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Gente corriente

Cèlia Clua: "Cogí a unas cuantas niñas y les enseñé a leer y a escribir"

Esta enfermera de Lleida encontró su objetivo vital en una de las zonas más pobres de Guatemala.

Gemma Tramullas

Cèlia Clua: "Cogí a unas cuantas niñas y les enseñé a leer y a escribir"

FERRAN NADEU

Pese a los años que Cèlia Clua (Albesa, 1956) pasó en un internado, las monjas no lograron disciplinar su espíritu anárquico ni templar su vitalidad. Pero cosas de la vida, ahora ella gestiona un internado en Huehuetenango, una de las zonas con más analfabetismo de Guatemala. Aprovechando un viaje a Barcelona, Cèlia explica cómo nació la oenegé Ixmucané, que financia el centro que aloja a 43 chicas y beca a otras 130 para que sigan estudiando (www.ixmucane.org).

–De Albesa a Guatemala, menudo cambio. De niña quería ir a las misiones, pero no tenía vocación de monja. Enfoqué mi vida para irme algún día y estudié enfermería. Pero me casé, tuve una hija y abrí una lavandería. Con los años pensaba: "¿Qué hago yo aquí?".

–Esperaba su oportunidad. Me apunté a un máster de medicina tropical y en el año 2000 salió la posibilidad de ir como voluntaria con una oenegé que formaba comadronas tradicionales en Guatemala. Ya estaba divorciada y mi hija era mayor. Vendí el coche, cogí mis ahorros y me fui.

–¿Qué situación se encontró? Las comadronas mayas eran analfabetas y sus hijas no iban al colegio. Cogí a unas cuantas niñas y les enseñé a leer y a escribir.  

–Fue el embrión de Ixmucané. Alquilamos una casita en Huehuetenango y alojamos a unas pocas niñas de los pueblitos para que pudieran venir a estudiar. Yo misma iba al mercado y les cocinaba.

–La casita se convirtió en un internado. Con un dinero que heredamos compramos un edificio y lo reformamos. No es una escuela, pero además de alojamiento damos clases de refuerzo y talleres de sexualidad, planificación familiar y autoestima. 

–Ixmucané es una diosa maya-quiché. Estas niñas son mayas, vienen de un entorno muy machista y llegan a la ciudad muy tímidas. La idea inicial era que aprendieran a leer y a escribir, pero ahora quiero que lleguen a ser profesionales, maestras o enfermeras, y que se queden en su entorno para hacer más fuerte su comunidad. 

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–¿Por qué razón abandonan los estudios? Sobre todo por los embarazos, pero nosotras nos cuidamos de que acaben el curso aunque vayan a ser madres. Son muy fuertes; un día paren y al otro están en clase. También es una dificultad que la escuela sea en castellano porque ellas casi no lo hablan. Por eso una vez al mes vamos a sus pueblos con una biblioteca ambulante.

–¿Recuerda algún caso particular? En estos años se nos han graduado 600 chicas y estoy muy orgullosa de la primera. Tiene una casita cerca del río y se ha comprado unos terrenos que ha puesto a su nombre: "Los he pagado yo, son míos –me dijo–. Y si son míos serán de mis hijos; si son de mi marido vete tú a saber".

–¿Cómo se financia Ixmucané? Tenemos un presupuesto anual de 80.000 euros y casi tres cuartas partes lo cubrimos  nosotras alquilando espacios del edificio del internado y mil cosas más. Yo hago mermeladas, pasteles y unos chiles picantes que tienen mucho éxito. El resto sale de  ayudas de ayuntamientos, de los socios y de actividades como la cena de solidaridad que se hace en mi pueblo por Navidad.

–El prestigio de las oenegés está en crisis. Y con razón. Sobre todo las grandes que, por buenas que sean, se convierten en una manera de ganarse un buen sueldo. Mire, lo mío es una actitud de vida. Yo no soy rica  ni pobre, tengo una casa en mi pueblo y he tenido un negocio. Soy una mujer libre, no le debo nada a nadie y necesito muy poco para vivir. No estoy allí para ganar dinero, sino porque me gusta lo que hago. 

–Pero también saca un beneficio emocional. Soy la mujer más feliz del mundo, ¡qué otro beneficio quiere! Soy muy egoista; yo esto lo hago por mí, pero no por el dinero.

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