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POLÍTICOS Y REDES SOCIALES

Enric Marín: "La red debe servir para que la sociedad se exprese más y los políticos escuchen más"

INMA SANTOS HERRERA / Barcelona

Enric Marín, periodista y profesor de Comunicación.

Enric Marín, periodista y profesor de Comunicación. / JOAN CORTADELLAS

Profesor de Comunicación de la Universitat Autònoma de Barcelona y periodista, Enric Marín participa en el debate abierto por EL PERIÓDICO sobre la relación entre políticos y redes sociales y muestra su escepticismo ante el anuncio del ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, de que el Gobierno perseguirá la "incitación al odio" a raíz de las reacciones al asesinato de la presidenta de la Diputación de LeónIsabel Carrasco.

–¿Qué le parece la intención del Gobierno de castigar los comentarios ofensivos en las redes sociales?

–Es propia de alguien que tiene una cultura autoritaria y que no conoce la lógica del funcionamento de las comunicaciones electrónicas en red. La cultura política de la derecha española se ha ido configurando como una mezcla un poco extraña de neofalangismo y neoliberalismo; a veces gana la pulsión neoliberal y en otras se impone más bien la pulsión neofalangista, autoritaria, controladora. En el campo de la comunicación es muy evidente, porque el PP se ha negado de forma reiterada e incluso ha votado en contra en Europa de la regulación del sector audiovisual por autoridades independientes, tal como funciona en Francia, en el Reino Unido y en todos los países de tradición democrática consolidada. No tenemos un Consejo del Audiovisual español, no existe. En parte por la teoría de que eso se regula solo. En Europa se quedaron solos votando con la extrema derecha y al revés que la mayoría del propio Partido Popular Europeo en contra de una propuesta para que los países europeos consolidaran sistemas audiovisuales públicos independientes, establecieran autoridades públicas del audiovisual, etc. Pero después, en cambio, en las redes de comunicación electrónica, que en realidad funcionan con una lógica de espacio público, resulta que quieren establecer mecanismos de censura. No se acaba de entender, la verdad.

–¿Es necesario un mayor control de lo que se dice en internet?

–Del mismo modo que el correo electrónico es correo, lo que se dice en la red es como si se dijera en la calle, en un espacio público, una ágora, solo que por vía electrónica. Por tanto el tipo de restricciones –a la expresión de opiniones xenófobas, por ejemplo– debe ser el mismo que se aplica en la calle. No creo necesario elaborar una regulación específica. Si están tan preocupados por la incitación al odio, lo que hay que controlar no son las opiniones libres de los ciudadanos, sean en la calle o via Twitter. Donde hay una incitación real a la violencia y la xenofobia es en canales televisivos y emisoras de radio que se saltan todas las normas del respeto a la diversidad, de la credibilidad de la información… y eso parece que no importa a nadie. En cambio, en algo que por su propia definición funciona como la expresión individual a través de la red, ahí sí que ahora resulta que hay que crear mecanismos de control y censura. Es evidente que si alguien hace un uso delictivo de la red hay que aplicarle la ley, pero eso no quiere decir que hagan falta esos mecanismos específicos. No lo entiendo. Creo que cuando dicen estas cosas están un poco fuera del mundo.

–¿Los políticos són reticentes a aceptar las criticas que les hacen los ciudadanos a través de las redes sociales?

–No lo sé. De lo que sí estoy convencido es de que la crisis de la política es en parte una crisis de distancia entre administradores y administrados. El modelo político que funciona hoy entre nosotros responde aún a la lógica de la comunicación de masas, y debería evolucionar de modo que se adecue mucho más al nuevo ecosistema de comunicación, cada vez más dominado por la lógica de las redes. Es evidente que la comunicación electrónica en red tiene algunos inconvenientes, algunas amenazas, algunos peligros; como los tienen los medios de comunicación convencionales. Por tanto, debe haber un cierto marco de regulación social; pero o la política se adapta a estas nuevas formas de comunicación o cada vez estará más distanciada de la ciudadanía y, por tanto, será cada vez más ineficiente en cuanto a los mecanismos de participación para la resolución de los problemas y para el debate público y la creación de opinión pública. Los políticos se equivocarían mucho si no entienden que la revitalitzación de la política pasa por incorporar estas nuevas formas de comunicación al debate público.

–¿Estamos lejos de ello todavía?

–Sí. Por una parte, es cierto que muchas veces las comunicaciones electrónicas en red se hacen desde el anonimato, y eso provoca que haya expresiones muy desagradables. Por otra, es muy difícil romper con las inercias de la relación entre la ciudadanía y los políticos a partir de los esquemas preconcebidos o que funcionan desde hace décadas. Hay mucho camino por recorrer para que la política pueda dinamizarse facilitando la participación ciudadana que en estos momentos las nuevas formas de comunicación ya permiten. Aún no hemos hallado el modo de aprovechar todo este caudal de energía social que se canaliza a partir de las redes para que se convierta en fuerza política positiva y enriquezca la política en el sentido más amplio y más noble del término.

