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Gente corriente

«No soy la típica mujer bonita en el trapecio»

Griselda Juncà, 'poecista' y licenciada en Humanidades y Teoría de la Literatura, ha creado un número de trapecio que es pura poesía

Gemma Tramullas

Griselda Juncà muestra sus habilidades artísticas. / JOAN CORTADELLAS / VÍDEO: YOUTUBE

En lugar de la habitación propia que Virginia Woolf reclamaba para las mujeres que querían escribir, Griselda Juncà (Sant Feliu Sasserra, 1982) ha encontrado un trapecio propio desde el cual expresarse. Esta poecista (de poeta y trapecista) es una de las artistas de Invisibles, el 21º espectáculo del Circ d’Hivern del Ateneu Popular 9Barris que puede verse hasta el 22 de enero en Barcelona.

–Estudió Humanidades y Teoría de la Literatura. No es un perfil habitual en el circo. Mi abuela, mi madre y mi tía son grandes lectoras y fans de Jane Austen y las hermanas Brönte. Ellas me transmitieron la pasión por la literatura. Siempre agradecí ese espacio de lectura individual y silencioso, porque yo era una niña muy hiperactiva. 

–Tan hiperactiva que la pusieron a correr. Vivía en Sant Feliu Sasserra, un pueblo del Lluçanès que entonces estaba muy aislado y lo único que había para responder a mi pulsión física eran las carreras populares. Hasta los 20 años fui atleta.

–Corría los 400 y 800 metros lisos y fue subcampeona de España júnior, pero lo dejó. Soy muy curiosa y apasionada y necesitaba hacer una cosa que, además de moverme, me permitiera comunicar algo. Un día fui a una clase de yoga y vi un trapecio en otra sala: «¡Yo quiero estar ahí arriba!», pensé. Fui a ver el espectáculo Rodó en el Ateneu 9Barris –en el que justamente actuaba Joan Ramon Graell, que ahora dirige Invisibles junto con Joan Arqué– y decidí dedicarme al circo.

–Estudió en la Escola de Circ Rogelio Rivel y después trapecio en Londres. Ni las Humanidades ni el circo son cosas que se suelan recomendar para ganarse la vida. No me gusta esta frase de «ganarse la vida»; la vida no se gana, se tiene. Nunca he pensado con qué me voy a ganar la vida, sino qué me gusta hacer.
 
–¿Qué hay de literario en su manera de hacer trapecio? Siempre me ha gustado la obra de poetas suicidas como Alejandra Pizarnik y Sylvia Plath y supongo que eso me sale sin querer. Me atrae su fragilidad tan fuerte, ese estar en el abismo, ese no poder vivir dentro de ti, ese me duele el mundo. Pizarnik escribe: «Me siento como danzando al filo de un cuchillo». La poesía crea estas imágenes con palabras, pero el circo las tiene de verdad.  

–El trapecio como metáfora de la vida. El trapecio es un elemento duro, muy doloroso, y las trapecistas vamos llenas de heridas que no quiero disimular. Mi trabajo parte de mi experiencia como mujer, bebe de todas las mujeres y tiene que ver con un amor hacia nosotras mismas. No soy la típica mujer bonita en el trapecio. Allí arriba lo importante no es lo que pareces, sino lo que transmites. 

–Su número de trapecio en Invisibles transmite dolor. Es un grito de denuncia ante la absurdidad del mundo. Al principio se nos planteó que habláramos de los refugiados, pero el tema me iba grande. Si algo no lo vives en carne propia, por mucho que opines sigues sin tener ni idea. La vida es huida y es cambio y nos pareció que una manera de acercarnos con sinceridad al tema era buscar de qué huimos cada uno de nosotros.

–¿Y de qué huye usted? De las máscaras intelectuales, de los eslóganes y de los estereotipos. Huyo de un mundo que no entiendo e intento ir a la esencia, que es uno mismo. En el circo no puedes ocultar quién eres, porque cuando juegas con la poética del riesgo es mejor que seas tú mismo.

–¿Hacer circo es huir del sistema? El circo siempre ha estado fuera del sistema, es una forma de vida donde he encontrado libertad y solidaridad. Yo no salvo vidas, pero intento que lo que hago sea coherente con lo que pienso y lo que siento. Quizá si sumáramos todas nuestras microcoherencias lograríamos cambiar algo.