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Gente corriente

Laura del Río: "Yo no quería trabajar de algo, quería ser cantante las 24 horas"

La soprano se impuso al rígido sistema educativo y a la presión social para realizar su sueño de cantar ópera.

Gemma Tramullas

Laura del Río: "Yo no quería trabajar de algo, quería ser cantante las 24 horas"

Tras ejercer como arquitecta y profesora, Laura del Río (L’Hospitalet, 1987) ha realizado su sueño de ser cantante de ópera. La soprano, que hace trizas los tópicos sobre el canto lírico, es la única catalana que ha llegado a la final del prestigioso concurso Tenor Viñas, al que se han presentado 500 cantantes de 61 países. Este domingo se celebra el concierto final en el Gran Teatre del Liceu, que será retransmitido por ‘streaming’ a partir de las 18.00 horas.

Laura del Río… Suena bien como nombre artístico.
Me llamo Laura Martínez del Río. Me quité el Martínez y uso mi segundo apellido, pero mi padre está muy contento.

¿Tenía referentes musicales en casa?
Mi madre me cantaba jotas y mi padre no afinaba, pero a los 12 años me regalaron un teclado y me pasaba las tardes escuchando música y componiendo. Un día fui a ver el ensayo de Fidelio en el Liceu y escuchando El coro de los prisioneros se me saltaban las lágrimas. Algo se me despertó por dentro y dije: “Yo quiero hacer esto”.

Sin embargo, se licenció en arquitectura.
También se me daban muy bien las mates y la física. Tal como está diseñada la educación, el tema artístico no está bien guiado y la música no se ve como una profesión. Cuando digo que he estudiado música me preguntan: “¿Ah, pero eso se estudia?” ¡¿Que si se estudia?! ¡Es la carrera que más horas y años le he dedicado! Son 14 años y sigues estudiando toda la vida. Y en la ópera además de cantar tienes que saber actuar y es muy importante la forma física.

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Durante un tiempo combinó arquitectura y música.
Trabajaba como arquitecta y había terminado el grado profesional de piano. En aquel momento cantar era lo que me hacía más feliz, pero no podía dedicarle el tiempo necesario. Entonces vino la crisis y se llevó por delante el sector de la construcción.

Y decidió apostar por la música.
No es algo racional, sientes que es aquello es lo tuyo aunque no sepas por qué. Yo venía de la arquitectura, todo superracional y planificado. Lo dejé todo para dedicarme a la música sin tener nada seguro, pero sentía más que nunca que aquello me hacía feliz.

Estudiar música no es precisamente barato.
Para poder pagar los cuatro años del grado superior de música tenía que trabajar en algo que ne permitiera compaginar las dos cosas. Hice un máster en educación y trabajé en una escuela de chicos tutelados. Allí no sirve nada de lo que has aprendido en el máster.

No se arruga ante las dificultades.
Daba clases de plástica y música a niños con situaciones vitales muy problemáticas. Tienes que hacer continuamente cosas diferentes e ir adaptándote al día a día. ¡Incluso les llevé un grupo de pop-rock al aula! La experiencia me ayudó para el tema del canto a nivel emocional, de seguridad en mí misma, de conciencia personal y de trato con las personas.

¿Ha conseguido vivir del canto?
Sí, poco a poco. Lo bueno de la parte artística es que va más allá de dedicarse a algo para ganarse la vida. Yo no quiero trabajar de algo, yo quiero ser cantante las 24 horas al día. Quiero ser yo misma, aunque nunca llegue a tener un Iphone, una casa, un coche y un perro.

La ópera sigue teniendo fama de elitista y aburrida. ¿En otros países es distinto?
No se puede empezar por una ópera de seis horas de Wagner; hay que entrar poco a poco y sobre todo ir a verla en directo, porque las vibraciones son distintas. Cuando hago audiciones en Austria siempre voy a la ópera. Hay una parte del teatro, alrededor de la platea, donde estás de pie y si compras las entradas dos horas antes de la función cuestan solo 3 o 4 euros.

Ópera al precio de una cerveza. ¡Eso es promocionar la cultura!
Estás viendo las primeras figuras de ópera allí mismo, en platea, por tres euros y está lleno cada día. Quien no va a ver ópera es porque no quiere.