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GENTE CORRIENTE

Sergio Legaz: «Apagué el móvil y recuperé mi identidad»

Este librero se ha convertido en un activista contra la tiranía de los 'smartphones' y la adicción a las pantallas

Juan Fernández

Sergio Legaz: «Apagué el móvil y recuperé mi identidad»

JORDI COTRINA

Un buen día, Sergio Legaz –librero nacido en Madrid en 1982 y residente en Barcelona desde hace cinco años– subió al metro y se quedó helado al ver a todos los viajeros con la cabeza agachada en el móvil, «como sometidos por un ser superior». Él mismo había viajado así, pero ese día tuvo una revelación: ya no quería seguir siendo un «esclavo de la pantalla», y no solo iba a cambiar su relación con su smartphone, sino que compartiría su experiencia con todo el mundo. Su libro Sal de la máquina (Libros en acción) es un sos analógico en plena era digital.

–¿Qué lleva a un librero como usted a convertirse en activista contra los móviles? Tiene mucho que ver con mi profesión y amor por la lectura. Era un usuario normal de pantallas, pero empecé a notar que cada vez me costaba más concentrarme en los libros, me sentía abotargado, incapaz de leer textos largos. Lo comenté con amigos y descubrí que no era el único que lo sufría.

–¿La culpa era de las pantallas? Lo comprobé cuando me desenganché. Los smartphones nos incitan a consumir información en pequeñas dosis saltando de un enlace a otro, de un mensaje a otro, de un contenido multimedia al siguiente, sin tiempo para asimilar lo que vemos. Al final, tu mente se habitúa a ese ritmo trepidante y cuando le pides calma o necesitas concéntrate, no puedes.

–¿Cómo se desenganchó? Al principio sentí estrés y ansiedad. Me había acostumbrado a estar todo el rato mirando mensajes, vídeos y noticias y de pronto vi que no podía parar de hacerlo. Cuando vencí esa barrera noté un gran descanso. Mi mente se relajó, mi capacidad de concentración mejoró y lo más importante: sentí que recuperaba mi identidad.

–¿Su identidad? Lo peor de la adicción a los móviles es que nos priva de estar con nosotros mismos. ¿Dónde han ido todos aquellos ratos que pasábamos en silencio mirando el paisaje, dándole vueltas a nuestras ensoñaciones o con la mente en blanco? Todo eso forma parte de la condición humana, desde siempre, es nuestro ser más íntimo. Hemos sustituido nuestra identidad mental por el consumo sin freno de contenidos multimedia fugaces e inservibles.

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–En su libro también ofrece algunos consejos prácticos. Esto es muy personal, cada uno debe seguir su camino, pero animo a que prueben a apagar el móvil desde la hora de la cena al desayuno y que disfruten de las últimas horas del día tranquilamente. Y desactiven las notificaciones del WhatsApp. Sean ustedes los que entran en la aplicación cuando quieren, no al revés. Eviten usar el smartphone como despertador, así no tendrán la tentación de mirar los mensajes cuando abran los ojos.

–Hay quien necesita usar el móvil intensamente por motivos laborales. Entonces separen el uso profesional del lúdico y personal. Aquel está justificado en las horas de trabajo, pero este puede acabar hipnotizándonos. No lo permitamos. 

–¿Qué hacemos con los menores? Atrévase a prohibirle el móvil a un adolescente. Prohibir nunca es la solución. Hay que reflexionar con ellos, no imponer. Mostrémosles las experiencias que tuvimos cuando fuimos adolescentes y no había móviles. Aburrámonos a su lado y pensemos con ellos cómo podemos divertirnos.

–¿Qué efecto le gustaría que tuviera su alegato? No aspiro a organizar una quema de móviles en la plaza pública ni a volver a las cavernas, sino a que nos hagamos cargo de lo que llevamos en el bolsillo. Reparemos en todos los aspectos de la vida real que hemos perdido por culpa de los móviles y que echamos en falta sin darnos cuenta. Simplemente, pensemos. 

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