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Jaume Font: "Siempre he dormido en Sant Antoni"

Ricard Cugat

Jaume Font: "Siempre he dormido en Sant Antoni"

Su abuelo, su padre y él mismo cortaron el bacalao en el mercado

Núria Navarro

Es fiesta mayor en Sant Antoni. La primera del nuevo Mercat, el astro que siempre ha irradiado vida comercial al barrio. En él cortaron el bacalao su abuelo, su padre y él mismo. Literalmente. A los 87 años, Jaume Font es una fuerza viva de este trozo de Barcelona que pasó de ser un descampado donde se plantaban las horcas a barrio cuco en el que pastan los fondos de inversión inmobiliaria.

–Mi abuelo, Joan Font, era de Gallifa. Al no ser el 'hereu', se fue a trabajar con una tía que vendía pesca salada en la plaza del Pedró, dentro de la muralla. Cuando en 1882 se inauguró Sant Antoni, se hizo con una concesión: el puesto número 407. La llamó La Negrita porque tenía como distintivo una virgen quemada que rescató de la Setmana Tràgica, igual que la campana.

Font y la campana rescatada de la Setmana Tràgica, en su balcón de Tamarit. / ricard cugat

–¿Es la campana que tiene en el balcón?
–Sí. La hacía sonar los sábados de Gloria. Sigo... El abuelo ganó sacos y sacos de plata, pero tuvo la desgracia de que su esposa murió joven (mi padre tenía 9 años). Tenía dependientas y ayudantas –ya me entiende–, y mientras los inversores compraban con su dinero minas de hierro y carbón, una fuente en Burriac... Total, que se fue a hacer puñetas.

–¿Lo perdió todo?
–No pudo pagar las 70.000 pesetas de las facturas del bacalao a los mayoristas de la calle del Rec. Uno de ellos, Santiago Daurella, a quien Franco otorgó más tarde la primera concesión de Coca-Cola en España, le dijo a mi padre que asumía la deuda y lo contrataba como dependiente. Aceptó –quería casarse con una carnicera del mercado–, y rebautizó la el puesto como La Marina, el nombre de mi madre.

–El mercado está en sus primeros recuerdos.
–El mercado y la escuela. No me dejaban ir a la calle porque jugaban a pelota los niños gitanos que trabajaban en régimen esclavo en la fábrica de vidrio situada donde ahora está el ambulatorio.

–Aún tenía que venir la guerra.
–Y cuando vino, el mercado se fue a hacer puñetas. Se cortó el suministro de bacalao, que se pagaba en divisas. Tuvieron que espabilar. Mi padre, que fue de los primeros en subir al Aneto, se empleó como profesor de educación física en el Institut Escola M.B. Cossío. Mi madre compraba 20 o 30 kilos de carne en L'Hospitalet y hacía estraperlo en nuestro piso, en el número 50 de Manso.

–Cayó una bomba muy cerca.
–Solíamos refugiarnos en el segundo sótano de la fábrica de hielo de Viladomat. Estaba a oscuras y no se oían ruidos de la calle. Un día, al salir, vimos la casa de enfrente reventada. Cuando la cosa empeoró nos trasladamos a Palau de Plegamans, a 'ca la dida', mi abuela, vendida de niña a un rico de un pueblo de Tarragona para enjugar para enjugar una cuestión de honor.

–Caray.
–Luego, durante la época de racionamiento, vendíamos merluza, que se salaba en Galicia, y cazón, corvina o cherna de Canarias. Yo a los 12 años ya me levantaba a las 6, abría La Marina y a las 9 entraba en los Escolapis. Entonces, el ambiente del mercado era muy sano.

–¿También se casó con una hija del mercado?
–Me casé con la jefa de personal de Hispano Olivetti, que se convirtió en bacaladera por amor. Trabajamos mucho –ella en Sant Antoni y yo, en el Mercat del Guinardó–, y compramos un colmado dentro de Sant Antoni y cuatro números en el Mercat de Les Corts... Llegué a tener 35 empleados. Preparamos durante 25 años el bacalao para La Sirena y éramos proveedores del Windsor, al Abrevadero y el Concorde... Me jubilé en el 2008.

  

–Hoy es una fuerza viva del barrio. Incluso un benefactor.
–Cuando salgo a pasear me saludan no menos de 20. Pero me otorgan más mérito del que tengo. Solo animé a los vendedores a dar vianda a la red 'De veí a veí', que ayuda a vecinos con dificultades.

–¿Le gusta ahora el mercado?
–Ha quedado muy bonito, pero sufro.

–¿Por los turistas? ¿Por los especuladores?
–Porque los tiempos del mercado no son los de ahora. ¿20 minutos en cada puesto? Todo el mundo tiene mucha prisa.