futuro profesional incierto

Jóvenes bajo presión

El discurso social ofrece a la juventud solo dos salidas a la crisis: emigrar o emprender

Aquellos que se quedan se sienten responsabilizados de la precariedad que les azota

Cuatro jóvenes explican su situación actual y su lucha por conseguir un empleo con las actuales ayudas del Gobierno. / ROCA / VILA / SENDRA / TUDELA

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EROS LÓPEZ / BARCELONA

Emprender. Reinventarse. Buscar nuevos horizontes, en el extranjero. A falta de otras, estas son las opciones que un poderoso discurso público -con la complicidad, cuando no el impulso, del Gobierno- ofrece a la llamada generación de jóvenes mejor preparada de la historia de España para que se busquen las oportunidades que el contexto económico les niega. Opciones con una desmesurada buena prensa, que destaca las ventajas (que las hay, y muchas, en el ámbito de la formación personal) pero obvia los riesgos y menosprecia los inconvenientes, que presiona y que de algún modo responsabiliza de su precaria situación a aquellos que no toman esos caminos. Así, «el paro juvenil se acaba concibiendo  no como un drama social, sino como el problema de alguien que no sabe buscar, que no quiere trabajar», dice el sociólogo Juan Antonio Santos.

«Parece que si no tienes trabajo aquí no eres lo bastante bueno, y si no te vas tampoco lo eres», explica Raquel Llàcer (22 años, de Esparreguera, estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas en la Universitat Pompeu Fabra), quien pese a todo, y como tantos otros, está decidida a quedarse y tratar de ganarse la vida en lo suyo y reivindica su derecho a ello. Lleva en activo desde el verano en que cumplió 16: empezó dando clases de repaso, trabajó en una tienda de comida preparada hasta que empezó la universidad, y luego ejerció de maestra de inglés. Ahora hace las prácticas en una agencia de publicidad. Siempre ha tenido la suerte de encontrar trabajo, quizá por ello es optimista y el panorama no la asusta: «Es una oportunidad, no una debilidad de la que huir».

Las cifras son tozudas. Más de la mitad de los jóvenes (52,39%) seguían sin empleo según la Encuesta de Población Activa (EPA) del tercer trimestre, más que doblando la tasa general. En noviembre bajó ligeramente el índice de paro, pero más del 90% de los contratos registrados eran temporales. Y de la rotunda minoría de indefinidos, casi la mitad (43,5%) eran a tiempo parcial. Con tal precariedad, muchos son los jóvenes que acaban optando por marcharse al extranjero o emprender un negocio. La primera opción, que exige menos liquidez, tiene mayor aceptación. Prueba de ello son los datos del INE, que revelan que entre el 2007 y junio del 2014 se ha ido medio millón de jóvenes (486.387), el grueso de ellos a partir del 2012.

EL MENSAJE DEL GOBIERNO 

A estos datos objetivos se suma el empujón del discurso público. Sandra Bravo, asesora de comunicación política, identifica su origen en el mensaje emitido por el Gobierno, que «dice que el futuro no está aquí, sino fuera». Este alegato se utiliza «para minimizar el problema y dar la impresión de que se ofrecen soluciones, con un lenguaje abstracto y eufemístico que oculta su incapacidad», afirma. Valga como ejemplo la famosa «movilidad exterior» a la que se refirió la ministra de Trabajo, Fátima Báñez, hablando de los jóvenes emigrantes.

Un discurso mil veces repetido acaba inmunizando a la población e interpretándose como cierto, y la víctima pasa a ser señalada como culpable. Así, se asocia la carrera laboral de cada joven a una decisión personal, tomada libremente, sin que las circunstancias propiciadas por la debacle económica de los últimos años tengan nada que ver. Aunque la cosa viene de más lejos, porque «el sistema lleva décadas excluyendo a los jóvenes de un lugar protagonista en la sociedad», afirma Santos, profesor de Sociología y Antropología Social de la Universidad de Valencia y especialista en sociología del trabajo. «El destino de la nueva generación que ha acabado sus estudios o se está formando no es ya ser mano de obra cualificada para ser contratada por una empresa, sino convertirse en un capitalista de sí mismo que ofrece un servicio», añade. Se refiere a un proceso de individualización y responsabilización de los jóvenes, que se corresponde con el riesgo y la incertidumbre que se desprende de la nueva concepción del trabajador como capital humano. Y nada más que eso.

DESESPERANZA 

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Partiendo de esta idea la presión se traslada al joven, que hasta ahora creía que las decisiones que tomaba en todas sus esferas vitales tenían una repercusión directa sobre sus éxitos y fracasos. Pero no es exactamente así. «Estudiar una carrera era sinónimo de tener un trabajo y esto se ha roto. Hay una gran frustración por este gran engaño», sostiene Héctor Saz, presidente del Consejo de la Juventud de España. A raíz de estas expectativas irreales, la desesperanza se ha apoderado de los jóvenes. Un desaliento que puede ir acompañado de desconfianza hacia ellos mismos y que a la larga puede suponer una pérdida del valor de la cultura del esfuerzo, pues este no se ve recompensado en todos los casos.

La precariedad laboral repercute en los hábitos juveniles: la escasez de ingresos dificulta el desarrollo autónomo y esta carencia de libertad, evidenciada con una edad media de emancipación que se sitúa ya entre los 28 y los 29 años, genera dependencia de los padres. Saz pide medidas que tengan en consideración a la juventud. «Hay dos formas de salir de la crisis:  con o sin los jóvenes, y si se opta por la primera se arrastrará una tasa de desempleo crónico», concluye. Raquel Llàcer lo tiene claro: «Si todos nos fuéramos estaríamos muchísimo peor».