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GENTE CORRIENTE

Francesc Segú: «El intercambio con los colegas resulta básico»

Químico y editor, Francesc Segú lleva casi 20 años con un corazón trasplantado. Una inyección vitalista para arrancar el año

Olga Merino

Francesc Segú: «El intercambio con los colegas resulta básico»

FERRAN NADEU

El entrevistado y su esposa, Lola, celebran la fecha del trasplante, el 6 de agosto de 1998, como si fuera un cumpleaños. Francesc Segú Melis (Barcelona, 1948) era dueño de una pequeña empresa química y de una editorial, pero tuvo que dejarlo todo.

–Me habían operado de un trombo en la cabeza cuando, poco después, sufrí un infarto, cuyo tratamiento era incompatible con lo anterior. Me estaba muriendo.

–Pero el corazón llegó a tiempo. Fue de 24 horas. Era muy difícil conseguir un corazón de mi grupo sanguíneo y, además, de mi tamaño, ya que entonces pesaba 130 kilos. Me intervino, en el Hospital de Bellvitge, el equipo del doctor Nicolás Manito.

–Lleva casi 20 años con el regalo. Es bastante, sí. El promedio de supervivencia en los cardiacos está en torno a los 12 años, y soy consciente de que vivo como en una prórroga. Un año más, ¡fantástico!

–También es inevitable la cuenta atrás. Pero, mire, si después de todo lo que me ha pasado, estoy a punto de cumplir los 70 años, ¿qué más puedo pedir? Soy feliz aunque algunos días me enfade.

–¿Pero qué le había pasado? Llevaba mala vida. Fumaba, bebía, comía… Era un bandido total. Piense que fue en el hospital donde probé las acelgas por primera vez. Aparte, la carga genética: mi padre sufrió 12 infartos durante su vida. 

–¿Llegó a saber algo del donante? Tienen prohibido decirlo, y a mí me parece bien. Para evitar que se creen dependencias y vínculos extraños. Solo sé que es un corazón joven, a resultas de un accidente.

–Lleva un órgano ajeno. ¿Se olvida? Yo hace mucho que me he olvidado. Bueno, olvidar, ya me entiende… Hago vida normal, cojo el coche, el avión, voy a donde sea… Son muy importantes los colegas.

–Por el apoyo mutuo, ¿no? En Bellvitge, los pacientes formamos la asociación Corsnous (www.corsnous.org), y creo que desempeñamos un papel fundamental. Lo que dicen los médicos y las analíticas está muy bien, pero el testimonio de quien lo ha vivido en primera persona… Sales acojonado del quirófano.

–No me extraña. El otro día, en la asociación, estuvimos charlando con un chaval recién trasplantado, y el chico nos miraba a los veteranos sin acabar de creérselo: no solo no te mueres tras la operación, sino que hay risas. Aparte de la rehabilitación cardiaca, el intercambio de experiencias entre los colegas es básico. También la familia y los amigos: yo estuve cada día acompañado.

–¿Secuelas? Tomo diariamente 32 pastillas, entre ellas los inmunodepresores. Por necesidad, he de estar bajo de defensas, y virus que pasa, virus que cojo. El problema con los trasplantados es que no se produzca rechazo… Me gustaría también resaltar el papel de la Seguridad Social.

–Por supuesto. Si viviera en EEUU, habría tenido que vender casa y coche. Todo. El coste de mi medicación sería de 600.000 euros anuales.

–Parece usted muy vitalista. Eso ayuda. Sí. Algunas personas tienden a amargarse. Si me pide una reflexión, le diría que hay que mirar siempre hacia adelante, nunca hacia atrás. Eso es algo que también se transmite a la gente que te rodea.

–¿Qué le pide al 2017? Soy un hombre de izquierdas y querría una sociedad más justa y más sana, en vez de este lumpen capitalismo. Seguiremos luchando. Aquí, en Catalunya, también;  hay una juventud muy prometedora. En lo personal, sigo cruzando los dedos.

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