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GENTE CORRIENTE

Lluís Fisas«Soy hombre de la tierra y los valores familiares»

El payés agroecológico Lluís Fisas recupera hortalizas autóctonas en una finca de Molins de Rei que ya cultivaba su bisabuelo

Olga Merino

Lluís Fisas«Soy hombre de la tierra y los valores familiares»

Nuria Puentes

Las lechugas de la foto casi se habían perdido: el enciam del sucre y la llengua de bou. Lluís Fisas Ollé (Molins de Rei, 1978) es la cuarta generación de agricultores en la finca de Can Fisas, que inauguró el bisabuelo Pere.

—¿Planta vegetales en vías de extinción?
—Recuperamos variedades antiguas y autóctonas gracias al banco de semillas de Les Refardes; otras las intercambio con payeses. Son verduras y hortalizas que la revolución verde de los años 60 había arrinconado.

—¿Por la producción a gran escala?
—Exacto. Para abaratar costes, se apostó por los híbridos productivos, por echar abonos químicos y herbicidas a manta para que las plantas crecieran. Una cadena insostenible.

—Por eso los tomates saben a serrín.
—Y por eso los encontramos durante todo el año. Y por eso muchos payeses de aquí, con pequeñas explotaciones, han tenido que plegar. Y por eso en pleno verano a veces hay que importar tomates de Holanda.

—Un despropósito. ¿Cuándo se pasó usted al cultivo agroecológico?
—En el 2004, cuando falleció mi abuelo. Di un vuelco a estas tres hectáreas y media. 

—¿Qué implicó el cambio?
—Abonamos con estiércol natural, cultivamos al aire libre, no sobreexplotamos la tierra, seguimos el ritmo de las estaciones y no echamos productos químicos de síntesis… Fíjese en esos márgenes de allí, ¿los ve?

—Sí. ¿Qué tienen de especial?
—Ahí tenemos plantas aromáticas —manzanilla, caléndula, alisum— que atraen fauna útil, la que se come las plagas. 

—¿Nos venden la moto con lo ecológico?
—Alguien puede ser que sí. De la misma forma que hay payeses que no tienen el sello   ecológico y confío plenamente en ellos.

—¿Es difícil el combate?
—Nos salvamos porque tenemos un puesto en el mercado de la Concepció, en Barcelona, y no pasamos por intermediarios. Pero los comienzos fueron muy difíciles.

—¿Por qué? Cuente, por favor.
—Imagínese un campo entero de lechugas minadas de pulgón y tener que pasarle el tractor por encima porque son invendibles. Y nada, te dices que no ha salido bien y vuelta a empezar. Hasta que la tierra se reequilibra. Para aprender, hice cursos con la Associació de Defensa Vegetal del Llobregat… Estuve a punto de tirar la toalla. 

—Me lo figuro.
—Me he metido unas panzadas tremendas de trabajar desde los 14 años. 

—La vida en el campo...
—La temporada más dura fue cuando una enfermedad de mi madre coincidió con la crisis económica y tuvimos un cataclismo. Estuvimos a punto de perderlo todo.
 
—Ya pasó, por fortuna. ¿Qué siente cuando se levanta y contempla estos campos?

—Mire, pienso que mi abuelo estaría orgulloso de mí. Yo no he tenido padre, ¿sabe? Mi madre me tuvo soltera, con 17 años.  La mía fue una infancia y adolescencia diferente, pero creo que supe recibir el legado que mis abuelos y bisabuelos me transmitieron. Soy un hombre de amar la tierra y de valores familiares.

—No es mala herencia.
 —Mi abuelo decía que quien siembra recoge; eso se puede aplicar a todos los ámbitos de la vida.
       
—Se le nota a gusto con lo que hace.
—De muy niño, ya ayudaba a colocar la fruta en cajas, con papel blanco de seda, para venderla en el Born. Cuando mi abuelo venía a podar, yo me hacía un arco y unas flechas y correteaba por aquí. Luego, en la adolescencia, protestaba un poco, porque el trabajo en el campo es duro; pero sí, esta es la vida que quiero.