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Gente Corriente

Pere Quintana: "La jubilación es la época más bonita de la vida"

Tiene 101 años y una mente privilegiada que recuerda con detalle su vida de farmacéutico en el barrio de Sant Antoni

Carme Escales

Pere Quintana, jubilado de 101 años.

Pere Quintana, jubilado de 101 años. / MARTÍ FRADERA

Cada mañana lee la prensa en una tablet. La pantalla digital le regala el tamaño de letra que su vista prefiere. No obvia detalle, «repaso también las esquelas, miro si veo la mía», bromea. Han pasado ya tantos y tantas delante de él. Pere Quintana tiene 101 años. Nació en Arenys de Mar el 18 de enero de 1917, lleva más años jubilado que cotizando. Durante 37 años regentó una farmacia en la Ronda de Sant Antoni junto a los míticos almacenes El Barato. Cada miércoles se reúne aún con farmacéuticos retirados, una distracción más entre tantas otras de quien también estuvo en la batalla del Ebro.

¿Qué hacía cuando se inició la guerra?

El 18 de julio tuve un examen y el catedrático nos citó al día siguiente para recoger las papeletas. Pero ya nadie fue. Aquella noche Barcelona fue bombardeada. Tuvimos la nota al acabar la guerra y retomar las clases.

¿Qué le tocó hacer?

En Arenys, con pico y pala ayudé a abrir bunkers que nunca se usaron. Y el verano del 37 un tren militar me llevó a Valencia. Fui al frente pero no disparé ni un tiro. Luego convirtieron la Universidad de Valencia en hospital y estuve de sanitario. Llegaban muchos heridos desde Teruel y casi no había médicos y apenas material, vendas, agua oxigenada y tijeras. Allí aprendí mucho.

Hizo antes de médico que de farmacéutico. ¿Qué era en su época un farmacéutico?

Eras un confidente de todas las familias del barrio. Conocías todos sus problemas Y allí en el Raval venían muchas prostitutas y te lo explicaban todo. Los proxenetas eran unos sinvergüenzas, se apoyaban entre ellos, llevaban unos cochazos y a ellas las hacían ir derechas como un palo.

Era un barrio animado, de día y de noche.

Teníamos al lado la sala Gran Price, donde hacían baile el fin de semana y entre semana, boxeo y lucha libre. Antes del combate, los boxeadores venían a ponerse una inyección de reticulogen para resistir más. Era el dopaje de la época. Y además me explicaban que la mitad del combate era lucha verdadera y la otra mitad era espectáculo.

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37 años detrás del mostrador son muchas confidencias...

Y cuando hablas con la gente es cuando aprendes cosas. Yo entendía muchas enfermedades por lo que me explicaban los clientes, que acababan siendo amigos. Allí la gente era muy agradable, no conocían nada de la Diagonal hacia arriba. Y yo observaba mucho, como lo hago ahora cuando salgo a pasear y entro en un café.

¿Tiene algún secreto su buena salud?

Hoy vivimos bien porque la medicina moderna es muy buena. Eso sí, yo nunca he fumado y no he bebido casi alcohol.

En cambio su esposa se fue antes.

Sí, falleció a los 91 años, después de una larga enfermedad. A mí ahora me gusta sentarme siempre en la silla donde se sentó ella tantos años. Dediqué mi tiempo haciéndole compañía a completar el árbol genealógico de los Quintana Colomer. Y cuando lo tuve listo, lo regalé al Ayuntamiento de Arenys de Mar.

¿Todavía visita Arenys?

Ahora ya no. Pero volveré allí el último día, tengo mi lugar en el cementerio.

¿Imagina cómo será lo que pueda haber después de morir?

No me lo imagino, pero me siento contento de haber aprendido que hay otra vida.

¿Qué piensa de una vida tan longeva?

Cuando pasé de los 90, 92, 97, arreglé todo lo económico, pensaba, ahora ya está, me queda poco. Nunca pensé que vería a mis hijos jubilados (tiene 4 hijos y 8 nietos). Mis hermanos (él fue el 9º de 10) murieron bastante mayores, a los 90. Si tienes salud y el tema económico solventado, la jubilación es la época más bonita de la vida. Yo no veo ni oigo mucho, pero razono bien. Lo mejor de poder llegar a estar edad es hacerlo sin molestar a nadie, sin dar preocupaciones. Yo hasta hace poco elegía una línea de metro, iba hasta el final y salía a conocer el barrio, me tomaba un café y volvía. Ahora lo hago pero en el Eixample. Voy hasta el paseo de Sant Joan y la Gran Vía. La ventaja a mi edad es que en la cafetería te llevan aún el café a la mesa.

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