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LAS PLAYAS DE LOS LECTORES

Un mundo bajo el mar

MARC ESPÍN
L'AMETLLA DE MAR

Sant Jordi son dos mundos paralelos, el evidente y el oculto, el superficial y el submarino. En la superficie, Sant Jordi es un claro de arena fina y luminosa rodeado de pinos que se abre al mar entre dos promontorios. Es la playita a la que venía diariamente, hace 36 años, Ramón Borrell con su mujer y los niños. Veraneaban en L'Ametlla de Mar. Un vecino del pueblo les habló de esta cala virgen a la que se accedía por un camino de carros. Tanto se prendaron del lugar que han seguido viniendo después de que los hijos se descolgaran de las vacaciones familiares. A la playa no le falta hoy ningún servicio y se puede aparcar a dos pasos de la arena.

El mundo oculto de Sant Jordi, el submarino, siempre ha sido el preferido de Ramón, que solo salía de debajo de la sombrilla para tirarse al agua. No aguantaba el sol. En cambio, se ponía la máscara y el tubo y se pegaba horas observando las profundidades hasta abrasarse la espalda. Bajaba a pulmón hasta los recovecos de las rocas donde habitan las desafiantes morenas y cogía pulpos, sepias, ostras y caixetes, un molusco que ya no se deja ver, no solo en Sant Jordi, sino en todo el Mediterráneo.

Sobre el macizo que cierra la cala por el sur, junto al castillo medieval de Sant Jordi d'Alfama, dos jóvenes emprendedoras -licenciadas en biología y ciencias del mar- han instalado una cabaña en la que ofrecen salidas guiadas de buceo con tubo. Pese a la contaminación y la sobrepesca, las familias que contratan sus servicios aún pueden ver los impresionantes jardines de posidonia oceánica, que son un indicador natural de la calidad del mar y albergan gran cantidad de vida. Además, sigue habiendo estrellas azuladas, pulpos roqueros, cabrachos crestados o peces curiosos, como las doncellas, que a cierta edad cambian de sexo y color.

Aunque el entorno superficial y submarino de esta playa de la Costa Daurada conserva gran parte de su atractivo original, las cosas han cambiado. El tiempo no pasa en balde. Tampoco para Ramón, que perdió capacidad respiratoria por una operación de pulmón. Así que, cuando regresa a Sant Jordi y sale de la sombrilla para meterse en el agua, ya no se sumerge hasta donde lo desafiaban las morenas, pero se pone las gafas y cotillea un rato desde la superficie, a medio camino entre los dos fascinantes mundos paralelos.

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