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Motoko Araki: "Tenemos manos para hacer cosas bellas y parece que hoy solo sirven para apretar botones"

Desde hace 16 años tiene su propio taller de cerámica japonesa en BCN, donde trasmite arte pero también una manera de estar en el mundo

Mauricio Bernal

Motoko Araki: "Tenemos manos para hacer cosas bellas y parece que hoy solo sirven para apretar botones"

JORDI COTRINA

Nacer en Hiroshima es llevar a cuestas una parte de aquel dolor, y Motoko Araki lo deja claro cuando a la pregunta de qué significa haber nacido en esas coordenadas contesta llevándose un puño al corazón. "Mis padres estaban allí cuando cayó la bomba y sobrevivieron, pero muchos de mi familia murieron ese día". Nacida en la ciudad de la bomba en 1962, en su país natal Araki estudió arte pensando en dedicarse a la pintura y acabó por dedicarse a la cerámica, naturalmente la japonesa, que tiene sus apartes, su peculiaridad. Hace 21 años vive en Barcelona y hace 16 tiene su propio taller en el barrio de la Ribera. Una especie de embajada de Japón. Una especie de embajada de Hiroshima.

-De la pintura a la cerámica. ¿Por qué cambió?

-Me inspiró la visita que hice al taller de un profesor de cerámica. Ya había terminado la universidad y enseñaba arte en un instituto. Un día hubo una reunión en casa del profesor de cerámica, así que fuimos allí y nos mostró su taller.

-¿La impresionó?

-Me impresionó cuando nos enseñó el armario donde estaba la vajilla. Dijo: "Más o menos la mitad de las piezas las he hecho yo. La otra mitad las hemos comprado. Cada vez que termino una pieza, y si mi mujer lo aprueba, la ponemos en el armario y nos deshacemos de una de las piezas compradas. Yo solo espero que al morir el armario esté lleno de piezas mías". En ese momento, ¡pang!, cambió todo.

-¿Por qué? ¿Qué le dijo esa actitud del profesor?

-Porque me dio otra perspectiva sobre la utilidad del arte: lo haces tú, lo usas tú. Pensé que ser ceramista me daría satisfacciones añadidas, así que volví a la universidad y me apunté a cursos.

-Habla de belleza y utilidad. Y habla de vajillas.

-Yo creo que la mirada sobre la vajilla es distinta en Oriente que en Occidente. Cuando te tomas un té verde, por ejemplo, te paras a mirar el objeto, tienes que mirarlo, el cuenco. Se dice que la base muestra el carácter del ceramista. En los restaurantes de Japón el tipo de plato en el que viene la comida es muy importante. El color, la forma… ¿Sabe otra diferencia que hay?

-Cuénteme.

-Las superficies. Las superficies de la vajilla japonesa no tienen que ser planas porque con los palillos no es incómodo comer sobre una superficie rugosa, mientras que con unos cubiertos sí.

-Y eso permite jugar con las texturas, ¿no?

-Así es. Últimamente me gusta mucho el estilo mentori, que permite hacer muchas cosas.

-¿Con qué perspectivas se acerca un alumno a su taller?

-Ah, todos quieren hacerse su propia vajilla. Y por el barro. Para disfrutar de tocar el barro. Yo los entiendo. Es muy divertido.

-Tiene que gustarle.

-Hasta que muera, yo el último día quiero tocar barro. Es muy emocionante pensar que del barro puedes crear, no lo sé, una tetera, algo que la gente va a usar. Yo soy de barro, pero respeto mucho a los que trabajan con las manos.

-Se refiere exactamente a…

-A los que trabajan con madera, con telas, con papel… Tenemos manos para hacer cosas muy bellas y parece que ahora solo sirven para apretar botones. Yo creo que estamos perdiendo eso.

-¿Tiene debilidad por moldear algún tipo de pieza en particular?

-Las teteras. Las teteras necesitan tiempo. Y además tienen el pitorro, la tapa, el asa, son varios elementos y tú siempre te tienes que preguntar cómo vas a combinarlos.

-Está en la Ribera. Entrarán muchos turistas, ¿no?

-Viene turistas, sí. ¿Y sabe qué? A mí me emociona que algo que salió de mis manos y de un poco de barro de repente va a acabar en el armario de alguien en París, o quién sabe dónde. Es bonito. 

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