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GENTE CORRIENTE

Pol Marzougoug: «Solos no haremos casi nada que valga la pena»

Filósofo comunitario, defiende que el valor del filósofo no es tejer teorías sesudas sino facilitar la reflexión en común

Gemma Tramullas

Pol Marzougoug: «Solos no haremos casi nada que valga la pena»

RICARD FADRIQUE

La filosofía está amenazada en el aula pero paradójicamente cada vez es más popular en la calle. El festival Barcelona Pensa desborda cada año el aforo, la serie Merlí de TV-3 engancha a los adolescentes, ensayos como La resistència íntima escalan en los rankings y en las bibliotecas y centros cívicos se hacen talleres y cursos sobre filosofía aplicada. En la Casa Golferichs de Barcelona Pol Marzougoug (Barcelona, 1988) tratará este trimestre sobre la verdad. En el muro de este centro alguien ha escrito con espray: Solo a solas me sentí libre. 

–¿Qué le parece la frase? Sugiere que apartándome de los demás podré hacer las cosas como yo quiero y no sé si esto es libertad. La libertad también es capacidad de actuar y solos no podemos hacer casi nada que valga la pena.

–Necesitamos a los demás. La filosofía es reflexionar sobre qué estoy haciendo, cómo y por qué, pero hacerlo encerrado en una habitación leyendo libros no te lleva muy lejos. Pensar en común sobre cómo construimos una comunidad de manera consciente es lo que nos hace libres. 

–Lleva una marca hindú en la frente. Es un tilak, una marca que llevan los hombres y mujeres hindús por motivos religiosos o espirituales. Yo no me considero hindú, pero en el 2014 hice un viaje a la India en el que aprendí, entre otras muchas cosas, la importancia del silencio. Esta marca me conecta con todo el aprendizaje de la India y también conmigo mismo.

–¿Qué efectos prácticos tiene? Cuando me hago la marca cada mañana es como si dijera: «Hoy voy a intentar dar lo máximo de mí mismo, ser lo más coherente, generoso e íntegro que sea capaz». Al final, la mayoría de cosas que hago son excusas para intentar ser mejor persona. 

–¿Siempre quiso ser filósofo? Con 5 años ya decía que de mayor quería ser sabio. No sé qué idea tenía de lo que es un sabio pero lo tenía clarísimo. Más tarde, como cualquier adolescente que empieza a estudiar filosofía, quería pensar una teoría irrefutable, una teoría del todo, tener la respuesta a todas las preguntas.

–¿La encontró? Fui perdiendo interés porque me di cuenta de que por mucho que plasme una teoría perfecta en un libro nunca producirá el efecto que yo espero.

–¿Y qué efecto espera producir? Espero que tenga un efecto transformador, que provoque un cambio directo en la forma de ver las cosas y de vivir que tenemos las personas. Y eso no se consigue con un libro, sino en el cuerpo a cuerpo. Por eso me fui inclinando hacia la pedagogía y concebí una asociación dedicada a organizar actividades para intercambiar ideas y crear debate. Ahora me estoy formando para ser acompañante filosófico.

–¿En qué consiste? Es una figura que ya existe en algunos países desde hace décadas y aquí está empezando a aparecer. No se trata de enseñar nada, sino de ayudar a las personas a tomar conciencia de su vida. ¿Por qué? Creo que esto nos hace más libres y sobre todo nos lleva a tener tener una vida más auténtica, una vida humana.

–¿Tiene futuro la filosofía? La están echando del ámbito académico y esto es grave pero no tanto. Hacen falta personas que piensen teorías profundas, pero también es importante que la filosofía llegue a la gente y parece que a medida que la echan de los institutos y de la universidad se está abriendo a la calle, a la gente.

–¿Aún quiere ser sabio de mayor? Sí. Sigo sin entender bien qué quiere decir ser sabio, pero ahora tengo buenos modelos, como Sócrates o Gandhi.

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