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GENTE CORRIENTE

Joan Codina: «Disfruto más cuando pierdo que cuando gano»

Camino de los 98 años, este vecino de Moià esel jugador más veterano y bienhumorado de la liga catalana de ajedrez

Gemma Tramullas

Joan Codina: «Disfruto más cuando pierdo que cuando gano»

ANNA MAS

Joan Codina (Moià, 1920) ha vivido cuatro repúblicas –«la de Macià de 1931, la de Companys del 34, la del 36, y esta última que duró unos segundos», enumera– y conserva una lucidez mental y una agilidad física poco habituales en personas de su edad. Fue herrero como su padre y desde hace 10 años vive en la Fundació Hospital Residència Vila de Moià con su mujer, a la que cuida con devoción. Cada tarde (menos los jueves) sale de la residencia y se desplaza a buen paso hasta el casal del pueblo para hacer su partida habitual de ajedrez. Los domingos también juega la liga de la Federació Catalana d’Escacs. Su última partida acabó en tablas.

–¿Siempre está de tan buen humor? Seguro que por eso se ve tan bien a su edad. Es mi carácter. Nunca me verá perder el buen humor y no me enfado casi nunca.

–¿Ni siquiera cuando pierde una partida? Jamás. Disfruto más cuando pierdo, viendo la satisfacción del otro, que cuando gano. Siempre he jugado para entretenerme y no para ser mejor que otro; soy un jugador mediocre, pero muy aficionado.

–En Moià es una leyenda. He enseñado a jugar a mucha gente y con el equipo del pueblo habíamos hecho muchos torneos. La primera lección que les daba a mis alumnos era: «Solo cuando hayáis perdido mil partidas estaréis preparados para ganar una». Ahora todos me ganan y eso es una gran satisfacción para mí.

–¿Y usted cómo se aficionó? Cuando era niño en invierno hacía mucho más frío que ahora y como no había con qué entretenerse la gente del pueblo pasaba las tardes en el café. Unos jugaban a cartas, otros al dominó, otros hablaban de fútbol y había un señor de Barcelona y un médico que jugaban al ajedrez.

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–¿Aprendió viéndoles jugar? Un grupito de chicos nos animamos a jugar contra ellos. Al principio siempre nos ganaban, pero poco a poco fuimos aprendiendo y hasta que no les ganamos no estuvimos contentos. Es curioso, casi todos los médicos sabían jugar al ajedrez, en cambio los curas, no; a ellos siempre los veías jugando a cartas. 

–Desde entonces no ha dejado el tablero. Otra de las personas que sabían jugar en aquella época era el director del banco, que era esperantista. Él me enseñó a hablar esperanto y durante los años de la dictadura jugué al ajedrez por correspondencia con gente de los países del Este: Checoslovaquia, Hungría, Rumanía, Rusia…

–¿Se carteó regularmente con países comunistas durante el franquismo? Sí [ríe]. Nos enviábamos los movimientos  por correspondencia postal, a cada pieza le correspondía una letra y a cada casilla, un número. Las partidas duraban un año y cuando la respuesta tardaba en llegar quería decir que algo iba mal en el país o que los servicios secretos habían interceptado la carta. También he jugado por correspondencia con gente de toda España.

–¿Qué le gusta tanto del ajedrez? Para mí es un juego como el dominó o las cartas, para pasar el rato. Pero como es muy de cabeza hace que te olvides de las preocupaciones. Es como una droga, mientras estás jugando no piensas en lo que pasará cuando llegues a casa pero cuando terminas una partida vuelves a tener todos los problemas de la vida real. 

–Con los años, mantener la concentración debe ser cada vez más difícil. No soy médico, pero me parece que jugar al ajedrez para pasar el rato combate el alzhéimer y las enfermedades mentales. Yo lo que noto es que después de 30 o 40 jugadas la cabeza ya no da más de sí y entonces me distraigo y el contrincante aprovecha la indecisión para ganar. Cuando juego con máquinas ya sé que perderé porque las máquinas nunca se distraen.

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