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«Nos falta mucha cultura de vivir en comunidad»

Administradora de fincas, Ruth Arbués aplica criterios éticos ala compleja y a menudo opaca gestión de las comunidades de vecinos

«Nos falta mucha cultura de vivir en comunidad»

JULIO CARBÓ

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Gemma Tramullas
Gemma Tramullas

Periodista

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Las disparatadas situaciones que Ibáñez retrataba en la popular historieta '13 Rue del Percebe' '13 Rue del Percebe'se quedan cortas comparadas con las experiencias que ha acumulado Ruth Arbués a lo largo de 15 años como administradora de fincas. Con el objetivo de mejorar las relaciones vecinales, contribuir a la economía social y sostenible, y ofrecer una gestión transparente, Arbués trabaja ahora en Fem Escala, la primera cooperativa que administra comunidades de vecinos y alquileres.

–No es un oficio muy glamuroso el suyo. A los administradores solo nos llaman cuando hay problemas, no cuando le organizan una fiesta sorpresa a la vecina que cumple 90 años. Todos somos vecinos, pero nos falta mucha cultura democrática y de vivir en comunidad. Si un vecino no opina como tú, le dejas de hablar. ¿Y por qué tiene que ser un drama escoger el color del toldo? 

–Antes de Fem Escala usted trabajó como administradora de fincas durante 15 años. Estaba en el despacho de Víctor Messa, que me enseñó todo lo que sé. He visto de todo, hasta un muerto en un patio de luces. Pero lo peor eran las broncas, que te llamen a las siete de la tarde  porque no pueden ver el fútbol y amenacen con cambiar de administrador si no se lo arreglas ya. Llevaba un ritmo brutal y lo dejé por agotamiento. Me embarqué en un velero de Greenpeace y me saqué un posgrado en proyectos de desarrollo.

–¿Por qué ha vuelto al sector? Me llamaron de la cooperativa Celobert (que junto a Arç impulsa Fem Escala) porque querían montar una administración de fincas ética. Al principio les dije que era una locura, porque las comunidades no son demasiado rentables y hacer las cosas con transparencia cuesta mucho. Pero en un año y medio ya gestionamos 35 comunidades y somos cinco trabajadores.

–¿Qué les diferencia de una administración de fincas tradicional? La mayoría trabaja con una cuenta única, donde se acumulan los alquileres, las provisiones de fondos de las comunidades, las derramas de obras... Todo ese dinero es demasiado tentador. Nosotros tenemos una cuenta para cada comunidad y se puede ver todo el dinero que entra y sale. 

–¿Qué más? Intentamos que los proveedores formen parte de la economía social y sostenible. Hay comunidades que han cambiado el contador de la luz a Som Energia, que para la limpieza contratan a Trèvol (que utiliza productos ecológicos) y algunas reformas se hacen con la fundación Trinijove, que emplea a personas en riesgo de exclusión. 

Todo eso no sale más barato. No, pero te da la satisfacción personal de que estás haciendo las cosas bien. La gente tiene que concienciarse de que hay que pagar otros honorarios, porque no se puede dar un servicio así con lo que se paga habitualmente a los administradores. Así es imposible llegar a todo y por eso la gente está rebotada.

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–¿Qué cambios ha experimentado respecto a su etapa anterior? Las relaciones con los propietarios y los presidentes de las comunidades están basadas en la confianza y eso lo hace todo  más fácil.

–También gestionan alquileres. Ahí tenemos poco margen, pero por ejemplo damos la posibilidad de que el mes que se paga al administrador cuando alquilas un piso se pague a medias entre el propietario y el inquilino. También he visto contratos que obligan a contratar un mantenimiento de caldera y un seguro, a veces con el mismo administrador. Con los precios que se pagan en Barcelona y contratos de solo tres años, ¿esto es necesario? Si estableces una relación de confianza, el inquilino estará más a gusto y cuidará mejor el piso.