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"Somos un conjunto de imperfecciones, humanos"

Raül M. Beteta es un tuneador de andróminas, reproduce el movimiento de animales y elementos de la naturaleza que la gente activa con sensores

Carme Escales

Raül Beteta, artista que trabaja con materiales reciclados, en su taller.

Raül Beteta, artista que trabaja con materiales reciclados, en su taller. / JOAN PUIG

Lo que debía ser un castigo por no aplicarse en los estudios, acabó siendo un atractivo entretenimiento y primer trabajo para Raül Martínez Beteta (Sant Boi de Llobregat, 1977). El verano de sus 18 años, su padre lo puso a trabajar en el taller familiar donde creaban máquinas para clasificar y preparar materiales que procedían de un primer uso, como un coche, para ser reciclados. Era el inicio de las desecherías, y no había día en el que Raül no regresara de alguna de ellas con un trasto bajo el brazo. Allí donde otros ven basura, él ve útiles para un arte al que, además, consigue hacer latir.

-¿Todo su arte recicla materiales? No todo. Algunos encargos para museos, por ejemplo, por dimensión o perdurabilidad como exposición estable, los he hecho con materiales nuevos. Pero siempre que puedo, prefiero reciclar.

-¿Por qué? Desde mis primeras visitas a las plantas de reciclaje, siempre me ha parecido alucinante la cantidad y calidad de cosas que se tiran. Lo mismo pasa con el derroche alimentario. Yo he visto fábricas enteras de neveras que habían quedado obsoletas, desechadas.

-¿Pero tiene síndrome de Diógenes? No, no. Aunque al principio vivía como una obsesión fijarme en lo que podía recuperar y transformar en escultura. Ya de niño tuneaba mis juguetes. En el taller sí tengo trastos, claro, es mi material creativo. Las piezas con algo viejo e irregular son más especiales. La perfección y exactitud resta encanto. Las irregularidades y desajustes las hace singulares, más reales. Como a las personas. Somos un conjunto de imperfecciones, somos humanos, con manías y defectos que nos hacen singulares y diferentes.

-Su arte impacta más porque se mueve. Es el efecto sorpresa. El movimiento me empezó a motivar como el desafío de imitar la manera natural de desplazarse de un cangrejo o un caracol de mar. Y ese movimiento motiva también al público que las activa sin darse cuenta, porque las piezas llevan sensores que captan luz y sombra. Un ejemplo son las mariposas suspendidas en el aire en el interior del edificio de CosmoCaixa. En la tercera planta, el visitante activa su aleteo sin darse cuenta al pasar.

-¿Cómo define su arte? Yo no vengo de estudios de Bellas Artes. No me fijo en lo que ya se ha hecho. Mi camino es diferente y, por lo tanto, el resultado, también. Empezó siendo una afición. Al salir de la fábrica, disfrutaba probando prototipos y tratando de emular detalles, formas y movimiento orgánico. Y en el 2008 me apunté a un curso de escultura en la escuela Gaspar Camps de Igualada, con la escultora figurativa Teresa Riba.

-¿No lo encorsetó estar en un aula? En absoluto. Teresa Riba me ayudó mucho. Los alumnos trabajaban con barro o piedra, pero yo llevaba mis cuatro hierros. Venían de otras aulas a ver qué traía. Y a raíz del curso, llegó una beca para mi primera exposición Vida acuática. Fue un éxito, en Igualada y luego itinerante, incluso ha estado en Chile, Taiwán y Polonia.

-Y llegaron sus primeros encargos. Sí. Construía la ballena que se convierte en velero, que está en el vestíbulo del Museu Marítim de Barcelona, y necesitaba espacio y la Fundació Ampans (www.ampans.cat) me dejó un local en Santa Margarida de Montbui. Ellos generan oportunidades para personas con discapacidad intelectual, a quienes di un curso. Hicimos un árbol móvil que luce las estaciones. La motivación pasa por encima de las limitaciones.

-¿Dónde se pueden ver más obras además de en su web www.ferroluar.com? Desde mañana hasta el domingo en el Jardín mecánico y vida acuática, en el Poblenou barcelonés (entre las calles de Pamplona y Tánger), en el Festival Llum BCN. 

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