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«Una campana solo se afina una vez en la vida»

De un campanario a otro, el barcelonés Esteve Ubiñana disfruta de la mejor vista de cada lugar: es recuperador de campanas y campanero

«Una campana solo se afina una vez en la vida»

JULIO CARBO

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Carme Escales
Carme Escales

Periodista

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A la dedicación de Esteve Ubiñana (Barcelona, 1957) se la podría incluir en la lista de trabajos verticales, como la rehabilitación y limpieza de fachadas de edificios. Lo que remonta él son campanarios. Se cerciora de que cada campana mantenga el equilibrio y movimiento idóneos para poder cumplir su función comunicadora. Realiza la itv de las campanas de pueblos y ciudades. En su móvil, Ubiñana va guardando imágenes de todas las que ve y ayuda a arreglar. Hace 30 años que baila con ellas. Se lo sabe todo. 

–Empecemos con algo sobre el origen y la evolución de las campanas. ¿Qué nos dice?

–Parece que las campanas fueron inventadas por los japoneses. Las primeras que se conocen son de porcelana, un tubo tapado por arriba con un asa. Después, en Corea y Vietnam se hicieron campanas de bronce. La campana budista es un tubo delgado y muy decorado. El esquilón o campana gótica va evolucionando hasta que la abren con la forma de falda. La romana es como una olla. Y las modernistas, como la de Tavascan (Pallars Sobirà), van decoradas con flores. 

–A usted, como al médico con el paciente, le informan del historial de cada campana.

–Claro. Por ejemplo, esa de Tavascan es de 1901. Fue fundida en el mismo pueblo, al pie del campanario. Campaneros itinerantes, con un molde, leña y un agujero en la tierra hacían las campanas. Me avisaron de que estaba rota, aunque la seguían tocando, y busqué soldadores por toda Europa, los mejores están en Alemania. Al final se ha optado por construir otra campana del mismo estilo, con las mismas decoraciones que la original. En julio el obispo de La Seu d’Urgell la bendecirá, y después será colocada. La vieja la guardarán en la iglesia.

–Su oficio comporta viajar, el privilegio de subir a esos grandes miradores, los campanarios, y la música que surge de ellos. 

–Sí, a mí me cuesta distinguir un fa de un mi, pero no soy afinador de campanas. La campana es un instrumento musical que solo se afina una vez en la vida. Y es, además, una útil herramienta de comunicación, a menudo desaprovechada. Es una lástima que no se conserve en muchos lugares la tradición ancestral de tocar las campanas para comunicar la llegada del vendedor de pescado, como en Pontós (Alt Empordà); algo más que misas. Siempre se asocia la campana a la iglesia, pero el cura, cuando se vaya, no se la llevará con él. La campana es del pueblo, canta las alegrías y las penas de su gente, les informa.

–¿Y todas tienen nombre?

–Todas. Normalmente son bautizadas con el nombre de los patrones del pueblo, y todas son bendecidas antes de ser colocadas en su lugar. Me gusta porque no hay dos campanas iguales, ni intervención igual. 

–También veo que automatizan campanas y carillones para que suenen con el reloj [www.campanasermec.org].

–Sí, en la de la iglesia de la Concepció de Barcelona (en la foto; Aragó, 299) lo hicimos. El campanario es el primer medio de comunicación a distancia, un elemento de cultura y tradición. Y el reloj siempre funcionaba, día y noche, era una compañía. Los primeros, de una aguja, solo marcaban las horas. 

–Ahora despiertan a turistas quejosos.

–Todo es cuestión de sensibilidades. El reloj se puede utilizar o no, pero tradicionalmente siempre se había usado, el lenguaje de las campanas era muy importante. En Tredòs (Vall d’Aran) soldamos la campana que rompieron los nacionales cuando entraron en el pueblo en la guerra civil, de tanto tocarla. No había vuelto a sonar hasta que la arreglamos. Cuando la volvimos a tocar, hubo algunos vecinos que lloraron.

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–Todo lo que usted no sepa de campanas, ¿dónde se puede consultar?

–De historia, yo siempre pregunto a los monjes de Montserrat, porque yo me limito a prescribir sobre instalaciones.