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GENTE CORRIENTE

"Una sociedad sana resta renuncias al discapacitado"

Corrector y transcriptor de braille, Francisco Javier Bueno no solo facilita la lectura de libros a invidentes, también les ayuda a coronar cimas

Carme Escales

Hoy domingo, allí donde haga buen tiempo habrá caminos y senderos en ascenso transitados por montañeros. Algunos picos, incluso, se dejarán coronar a pesar de la nieve y el hielo. La naturaleza es un gran mercado de retos en el que cada cual selecciona el suyo. Pero para que algunos puedan tener la opción de elegir uno debe haber alguien a su lado, como Francisco Javier Bueno (Madrid, 1960), que les guíe. Desde el 2003 es coordinador del grupo de montaña de la ONCE en Madrid. Además, instruye a otros para que acompañen a personas invidentes o sordas en el ascenso y salidas a la montaña.
 
–¿Qué fue primero para usted, el mundo de las personas invidentes o la montaña? La montaña. Mi padre debió ser uno de los primeros vecinos del barrio en el que vivimos que tuvo coche. Y todos los fines de semana nos subíamos toda la familia en su 600 –Francisco es el mayor de cinco hermanos– e íbamos a la sierra a pegar cuatro pelotazos. A los 12 años ya me apuntaron al grupo de montaña del colegio.
 
–¿Al mundo de la invidencia cómo llegó? 
Fue al conocer a mi pareja. Ella era transcriptora de música de la ONCE y su padre y sus tíos eran ciegos. Y yo decidí pasar las pruebas para ser transcriptor de braille. Había que ser diplomado, y yo era licenciado en Geografía y Arqueología. También había que teclear bien y saber braille, y yo hice entonces un intensivo y en un par de meses aprendí lo básico para examinarme.

–Y en el grupo de montaña de la ONCE, ¿cuándo se enroló? En el 94. El doctor Carrascosa, que trabajaba en un colegio de niños ciegos, organizaba salidas de senderismo para los menores, unos 18 o 20 que estaban internos en la escuela, y quiso extenderlo a adultos.
 
–¿Cuántos guías acompañantes se precisan en una salida con personas ciegas? Para sacar a los niños, dos videntes por cada niño. En adultos, por lo menos un vidente o dos, o bien un vidente y un deficiente visual. Y empezamos a implicar a amigos, familiares, voluntarios y ciegos adultos para formar el grupo de montaña de la ONCE de Madrid ya con adultos. A finales de los 90 llegamos a ser unas 120 o 130 personas. Programamos una salida al mes. En realidad éramos oficinistas, al fin y al cabo, que nos estábamos especializando.
 
–Ahora es profesor de guiado de ciegos de la Federación Española de Deportes de Ciegos y director docente de los cursos de senderismo y montañismo adaptado y trato con personas ciegas de la Fundación UNED. ¿Qué alumnos tienen? 
Hay extranjeros, argentinos, chilenos..., porque fuera de España no existe esta disciplina. Son tres cursos abiertos a todo el mundo. Hay dueños de casas de turismo rural que quieren ampliar su oferta y perfil de cliente, monitores o guías de montaña.
 
–Hablamos, pues, de la única certificación del mundo para acompañar a personas invidentes a la montaña. Sí, y en junio haremos la primera expedición docente de montañismo para ciegos de la historia. Iremos a los Alpes escandinavos, en Noruega, profesores del curso superior, alumnos, entre ellos un ciego total, 13 voluntarios veteranos del grupo de la ONCE, entre ellos cuatro ciegos totales, y tres profesionales de una agencia de viajes.
 
–¿Qué percibe de una persona invidente al haber podido llegar a la cima? Lo expresó muy bien una ingeniera forestal que perdió la vista por una enfermedad degenerativa. A los 50 años, al realizar ascensos con nosotros, dijo haberse quitado de encima la pesada losa de acumular renuncias.
 
–Esas losas ¿las pone la propia persona o las ponemos toda la sociedad? Entre todos, personas y entorno. Una sociedad sana tiene la obligación de restar, recortar renuncias al discapacitado. 

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