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GENTE CORRIENTE

Esther Lacosta: "No teníamos ni para un café con leche"

Un día perdió su trabajo, luego su marido perdió el suyo; conoció los límites de la pobreza y ahora se vuelve a levantar

Mauricio Bernal

Esther Lacosta: "No teníamos ni para un café con leche"

FERRAN NADEU

Poco a poco, a Esther Lacosta se le fue escapando la vida. No la vida en un sentido espiritual, o médico, sino la vida como la había conocido hasta entonces: el trabajo, los ahorros, la casa, las comodidades. Había trabajado 32 años en la misma empresa de bisutería hasta que un día, como muchos, se quedó en el paro. Su marido, al cabo de un año, también. Era el año 2012 y todo se empezó a escurrir entre los dedos. Lacosta vio el fondo del abismo, pero gracias a la ayuda de instituciones como Càritas, la Fundació Endesa y la Fundació Integra, ahora vuelve a mirar el porvenir con optimismo.

-Debe ser angustioso.

-Sin duda. Enviábamos currículos a todas partes pero no salía nada. Mi marido conseguía de vez en cuando alguna cosilla, y con eso y los ahorros íbamos tirando. Pero un día se acabaron y tuvimos que poner en venta la casa.

-¿Dónde vivían?

-En La Salut, en Badalona. Estuvimos dos años intentando vender la casa, pero no había manera, y cuando ya estábamos en el límite y el banco estaba a punto de quedársela, apareció un comprador. La malvendimos, pagamos lo que le debíamos al banco y nos quedaron 2.000 euros.

-¿Qué hicieron?

-Picamos a la puerta de una de las hermanas de mi marido. “No hay sitio”, nos dijo. Ni para las maletas. Mi madre y mi hermano yo no quería que se preocuparan, así que nunca han sabido de la situación. Además, mi madre nunca se llevó bien con mi marido.

-O sea, con la familia no contaron.

-No. Con las maletitas por toda la ciudad hasta que nos acogió una amiga. Pero solo 15 días.

-¿Y luego?

-En la calle. Nos quedamos en la calle. La primera noche dormimos debajo del Pont del Petroli. Como ahí nos mojábamos, nos fuimos a los chiringuitos. Y cuando llegó el frío empezamos a dormir en cajeros.

-¿Y la comida?

-Una sobrina de mi marido, que tiene un vídeoclub, nos daba chucherías de la máquina. Patatas, chocolates… A mí me daba mucha vergüenza pedir, pero en el cajero ponía el letrero. No teníamos ni para un café con leche.

-¿Cómo se sentía? ¿Sentía comprometida su dignidad?

-La verdad es que sí. De verte con casa, con trabajo, con la posibilidad de hacer cosas los fines de semana, de comprar alguna cosa que te apetece de vez en cuando, a verte sin nada, sin poder ni siquiera comprar un café con leche. Eso fue terrible.

-¿No hizo mella en la relación de pareja? Suele ocurrir.

-No. El cariño nunca se resquebrajó. El sufrimiento debilita, pero siempre pensamos que saldríamos de aquello.

-Y salieron. Cuénteme.

-Llegó un momento en que yo dije que no podíamos seguir así. Yo pensaba: “Mi situación no es esta, esta no es mi vida, tengo que salir de aquí”. Fui a la asistenta social, fui a Càritas. En Càritas nos ayudaron mucho. A través de Càritas contactamos con la Fundació Endesa y con la Fundació Integra y con la ayuda de todas estas personas empezamos a salir del pozo.

-¿Tiene trabajo?

-Pues sí, gracias a esa ayuda estoy trabajando en una empresa de servicios. Ya es la segunda vez que me llaman. Vivimos en una habitación en el barrio de Sant Martí, en Barcelona, y poco a poco las cosas se van solucionando. Aún no tenemos la estabilidad de antes, pero vamos saliendo.

-Cuénteme, ¿cómo la ha afectado, esta experiencia?

-De varias maneras. Yo creo que es algo que voy a tener presente toda la vida. Lo sigo viendo, lo sigo visualizando, me digo a mí misma: “Qué mal estaba hace un año”. Y siempre que pueda voy a ayudar a los demás. Porque sabemos lo que es estar mal. Y sabemos la importancia que tienen 10 céntimos.