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EL RADAR

Redes sociales: postureo contra el postureo

Las redes no son la sociedad, pero sí son un reflejo de ella. Si no nos gusta ese reflejo, arremeter contra ellas es tan fatuo como romper el espejo

Joan Cañete Bayle

 Un usuario consulta sus aplicaciones de redes sociales, en el móvil y en la tablet.

 Un usuario consulta sus aplicaciones de redes sociales, en el móvil y en la tablet. / JULIO CARBÓ

En estos tiempos, se lleva el postureo, es una evidencia. Para comprobarlo solo hace falta echar un vistazo a las redes sociales, donde es sencillo encontrar “incontables fotos de comidas en la playa, de piernas aguantando un libro como saludo de buenas noches, de espaldas ante monumentos conocidos, de mesas de estudio con su ordenador, agenda, apuntes y café, de manos agarrando un billete de avión…”, que escribe Mònica Gelabert, de Barcelona, en una carta que publicó en Entre Todos y que incluye esta confesión: “La mayoría de jóvenes han compartido todas o la mayoría de fotos que acabo de nombrar, incluida yo”.

Pero como todo efecto suele tener su reacción, al omnipresente postureo le ha surgido un discurso anti-postureoEstefanía González, de Mollet del Vallès, escribía, mordaz: “Son personas que en sus redes sociales son súper felices, tienen una gran vida junto a su pareja o familia, viajan por todo el mundo, comen en los mejores restaurantes y llevan la mejor ropa. Demuestran el amor por su pareja a los cuatro vientos, 24 horas al día, y sus vidas parecen salidas de la revista Casa y Jardín. Algunas mujeres parece que viven permanentemente en la serie ‘Sexo en Nueva York’, ropa, tratamientos, peluquerías y grandes fiestas. Los hombres, siempre de fiesta en las mejores discotecas, chicas, ropa y fotografías en el gimnasio. Eso es lo que yo llamo postureo enfermizo. Este tipo de gente solo vive para las redes sociales. Luego puedes verlos en la calle y son como tú, personas normales, con sus trabajos normales”.

Sonrisas y selfis

Tan potente es el discurso anti-postureo que si es difícil encontrar a alguien que no haya postureado en las redes, también lo es dar con quien no haya criticado el postureo en particular y los perniciosos efectos de las redes sociales en general“Estoy cansado de no poder mantener una conversación normal  por teléfono. Me he dado cuenta de que se está perdiendo el calor del contacto humano. Estamos automatizados, funcionamos como robots” (Marcos Vallecillo, Barcelona); “El lenguaje verbal y no verbal, el contacto físico y visual “in situ” están en guerra abierta contra el mensaje textual, el emoticono y el selfi. ¿Cómo arbitrar y gestionar este inevitable conflicto?” (Daniel Cullell, Premià de Mar). El de las redes empieza a ser un ejemplo claro en el que acción y palabra no van de la mano. A pesar de que hay legiones de personas que usan las redes y posturean en ellas, es muy difícil encontrar a quien defienda en la conversación pública el postureo y las propias redes. Podríamos hablar, pues, de un postureo anti-postureo.

De hacer caso a la conversación pública, se diría que todo el mundo prefiere quedar en bares con los amigos a compartir fotos en Facebook; que son mayoría a los que les gusta conversar en una larga sobremesa sin que se les pase por la cabeza consultar ni una sola vez el móvil; que socialmente somos conscientes de que un ‘trending topic’ en las redes sociales no es una opinión mayoritaria en la sociedad; que usamos el Whatsapp como mal menor, porque no tenemos más remedio, porque si lo usan los otros tenemos que hacerlo nosotros, pero que si por nosotros fuera no lo haríamos. A nadie parece gustarle los grupos de Whatsapp pero es difícil encontrar a alguien que no pertenezca a uno. Un grupo que arrasaría sería el de 'haters' de los grupos.

La invasión de los imbéciles

Vivamos. Pero no a través de dispositivos electrónicos, sino con momentos, con risas y valorando lo que tenemos. Si hemos que salir a algún lugar importante, dejemos el teléfono móvil en casa y establezcamos conversaciones con los demás, no tecleando sino con palabras. Si vamos a la montaña o a la playa o simplemente a la casa del vecino, no nos hagamos fotos por postureo, disfrutemos del momento, porque así, es como se construye una buena sociedad, siendo nosotros mismos y no lo que aparentamos ser”, pide en su carta Marta Contreras, de Gavà. Con su innegable autoridad intelectual, el filósofo Umberto Eco lo dijo así: "Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. (...) Ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles". Fueron muchos los que retuitearon o clickaron Me Gusta a su frase.

Las redes son, nada más y nada menos, que una conversación en un bar, en el barbero o en la peluquería, un ágora en la que algunos conversan y muchos gritan. Pero incluso los premios Nobel de vez en cuando van al bar, se toman un café y entablan conversación con el resto de parroquianos. Es cierto que las redes sociales no son esa herramienta de democratización  de la información, la comunicación y la vida política que vendieron y siguen vendiendo los gurús y vendedores del humo. Las redes no son la sociedad, pero sí son un reflejo de ella. Si no nos gusta ese reflejo, arremeter solo contra ellas es algo tan viejo como cargar contra el mensajero y tan fatuo como romper el espejo. Aparentar por encima de las posibilidades no es un invento de las redes sociales. La mala educación en la mesa, tampoco. Los impuntuales y los malquedas ya existían antes de que un whatsapp les diera una supuesta cobertura moral, y los corazones ya se rompían por teléfono, con mensajes, con notas o por pura incomparecencia antes de hacerlo con un emoticono con (falsa) cara de pena. Si somos sabios, imbéciles, (mal)educados, buenos o malos periodistas, apocalípticos, integrados o ‘postureo-victims’, las redes no nos han hecho así, solo transmiten el mensaje.

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