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EL RADAR

80º aniversario del 18 de julio: La memoria, siempre

Es necesario recordar, reconocer y reparar a las víctimas para relegar el franquismo al olvido

Joan Cañete Bayle

Cientos de exiliados cruzan la frontera por El Pertús (Francia).

Cientos de exiliados cruzan la frontera por El Pertús (Francia).

Durante toda la semana hemos recibido llamadas y cartas de agradecimiento por el despliegue en la edición impresa y digital que EL PERIÓDICO efectuó el pasado 18 de julio con motivo del 80º aniversario del Golpe de Estado que dio origen a la Guerra Civil."Gracias a EL PERIÓDICO por recordarnos los 80 años del inicio de la Guerra Civil. Agradecido por hacerme revivir a mi padre, Juan Martínez, con la máxima intensidad", escribió Juan Pedro Martínez, de Barcelona. Nos dan las gracias, pues, por haber hecho un ejercicio de memoria.

El periodismo de aniversarios tiene muchos detractores. Son muchos los lectores y periodistas que reniegan de estos grandes despliegues que conmemoran una efeméride como un ejercicio casi anti-periodístico (hay pocas cosas por definición tan poco noticiosas como un aniversario). En cambio, a los medios les suele gustar este tipo de despliegues. Sin embargo, en el caso del 80º aniversario de la Guerra Civil, EL PERIÓDICO se quedó casi solo en el kiosko y en la web en su recuerdo de lo que la propaganda fascista llamó "el Glorioso Alzamiento Nacional". Raro, visto como muchos medios informan de aniversarios que nos caen mucho más lejanos, como las muertes de líderes de otros países o batallas en las que España no participó.

HERIDAS SIN CICATRIZAR

Esta incomparecencia informativa unida a los agradecimientos por parte de tantos lectores constituyen por sí mismas un reflejo de hasta qué punto las heridas que empezaron a abrirse el 18 de julio de 1936 (por poner una fecha redonda) siguen sin cicatrizar. El silencio de muchos medios se explica por el mismo motivo que aún hay calles en España en cuyo nomenclátor aparece 18 de Julio, y se nutre de la mezcla de miedo, complejos y olvido voluntario que hacen posible que los cadáveres de miles de personas sigan enterrados en fosas comunes en los arcenes del país.

La memoria, en la España del siglo XXI, sigue siendo un asunto peligroso, unas arenas movedizas, un arma arrojadiza, una forma de hacer política. Como todo el mundo sabe, uno de los preceptos que Francisco Franco marcó a fuego en la psique española durante sus 40 años de dictadura es que es mejor no meterse en política. Lo dicen las abuelas que canturrean canciones republicanas pero que aún hoy tiemblan cuando escuchan la palabra huelga general o cuando sus nietos se van de manifestaciones; lo dicen los alcaldes que se resisten a desmantelar los monumentos y referencias franquistas en sus localidades (no hay que politizar la memoria ni las víctimas, argumentan); lo dicen los cuñados de más edad cuando las discusiones sobre política en la sobremesa se acaloran más de lo que toca.

LA MEMORIA

La memoria parece que queme. La memoria parece que duela. La memoria parece que divida. Cualquiera diría, por cómo la tratamos, que fue la memoria la que se alzó contra la legalidad republicana el 18 de julio de 1936.

"Seguimos sin señalizar dignamente las fosas comunes, sin abrirlas, sin dar sepultura correcta a miles de conciudadanos, sin crear un banco de ADN que permita identificarlos, sin que los ayuntamientos democráticos realicen el listado de víctimas de cada municipio. Dignificar a las víctimas no debería ser sólo tarea de ONGs memorialistas, sino de todas las instituciones que se dicen demócratas", escribe con toda la razón Julián López, de Barcelona.

Porque este temor a afrontar la memoria implica una enorme injusticia con las víctimas y sus familiares que ya hace 40 años que dura, la vida de la democracia. Es necesario recordar, reconocer y reparar a las víctimas para poder olvidar, para poder mandar al baúl de los malos recuerdos a la guerra y al franquismo. Hasta entonces, el olvido no es pragmatismo, es una injusticia."Mi emoción, mi gratitud y mi memoria, siempre mi memoria", homenajea a las víctimas en su carta Juan Pedro Martínez.

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