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«¡Son granjas ganaderas, no santuarios animales!»

Cristina Clavell es payesa, hija y nieta de payeses y está comprometida con la defensa del sector; que, dice, está mal defendido

Mauricio Bernal

«¡Son granjas ganaderas, no santuarios animales!»

ANNA MAS

Está muy, muy lejos de lo que se entiende por políticamente correcto el discurso de Cristina Clavell. Nacida hace 29 años en Llinars del Vallès, forma parte de la última generación de una familia dedicada a las labores del campo. Can Clavell se llama la granja: una pequeña explotación ganadera y agrícola cerca del pueblo. Clavell estudia Ingeniería Agroalimentaria, y además de la vena campesina tiene una vena política que la ha llevado varias veces a Bruselas a hablar en nombre de Asaja, la Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores de España. Tiene cosas que defender, y las defiende con ardor.

-¿Acoso? ¿Por ser campesina?

-En el colegio. Mis padres hicieron un esfuerzo por enviarme a un colegio privado… Con la mejor de las voluntades, por supuesto, pero yo allí no era como los demás.

-Porque…

-Allí nadie era del campo. Nadie. Además, todos eran ricos y yo no. El fin de semana yo ayudaba en la granja y ellos iban a la discoteca. Me acosaban, llegaba todos los días llorando a casa. Llegué a odiar la ganadería.

-Pero luego se reconcilió.

-En ese colegio duré tres años. Luego me fui. Y un día, cuando tenía 18, por ponerme a hacer algo empecé a ayudar en Asaja. Y allí me di cuenta de que faltaban más agricultores y ganaderos comprometidos políticamente.

-¿Comprometidos políticamente?

-Con la defensa de sus derechos. Y me di cuenta de que yo quería defender todo esto. Y entonces me dije: ¿Voy a defenderlo desde la calle, desde la ciudad? No, para defenderlo, tenía que hacerlo. Tenía que estar en el campo, trabajar en el campo. La vuelta al campo me la dio la política.

-¿No están bien defendidos los derechos de los campesinos?

-No nos quejaríamos tanto si fuera así. Preguntan por qué no hay relevo generacional… Es obvio. Los números no salen.

-Pero usted sigue.

-Yo sigo porque creo y confío en que algún día las cosas van a cambiar. Pero si por alguna razón no puedo ganarme la vida con eso, tenga por seguro que donde quiera que esté tendré mi huerto y mis cabritas.

-¿Qué tiene que cambiar?

-Muchas cosas. Nos hace mucho daño el lobi animalista. Nos tratan como criminales. Exigen que las vacas sean felices y no entienden que una granja es una actividad económica, y que existe para darnos de comer. ¡Las personas tienen que alimentarse!

-¿No se pueden conciliar ambas cosas?

-Mire, la nuestra es una granja familiar y ahí nuestras vacas son felices. Pero incluso en una gran explotación, qué quiere que le diga: la única manera de abaratar costes es yendo a lo grande. ¡Son explotaciones ganaderas, no son santuarios animales! El producto hecho a pequeña escala es caro, y la gente no tiene dinero para pagarlo.

-Envió una carta al diario quejándose de las campañas contra determinados alimentos. Otro problema, entiendo.

-El verdadero problema, ¿sabe cuál es? Que hemos llegado a un punto, aquí en Europa, donde, como ya lo tenemos todo, pues de algo hay que preocuparse. Entonces un día resulta que la carne es mala. Y otro día, la leche es mala. Y otro día quién sabe qué será. ¡Por favor! Cada persona es un mundo, no se puede generalizar. A unos les sientan bien unas cosas que a otros no, pero los alimentos no son malos por sí mismos.

-¿De estos asuntos ha hablado cuando ha ido a Bruselas?

-Hablo de todo lo que haya que hablar. Yo creo que se me da bien, hasta me han dicho que por qué no me quedo allí.

-¿Pero?

-Pero lo mío es el campo.

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