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GENTE CORRIENTE

George Meegan: "Volver a la realidad fue jugar a la ruleta rusa psicológica"

Con 65 años ha corrido junto a los toros en Pamplona para recuperar la sensación de aventura que tuvo al recorrer toda América a pie durante siete años

Mauricio Bernal

George Meegan: "Volver a la realidad fue jugar a la ruleta rusa psicológica"

FERRAN SENDRA

Corría el año de 1976 cuando el británico George Meegan empezó la que habría de ser la gran aventura de su vida: atravesar caminando las tres Américas –la del Sur, la del Centro, la del Norte– de extremo a extremo, desde la Tierra del Fuego hasta la frontera del Círculo Polar. Le tomó siete años. En el camino estuvo a punto de perder la vida, y también a punto de enloquecer. Nunca volvió a emprender un viaje con el rótulo de “aventura” porque después de eso no había nada. Hasta ahora, que con 65 años teme quedarse sin fuerzas para hacer algo grande y ha venido a correr junto a los toros de San Fermín. He aquí el retrato de un gran aventurero.

-Volvamos a 1976. ¿Alguien había hecho algo así?

-Nadie. Yo era el primero.

-Cuénteme, ¿por qué lo hizo? ¿Cómo se toma la decisión de hacer algo así?

-No fue tan complicado. Yo había sido marino mercante y me había dado cuenta de que el mundo en realidad no es tan grande. Que es pequeño, de hecho. De modo que el día que conocí en Inglaterra a un explorador que me dijo que nadie había caminado nunca de extremo a extremo del continente americano creí que debía hacerlo.

-Caminando. Siempre caminando.

-Siempre. En Perú estaba un día al borde del camino y empecé a escuchar un rumor y luego se levantó una polvareda. Era un rebaño de llamas. Podría haber intentado montar alguna, pero lo que hice fue caminar con ellas. Trotar. Más que caminar, trotar.

-Y además solo.

-En realidad, empecé el viaje con Yoshiko, una chica japonesa a la que había conocido en un tren siberiano. Me acerqué, le pregunté a dónde iba y ella me contestó que se iba conmigo.

-¡No!

-¡Se lo juro!

-Entonces empezó con ella.

-Sí. El viaje al final me tomó siete años, pero yo al principio calculaba que serían cuatro; que de todos modos era mucho. De modo que ella estaba allí en plan: "Ya veremos". Y lo que ocurrió fue que a la altura de Mendoza se quedó embarazada.

-Nada más empezar.

-Bueno, es una manera de verlo. Ya habíamos recorrido 3.000 kilómetros. El caso es que evidentemente ella no iba a seguir. Se fue a Japón.

-¿Cuándo la volvió a ver?

-Imagínese: nos separamos sin saber cuándo ni dónde nos veríamos de nuevo. Sin saber si nos veríamos de nuevo, de hecho. Pero nos vimos al cabo de un año y siete meses en Panamá.

-Panamá… No habrá caminado el tapón del Darién, ¿o sí?

-Claro que sí. Estuvieron a punto de matarme, y eso que entonces no era tan peligroso como ahora. Iba con un guía. Escuchamos un disparo y él gritó: "¡Nos disparan!", y se tiró al agua.

-¿Y usted?

-Yo me di la vuelta y vi a un indio armado con un rifle. Un indio kuna. Le dije: "Encantado de conocerte", y eso fue todo. Nos hicimos amigos. Luego me regalaron un corte de pelo.

-¿Los kuna?

-Sí. "Necesitas un corte de pelo", me dijeron, y me hicieron un típico corte kuna, con forma de pájaro. En Panamá todos me preguntaban dónde me había hecho ese corte.

-Así vio a Yoshiko, entonces.

-Sí, con ese corte y… en fin. Yo parecía un monstruo recién salido del pantano, y además con mi peinado de pájaro. Pero fue emocionante. Conocía a mi hija, Ayumi. Que por cierto, significa "caminar" en japonés.

-¿Cuántos hijos tiene?

-Dos. El otro es Susuma, que en japonés quiere decir "adelante". Fue concebido precisamente en ese encuentro, en Panamá.

-Y lo vino a conocer en…

-Nos reunimos en Tejas los cuatro, mucho tiempo después.

-Habrá tenido algún momento de crisis, me imagino.

-Sí, mi gran crisis tuvo lugar en Honduras, en San Pedro Sula. Simplemente empecé a perder la razón. Estaba débil, agotado física y mentalmente. Allí conocí a un médico colombiano que me dijo que debía parar al menos tres semanas. Yo le dije que si paraba tres semanas definitivamente me iba a volver loco.

-¿Qué hizo?

-Seguir caminando. Cerca de allí vi a una pareja sentada en el porche de su casa y a un perro bajo la mesa. Me acerqué y abracé al perro. Ellos no daban crédito. El perro tampoco. Me dieron posada. Dormí. Luego regresé a la carretera y volví a encontrar mi ritmo.

-Después de siete años, ¿cómo fue volver a la realidad, la tediosa realidad?

-Fue una ruleta rusa psicológica, ni más ni menos. A eso sentí que estaba jugando al volver a la realidad, a esta realidad. Podría estar en un manicomio ahora.

-Hablemos de Pamplona. Ese viaje supuestamente crepuscular.

-Lo es. Ha sido mi último viaje. Uno declina físicamente, eso es inevitable. Quería hacer algo físico, algo retador, de primera clase. ¡Correr con los toros en Pamplona!

-¿Lo hizo?

-Hice dos intentos. En el primero acabé en la plaza, empujado por la gente contra las barreras, salvado por un policía que me agarró por los brazos y me sacó de allí. Todo muy violento. No era lo que estaba buscando.

-¿Y el segundo?

-Entonces sí. El momento mágico. Allí estaba, esa espléndida criatura, con esos enormes cuernos en la cabeza, corriendo al lado mío. ¿O corriendo yo al lado suyo? Había mucha gente pero estábamos solos, el toro y yo. Era raro pero era así, todos estaban delante, y de repente el miedo se disipó y durante 12 segundos estuvimos en paz el uno con el otro, el toro y yo. En ese momento me di cuenta de que eso era lo que había venido a buscar.

-Veo que lleva un ejemplar de ‘Fiesta’.

-¿Y qué otra cosa va a leer uno cuando va a los Sanfermines?

-Una aventura a los 20 años, otra a los 65.

-Dos grandes aventuras. Ahora solo quiero un sillón y tener un baño cerca. Y un poco de té, si es posible.

-No exagere.

-No lo hago. Tengo 65 años. He empezado un declive. Me hago viejo, mi estructura ósea pronto empezará a colapsar. No hay nada como ser joven, pero eso se acabó.

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