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Antonia Jover del Olmo: "Mi madre me amamantó tres años en la cárcel"

Josep García

Antonia Jover del Olmo: "Mi madre me amamantó tres años en la cárcel"

Núria Navarro

Esta es una historia de amor y de guerra. Un oficial de la brigada de tanques de la República se enamora de una cocinera del Estado Mayor, 16 años más joven. Él le arma la conciencia y ella, a los 22 años, ingresa en las Juventudes Socialistas Unificadas, teje calcetines para el frente y se enrola en el Socorro Rojo. En el 38 se queda embarazada, pero el oficial está casado y tiene hijos –un dato que omitió– y sabe que pronto estará en el bando de los vencidos. Antonia Jover del Olmo, que nació en el 39, vive para contarlo.

–Yo debía tener unos 7 años cuando le dije a mamá: "Sueño que corro por unos pasillos; hay muchas mujeres y ruido de llantos". Ella, asombrada, me respondió: "Sí, hija, has estado ahí dentro, con mamá".

–En la Cárcel Provincial de las Bernardas.
–Mi madre, de siete meses, al ver la entrada de los franquistas por la Castellana, decidió refugiarse en casa de la abuela en Alcalá de Henares, vecina a la de Manuel Azaña, que los falangistas habían requisado para hacer interrogatorios. A la hora de llegar, se presentó un guardia civil con una citación.

"Mi madre le dijo que cumpliera con su deber, pero que ella quería tener algo suyo –yo– por lo que luchar"

–En la boca del lobo.
Querían saber el paradero de mi padre. "No sé nada, apenas le conozco". La humillaron durante 24 horas y le dijeron que salía directa a la prisión. La abuela se movilizó y le permitieron parir en casa, con vigilancia en la puerta. El día que nací, una amiga, hija de falangista, le dijo a mi madre que disfrutara "lo que pudiera" porque promulgarían una ley para que los niños nacidos de republicanas fueran entregados a familias católicas.

–¿Juzgaron a su madre?
–Quince días después de matar a las 13 Rosas. Según el expediente, era comunista desde antes de la guerra, había denunciado a gente de derechas que habían matado... ¡Todo mentiras! Fue condenada a 20 años y un día. Le dijeron que me entregara a la abuela y ella, obsesionada con la ley, se enfrentó: "¿Qué clase de católicos son? ¿Cómo se atreven a arrancar a un niño del pecho? ¡Mi hija estará donde yo esté!". Entramos en el antiguo convento el 22 de agosto de 1939 –donde aprendía a caminar y a hablar– y salimos en el 42. 

–¿Fue muy horrible?
–Mi tía era la demandadera del convento y yo pasé la mayoría del tiempo en el locutorio. Mi madre, del uniforme de rayas, me hizo vestiditos como los de Shirley Temple. Todo eso despertaba celos en las madres de otros niños –había 30 en una nave– y mi madre tenía remordimientos. Amamantó a otros niños –uno con tuberculosis– y la pobre quedó con 37 kilos. También sufría por la higiene. Había un lavabo para 60 mujeres.

–No hemos hablado de su padre.
–Cuando mi madre le dijo que estaba embarazada, él le recomendó abortar. Tenía esposa, cuatro hijos y veía que se avecinaba la derrota. Mi madre le dijo que cumpliera con su deber, pero que ella quería tener algo suyo por lo que luchar. Él partió a Alicante, donde salía un barco al exilio.

–¿Se fue?
–Al cabo de año y medio de estar en la cárcel, un tío panadero mandó a mi madre un pan de kilo con una carta suya dentro. Explicaba que le habían cogido y encerrado en el campo de concentración de Albatera –las palizas le destrozaron el estómago–, que le habían conmutado la pena de muerte y estaba recluido en Yeserías. Cuando mi madre salió en libertad condicional lo fue a ver  (la esposa nunca fue). Y yo estuve tres años yendo con ella, sin saber que era mi padre.

Antonio Jover y su hija Antonia, 16 años, el día que supo que era su padre. / el periódico

–¿Cuándo lo supo?
–A los 16 años. En 1955. Siete años después de cumplir pena, una prima hermana, familiar de Pilar Primo de Rivera, lo reclamó como tutuor de su hija. Fue desterrado a Barcelona, donde se convirtió en heladero y trajo a su esposa y a sus hijos de Murcia.

–¿Y ustedes dos?
–Mi madre y yo vivíamos en una habitación alquilada. Me coloqué en una casa de colchas guateadas y seguí estudiando. Un día, siete años después, se presentó él. "Es tu padre, hija", dijo mamá. No reaccioné. En 48 horas nos veníamos a Barcelona. Mi padre habló con unos amigos del PSUC, los Guillén, que vivían en Horta y nos instalamos las dos. Mi madre se empleó en un hotel de la Plaça Reial. 

–¿La otra familia sabía de su existencia?
–No. Al año y pico, papá le confesó a su hija mayor nuestra existencia, y esta se lo contó a la segunda. Las dos vinieron a verme y me abrazaron, y poco después vino un hermano. Mi padre, un idealista, creyó que podríamos vivir todos juntos.

–La esposa no tanto, imagino.
–La segunda hija le mostró una foto mía a su madre y le dijo que yo tenía 17 años y podría trabajar en la heladería familiar en verano. Aceptó, pero a solas no me trataba bien. Luego entendí que buscaba la ocasión de marcharse a París, donde vivía una hija. Y se fueron.

López Raimundo, dirigiente comunista acogido en casa de los Jover del Olmo. / el periódico

–Había llegado el momento de tener padre y madre.
–Sí. Y éramos estafeta. Venían las maletas de Francia con publicaciones como 'Nous Horitzons' o 'Treball' en el doble fondo y los distribuíamos. Y en los 60 hubo una caída fuerte de activistas y Roman [Josep Serradell], el secretario general de organización, ante la sospecha de infiltrados, preguntó si estábamos dispuestos a pasar a la superclandestinidad. La idea era traer la dirección de París y querían casas seguras. Encontramos una en Padre Claret, aislada, sin portera, solo cuatro vecinos. En 1962 llegó a casa un tal Pedro.

–¿Gregorio López Raimundo?
–Sí. Fuimos su familia de la clandestinidad durante 14 años. Salió de casa en octubre del 76, ya legalizado. 

–Usted apenas tuvo juventud.
No cambio la libertad por nada del mundo. "La lucha es felicidad", decía mi padre. Y ahora sigo, con los Iaioflautas, en la Associació Catalana d'Expresos Polítics del Franquisme, en la junta de la Amical de les Brigades Internacionals, entregada con la recuperación de la memoria para construir futuro.

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