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El despiste se paga caro

La sensación de víctimas y testigos de hurtos de carteristas es que Barcelona es una ciudad segura, pero no se puede bajar la guardia

«A diario vemos a ladrones merodeando y avisamos a los clientes», explica una dependienta del centro

Gemma Varela

Dos agentes de seguridad obligan a bajar del metro a unas carteristas en la estación de Plaça del Centre.

Dos agentes de seguridad obligan a bajar del metro a unas carteristas en la estación de Plaça del Centre. / ALBERT BERTRAN

Hilda Pérez, una mexicana de 36 años nacida en Tijuana, cree que Barcelona es una ciudad segura donde ella una día tuvo mala suerte. «Fui un blanco fácil, andaba distraída y me robaron». Vive en Barcelona desde hace año y medio y una noche, cuando regresaba a su casa por el paseo de Colón a las tres de la madrugada –'smartphone' en mano y enviando mensajes de voz por Whatsapp–, alguien le interceptó el paso y le roció los ojos con un espray de pimienta. Mientras, otra persona, le abrazó por detrás y, tras un corto forcejeo, le quitó el móvil. «En la comisaría me dijeron que este tipo de robos con intimidación no son frecuentes, lo más habitual son los hurtos de carteristas».

RICARD CUGAT

Hilda Pérez, en el paseo Colón de Barcelona.

De hecho, según el ayuntamiento, casi el 90% de las denuncias de la comisaría de la Barceloneta son por hurtos o pérdidas; y el 80%, las interponen personas no residentes en la ciudad. Juanjo, el guarda de seguridad de una de las tiendas con más caché del portal de l’Àngel, lo tiene claro: «Las carteristas van a por los extranjeros». Asegura que en la tienda roban a diario. «Ayer mismo pillamos a dos. Siempre son las mismas y la inmensa mayoría son mujeres. La policía secreta que patrulla en la calle incluso nos avisa cuando entran las ladronas para que las vigilemos». El último intento de hurto fue a un japonés que llevaba 3.000 euros en efectivo. Detuvieron a las ladronas in fraganti, pero no siempre es así. «La impunidad con la que campan es desesperante. Se las llevan esposadas y al cabo de dos horas están aquí otra vez». Según el vigilante, muchos turistas no denuncian y si lo hacen, cuando al cabo de los meses son citados a declarar, no acuden al juicio.

«Hay que estar al 'aguait' y hay gente que va muy despistada», cuenta Maria Solà, la dependienta de una pequeña granja del Gòtic. Explica que en su local apenas roban, pero las carteristas van al baño y se llevan el botín: vacían el monedero y lo dejan en el lavamanos o lo tiran en la cisterna. Solo se llevan el dinero. «Los billetes no tienen nombre, con la documentación es más difícil demostrar que no has robado si te cachea la policía», dice Maria, que insiste en que hay personas que andan demasiado confiadas. «El otro día en un restaurante de plaza de Catalunya, un señor se sentó y dejó la chaqueta en el respaldo de la silla. Cuando se dio cuenta, le habían quitado el móvil del bolsillo», añade. Ruth Álvarez, una dependienta de una tienda de tés de la zona, se suma a la conversación: «Siempre estamos advirtiendo a los clientes y, cuando vemos a las ladronas merodeando, les decimos que controlen sus bolsos».

FERRAN SENDRA

Robert Cros, en la parada de metro de Urquinaona.

La megafonía del metro también avisa a los viajeros de que vigilen sus pertenencias con la habitual advertencia: «Mucho cuidado. El carterista espera una distracción para apropiarse de tus cosas. Vigila lo que es tuyo». A pesar de esto, los hurtos se siguen sucediendo. Robert Cros, un jubilado de 59 años, tomó el metro en Ciutadella-Vila Olímpica un domingo a las seis de la tarde, con el vagón lleno a rebosar. Un clásico. Al llegar a Urquinaona para hacer transbordo, le dieron un empujón para bajar y, sin mediar palabra, estaba «acorralado en un embudo humano». En ese momento, una mano hábil le abrió el bolsillo superior del chaleco y le sustrajo el billetero. Se dio cuenta al pisar el andén. Otro clásico. Llevaba 35 euros y la documentación, que no recuperó.

Marta Torres, una joven de 24 años, presenció un intento de hurto, «por suerte, fallido». Volvía a casa sobre las ocho de la tarde y en la parada de Verdaguer, en la L-4, se produjo una pequeña aglomeración antes de subir las escaleras. «El escenario perfecto para el robo perfecto», según la joven. Dos chicos y una chica –con una chaqueta buen puesta en el antebrazo– «claramente se estaban coordinando» para actuar. La chica se pegó a la víctima, una turista, le abrió la cremallera de la maleta y rebuscó. «Pero no encontró nada, por lo que dio media vuelta y se marchó sin inmutarse».

EL OJO AVIZOR DE LOS PASAJEROS

En otras ocasiones, los pasajeros que intuyen los robos, son quienes los frenan. «En más de una ocasión he advertido al turista feliciano que el chico con gorra y mapa en mano que tiene a su lado no es un visitante como él», explica Joan Rodríguez. El resultado habitual es un cruce de miradas, reproches por fastidiar el golpe y, alguna vez, amenazas desagradables. Para este vecino del Poble Sec, de 35 años, los usuarios del metro sufren la presión de los carteristas todo el año, «pero en verano, con la oleada de turistas, se incrementa de forma alarmante». Además denuncia que actúan con descaro, sin importarles que otros pasajeros les vean. «Esa impunidad lo que les delata, ya que yo no dispongo de un detector de chorizos», añade.

A Carlos Marchal, un universitario de 19 años, no le pillaron distraído, sino desprevenido. Regresaba de Marina con tres amigos, hacia las tres de la madrugada del sábado. La estación estaba llena de gente, ya que es una zona de bares, y en el andén un chico se le acercó y le empujó por el hombro. Carlos dio un paso atrás y el ladrón aprovechó para ponerle la mano en el bolsillo, coger su cartera y echar a correr. «En el otro bolsillo llevaba el 'smartphone', así que eligió mal porqué solo llevaba 30 euros», explica su padre. Carlos y sus amigos salieron tras el ladrón, pero no lograron atraparlo. En la salida, le esperaba un compinche con una bicicleta y huyeron. Al día siguiente, dos agentes fueron a su casa y le devolvieron la cartera. Le habían robado el dinero y la tarjeta de metro, pero pudo recuperar el DNI y la tarjeta de débito, que ya había anulado. La camarera de un bar vio como dos individuos tiraban una cartera en su huida y se la dio a la policía. Todo quedó en un susto con final agridulce, por lo que el padre de Carlos escribió a EL PERIÓDICO una carta de agradecimiento