización. Me prestaron un vestido de fiesta y me peinaron. Un chico de mantenimiento montó un altar precioso. Un técnico me llevó al altar–con música de Queen de fondo– y la fisioterapeuta fue mi madrina. Fue una boda preciosa, con tarta y cava.
J.G.– Yo lloré de alegría. Y pudimos al fin dormir en la misma habitación, aunque todavía no tenemos una sola cama... 

–Llevan 15 días casados. ¿No se arrepienten aún?
J.G.– ¡Es lo mejor que me ha pasado en la vida! Soy muy feliz. Sé que ella está enamorada de mí y que me quiere.
M.J.– Yo también. Solo con estar a su lado, hablando, me hace olvidar que estoy en una residencia.
J.G.– Mercè no quiere vivir aquí, sueña con estar los dos en un piso, pero hay que ser realistas: yo voy en silla de ruedas, tengo que recuperarme, poder andar. Algún día tendremos una luna de miel, aunque sea unos días en Blanes.