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Gente corriente

Carles Puche: "La ilustración científica es como una forma de meditación"

Lleva 40 años dedicado al dibujo científico y reivindica la importancia de este oficio en plena era digital

Gemma Tramullas

Carles Puche: "La ilustración científica es como una forma de meditación"

ELISENDA PONS

El tráfico de insectos es incesante en Collserola y Carles Puche (La Pobla de Segur, 1949) avista un pequeño escarabajo que recoge con sumo cuidado para analizarlo. Son gajes del oficio de alguien que lleva 40 años dedicado al dibujo científico y que comparte sus conocimientos sobre esta profesión invisibilizada en talleres de ilustración en el Zoo de Barcelona, el Jardí Botànic y el Museu Blau (www.illustraciocientifica.com).

–¿Qué es básico en un ilustrador científico? Y usted, ¿por qué hace este trabajo?

–¿Yo? Porque me gusta. Pues eso. Lo básico es dibujar porque te gusta y a partir de ahí vas cogiendo hábitos. Yo no sé salir al campo sin una libreta y lápiz.

 –Hay que ser muy minucioso, ¿no? Este ciruelo silvestre en flor, por ejemplo. Yo no veo solo una raya marrón y unos puntos blancos, sino que me meto dentro de la planta y me fijo en qué tipo de pétalos son, cómo están distribuidos, cuántos estambres tiene... El dibujo, aparte de ser bonito, tiene que explicar cosas. Esta es la diferencia entre la ilustración artística y la científica.

–¿Y no sería más práctico fotografiarlo? La foto es un acta notarial, deja constancia de algo en un momento puntual; la ilustración científica representa un proceso.

–Usted es autodidacta. Hay pocos que no lo sean en este sector. Hasta hace poco tenías que ir a Estados Unidos, Suiza o Italia para sacarte un título de ilustrador científico o botánico. Ahora estamos haciendo el primer posgrado en Bilbao, pero las salidas profesionales son complicadas. Los equipos de investigación deberían incorporar ilustradores científicos. 

¿Cómo empezó a dibujar? Era un niño enfermizo que siempre estaba en casa y empecé dibujando El Capitán Trueno y Roberto Alcázar y Pedrín. Seguí haciendo cómic, pero nunca publiqué. Profesionalmente fui comercial de Endesa.

–No le imagino con traje y corbata. Pues yo vendía la moto a la gente para que comprasen lavadoras y pusieran mucha luz en casa. Pero como en la empresa se hacían medias jornadas, muchos dedicábamos la otra media a aprender cosas.

–En su caso, dibujo científico.
–Mi entrada en la ciencia fue por azar. El científico Martí Boada vio unos dibujos de mariposas inventadas que tenía en el comedor y me dijo si quería hacer unos pósters de los ambientes naturales del Montseny. Eso fue a principios de los años 80.

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–¿De qué trabajo está más orgulloso? Es una elección muy difícil. Con Jorge Wagensberg, un amigo que nos ha dejado hace poco, trabajé sobre una nueva especie de hormiga, la Technomyrmex caritatis. La emoción de dibujar algo que casi nadie había visto era indescriptible. También fue muy importante el trabajo de campo que hice durante tres años por toda Catalunya con Ramon Folch. Fueron más de 700 ilustraciones para el libro Comprendre la natura.

–¿Qué primera lección da a sus alumnos? Si quieres dibujar el árbol que tienes delante no pienses en un árbol porque entonces tu cerebro interferirá con su propia idea de árbol. Lo que hay que mirar son formas, volúmenes, colores, sombras...

–¿Les pide que dejen de pensar? Se trata de engañar al cerebro para que no sepa qué estás haciendo y te deje hacer. La ilustración científica pura te abduce, es como una forma de meditación. Somos como monjes. Cuando llevas mucho tiempo trabajando en algo necesitas desfogarte y en mi caso tengo libretas de animales inventados: ranas que vuelan, patos peludos...

–El ilustrador científico está en la sombra. Por eso estoy hablando con usted y dando clases, para sacar a la luz mi profesión. 

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