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Gente corriente

Carlota Portella: "A punto de abrir el restaurante, hubo el primer terremoto"

Los repetidos temblores en Indonesia convirtieron su sueño de abrir un restaurante paridisíaco en un infierno.

Gemma Tramullas

Carlota Portella.

Carlota Portella. / RICARD CUGAT

Desde hace meses Indonesia está siendo asolada por terremotos y tsunamis. El último sacudió la isla de Célebes el pasado fin de semana y ha provocado casi mil muertos. En agosto, Carlota Portella (Barcelona, 1988) acababa de inaugurar un restaurante en la isla de Lombok, al oeste de Bali, y vivía en un sueño. Hasta que la tierra tembló.

Hace casi dos meses que volvió de Indonesia pero sigue usando un móvil con el prefijo 62 de aquel país.
Quedan asuntos por cerrar y la mitad de mi casa sigue en Lombok. Aún estoy digiriendo todo lo que ha pasado.

¿Qué hacía en Indonesia?
A finales de 2017 dejé mi trabajo de nutricionista en un hospital de Barcelona. Veía el sufrimiento de las personas con trastornos alimentarios y obesidad y sentía que teníamos que trabajar más desde el corazón. Me sentía impotente, enfadada. Buscaba reconectarme con la naturaleza y el yoga y decidí irme a vivir a Bali, que es la cuna del yoga y la espiritualidad.

¿Y cómo acabó en la isla de Lombok?
Además de nutricionista, soy tecnóloga alimentaria y también hice un curso de chef. Buscaba trabajo y me llamaron de Lombok. Con un socio francés monté un proyecto de cocina, salud y nutrición que se llama Terra.

Lombok es menos conocido que Bali.
Y mucho más salvaje. Allí solo hay palmeras y campos de arroz rodeados de arena y mar. No hay nada que hacer, aparte de surfear y practicar yoga.

Suena a paraíso.
Lo era. A finales de julio lo teníamos casi todo listo para abrir el restaurante cuando hubo el primer terremoto. Eran las seis y media de la mañana y en el momento del temblor estábamos en clase de yoga. No le dimos importancia y seguimos la práctica.

¡Eso sí es concentración!
Estuve sin conexión hasta las siete de la tarde y no fue hasta entonces cuando me enteré, por las llamadas y mensajes de preocupación de mi familia, de que había habido un terremoto.

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Pese a aquel aviso, abrieron el restaurante.
A los tres días hubo otro terremoto, más fuerte. La casa se movía de un lado a otro y el suelo era como un mar de olas; todo se caía y las paredes se agrietaban. Un guardia gritó: “¡Tsunami! ¡tsunami!”. La gente corría por la carretera, había personas tiradas por el suelo y niños perdidos. Cogí la moto y subí a la montaña. La alerta de tsunami se canceló pero hubo otra réplica. Pasé la noche allí con muchas personas a la intemperie.

Aquel terremoto provocó 500 muertos.
Turistas y extranjeros residentes empezaron a hacer las maletas y yo pasé unos días atontada. Creo que podemos crear lo que queremos y en el pasado había visualizado muchas veces un espacio en la naturaleza, una comunidad, el yoga… Aquel proyecto y aquel lugar me habían hecho sentir plena, pero ya no me sentía segura. Fui reconectar con la naturaleza y la naturaleza me estaba matando.

Finalmente, decidió volver a Barcelona.
Cogí tres aviones y no paré de llorar, pero necesitaba perspectiva para tomar una decisión. ¿Podía reconectar con mi sueño después de aquello? A los pocos días de aterrizar, hubo un tercer terremoto y a día de hoy siguen habiendo réplicas. Entonces dije basta y le dije a mi socio que cerrara el restaurante.

¿Tiene sensación de fracaso?
No. Yo escogí aquel proyecto de vida y no tengo que demostrarle nada a nadie. Pero que el paraíso se convierta en un infierno me lleva a hacerme muchas preguntas. Son mensajes que uno tiene que descifrar.

Su vida ha dado un giro y a finales de año se va Nueva York, donde vive su pareja. ¿Y si Nueva York tampoco resulta ser lo que ha visualizado?
Tengo un nuevo proyecto de vida, pero nadie nos prepara para lo desconocido. Ahora estoy serena y no siento que esté huyendo de nada. Si resulta que no es Nueva York cogeré la mochila y seguiré buscando. Todo se mueve en la naturaleza y en el espacio, ¿por qué no nosotros?