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Jóvenes y cambio climático

La vida en el centro

Proliferan las movilizaciones juveniles que reclaman a los políticos que actúen no solo contra el cambio climático sino también contra otros síntomas de la enfermedad que afecta a nuestro planeta

Gustavo Duch

La activista adolescente por el cambio climático Greta Thunberg, en París. 

La activista adolescente por el cambio climático Greta Thunberg, en París.  / AFP

Las generaciones que ahora tienen 15 años o menos, cuando alcancen su madurez tendrán muchas dificultades para sobrevivir. Como si fuera una epidemia incontrolable, cada individuo sufrirá pequeñas hemorragias internas que progresivamente disminuirán su torrente sanguíneo. Con menos sangre circulando por sus venas, poco a poco sus músculos se irán atrofiando de forma que tendrán reducida su capacidad para moverse y su capacidad para inspirar oxígeno. Por la misma razón, los huesos enfermos de osteoporosis padecerán fracturas espontáneas. Sus bocas, sin poder abrirse y cerrarse, estarán impedidas para pronunciar vocales y consonantes. Completamente mudas, no podrán ni pedir socorro.

Esto es lo que está padeciendo el cuerpo vivo del que todas somos parte, la Tierra. Como ya lo saben, como ya lo tienen claro, han decidido que es urgente hacerse oír. Con toda la contundencia posible, interpelando a las actuales generaciones adultas responsables del calentamiento global, pero no solo. La enfermedad es más grave y afecta a la perdida de fertilidad de la tierra, a una colosal extinción de la biodiversidad del Planeta, al aire contaminado de tóxicos o a un mar envenenado de plásticos. Todo aquello que es fundamental para la vida.

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Cuando los viernes 'black' se han convertido en emblemas del consumismo desmedido, estas chicas y chicos han empezado a manifestarse cada viernes por todo el mundo. Es el movimiento conocido como Fridays for Future y frente a parlamentos o ayuntamientos exigen a las clases políticas que se adopten medidas medioambientales eficaces que frenen el calentamiento global. En paralelo, también en los últimos meses, ha surgido otro movimiento global llamado Extinction Rebellion, que aquí se está desplegando con el nombre de Rebelión o Extinción.

Y ojalá surjan más y más iniciativas pues según el último informe del IPCC de Naciones Unidas solo nos quedan 12 años para reducir de forma drástica las emisiones contaminantes si no queremos que la dinámica sea irreversible. Pero, como algunas voces ya advierten, estas movilizaciones y su ‘sospechoso’ éxito en las redes deben de afinar con sus discursos si no queremos que se conviertan en una fenomenal propaganda para una industria emergente que, vestida de verde, ofrece bonitas soluciones tecnológicas a unos pocos privilegiados. Al más puro estilo Al Gore. En la alimentación ya lo hemos visto. Si las personas piden productos más saludables, las mismas transnacionales de la perniciosa agricultura industrial se encargan de producir de forma masiva productos ecológicos que recorriendo miles de kilómetros, llegan exclusivos a las bocas más sofisticadas, contaminando, explotando y expoliando igual que antes.

‘Desarrollo sostenible’ o ‘crecimiento verde’ son un oxímoron. La rebelión para evitar la extinción y asegurar un futuro debe asumir que una civilización dominada por la idea del crecimiento y acumulación continua (capitalismo) nunca se salvará. Que nos inspiren luchas como la de Berta Cáceres, campesina, feminista, indígena, asesinada ahora hace tres años. Su lucha era anticapitalista, la defensa de una cultura, poner la vida en el centro.

Berta, como dijo el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal ante la muerte del guerrillero revolucionario Adolfo Báez: “creyeron que te enterraban y lo que hacían era enterrar una semilla”.