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Gente corriente

Oriol Sabater: "Ir a ver gorilas al bosque era como ir a Disneylandia"

El hijo del etólogo que trajo a Copito de Nieve a Barcelona aprendió a dibujar en África junto a su padre.

Gemma Tramullas

Oriol Sabater Coca, dibujante  e hijo del etólogo que encontró a Copito de Nieve, en el Museu d Historia de Catalunya.

Oriol Sabater Coca, dibujante  e hijo del etólogo que encontró a Copito de Nieve, en el Museu d Historia de Catalunya. / RICARD CUGAT

Fue profesor de dibujo durante 39 años en La Llotja y para descubrir el origen de su vocación hay que trasladarse a la Guinea Ecuatorial de los años 50 y 60, donde su padre, Jordi Sabater Pi, famoso por traer al gorila Copito de Nieve a Barcelona, observaba y dibujaba la naturaleza con espíritu científico. Oriol Sabater Coca (Guinea, 1953) es el comisario de la exposición L’art de la ciència en el Museu d’Història de Catalunya, que hasta el 19 de mayo muestra una selección de los dibujos de Sabater Pi, incluidas unas maravillosas libretas de campo. La Universitat de Barcelona custodia el fondo del naturalista, que está en gran parte digitalizado y es de acceso abierto.

Los padres nos marcan.

Mi padre se fue a Guinea en los años 40 huyendo de la miseria de la Barcelona de la posguerra y acabó trabajando en una finca de café en una de las regiones más inhóspitas del país, que entonces era una provincia española. Allí aprendió la lengua fang y empezó a hacer sus primeros trabajos de antropología humana. Le decían que estaba loco pero él era un aventurero que iba a contracorriente y tenía las ideas muy claras.

Usted nació en aquella finca.

Sí. Mis padres se habían casado por poderes y mi madre, Núria Coca Estadella, una persona fuera de serie, cogió un barco desde Barcelona para hacer una travesía de 28 días hasta Guinea. Sin ella, que se encargaba de todo, mi padre no hubiera hecho ni el 20 por ciento de lo que hizo.

¿Cómo es criarse en una plantación colonial?

Viví en Guinea hasta los 15 años y fui a la escuela en la misión católica de los claretianos, donde blancos y negros estudiábamos juntos. Fue una infancia maravillosa en un país exuberante. Es un recuerdo de libertad total.

¿Acompañaba a su padre en sus salidas al bosque para observar gorilas?

A partir de los 10 años mi hermano y yo podíamos ir con él durante las vacaciones escolares. Si iba a estar cinco o seis días en las montañas de Okorobikó me advertía de que dormiríamos en poblados indígenas, comeríamos lo que encontrásemos y nos pasaríamos el día en el bosque. “No quiero oír que tienes hambre o sed, tendrás que aguantarte”, decía.

Era duro.

Era una persona de una disciplina férrea y muy espartano, pero yo era un crío y para mí ir al bosque a observar gorilas era como ir a Disneylandia. Llegábamos al bosque al amanecer cargando poco más que un zurrón con una libreta y dos cámaras. Nos acercábamos sin hacer ruido, agachados y observábamos a los gorilas durante horas. Era maravilloso estar a 40 o 50 metros de un macho dominante.

¿Estaba presente cuando le ofrecieron a su padre un gorila blanco?

No. Justo aquel año [1966] me habían enviado a Manresa a estudiar bachillerato, así que me perdí el encuentro con el que acabó siendo el primer reclamo turístico mundial de la ciudad de Barcelona.

Con la independencia de Guinea, en 1968, volvieron a Barcelona.

Estábamos acostumbrados a vivir en una sociedad pequeña y familiar, íbamos solos a la playa, entrábamos en casa de uno y de otro para hacer tertulias y nos pasábamos el día comiendo mangos, piñas y papayas. De golpe nos subieron a un barco y nos metieron en un piso alto y ruidoso sin poder salir a la calle. Fue un impacto muy fuerte a todos los niveles.

¿Diría que la semilla de su vocación de dibujante se sembró en Guinea?

Sí, mi padre siempre iba con su libreta y de ahí nació mi necesidad de dibujar. Él me inculcó esta actitud de observación y de análisis paciente. Siempre decía: “Si observas, conoces; si conoces, amas, y si amas, proteges”.  El dibujo es una herramienta más de aprendizaje, una manera de conocer nuestro entorno que nos lleva a valorarlo y a protegerlo. Debería ser una asignatura obligatoria.