–¿Los políticos hacen un buen uso de las redes sociales?

–Aún se mueven en ellas con cierta incomodidad. La tendencia espontánea del político es a mantener el esquema unidireccional de la comunicación política: es el político el que comunica al ciudadano. Lo que no se ha encontrado aún es la manera de transformar un esquema tan vertical, del administrador al administrado, en uno mucho más interactivo, mucho más participativo, equilibrado y horizontal. La dificultad obvia que supone canalizar todo eso, en vez de desanimar, más bien debería llevar a los políticos a atreverse a gestionar la circulación de información y de opinión que permiten las redes. Pero para que eso funcione el político debe atreverse a abandonar su posición de referente que se sitúa por encima del ciudadano. Debe ser más capaz de mezclarse en ese flujo en red de información, de opiniones y de creación de opinión para escuchar más. En definitiva, lo importante es que la política aproveche las posibilidades que ofrecen las comunicaciones electrónicas en red para que la sociedad pueda expresarse más y el político pueda escuchar más. No se trata de que el político explique al ciudadano cómo debe pensar sino más bien de que el político entienda mejor al ciudadano y esté más próximo a sus aspiraciones, sus frustraciones y su voluntad.

–¿Deberían gestionar sus cuentas personalmente?

–No digo que no se pueda tener a una persona que ayude a gestionar según qué cosas, pero esto no se puede delegar. Una cosa es tener apoyo, y otra, delegar la gestión de la propia comunicación a un empleado. Eso no tiene ningún sentido. Pero responde a la idea de que el político tiene que estar opinando constantemente, porque se piensa que la función del liderazgo es arrastrar la opinión de los demás. No administrarla, no interpretarla, sino arrastrarla. Es una perspectiva errónea, del mismo modo que el concepto tradicional de militancia es caduco. El militante no puede ser un señor que recibe órdenes de la dirección leninista del partido; puede tener una vinculación de geometría variable con la organización, y lo que hace básicamente es aportar opinión, conocimiento, elementos de discusión. No es como una catequesis en la que líderes expliquen a los pobres ignorantes militantes de qué va la vida y qué deben hacer. Ese es un concepto de la política que ya no funciona. Aunque con muchas dificultades,  se está acabando el modelo propio de la comunicación de masas, que era mucho más vertical, con partidos mucho más cerrados: de alguna forma, con una concepción leninista que no es exclusiva de los partidos comunistas, sino que es un concepto de partido que ha atravesado toda la lógica política durante todo el siglo XX, el partido como vanguardia que lidera los procesos sociales. Y con unos medios de comunicación de masas que tienen una estructura muy vertical y que sirven como poleas de transmisión para hacer llegar la opinión a la sociedad, los militantes, los votantes, que deben apuntarse a una cosa u otra de forma pasiva, y que han de votar cada cuatro años y ya está. Lo que pasa es que el esquema alternativo no acaba de emerger. Esta es una de las claves de la crisis de la política hoy. Hay otra: el hecho de que vamos hacia estructuras de poder cada vez mayores, más supranacionales, y su difícil convivencia con otras mucho más próximas, mucho más pequeñas. Es evidente que la democracia se organiza mucho mejor en una comunidad de uno, tres o cinco millones de personas que en algo tan grande como Europa. La comunicación electrónica en red debería permitir que las estructuras básicas de toma de decisiones próximas, los países pequeños, las regiones (en un contexto europeo), este tipo de unidades territoriales más pequeñas, desarrollaran formas de decisión política también mucho más próximas, que implicaran más al ciudadano. A partir de ahí sería posible construir esquemas de discusión y de decisión de carácter mucho más amplio que no estuvieran tan separados del ciudadano.

–¿Las redes sociales son una buena herramienta para acercar la gente a los políticos?

–Más que eso, debería permitir que la gente se apropie del debate y que los políticos se acerquen a la gente. No es tanto la gente la que debe acercarse a los políticos como los políticos los que deben acercarse a los ciudadanos, que nos estamos apropiando del ágora, del ámbito de discusión. No somos espectadores de la política, sino que queremos ser actores. Y en la medida en que queremos serlo queremos que los políticos sean conscientes de ello.

–¿Pueden ser una herramienta de transparencia política y democracia ciudadana?

–Lo pueden ser; no lo son por definición, pero abren este campo de posibilidades. Las redes en sí mismas no son una garantía de transparencia, pero sí es verdad que su lógica permite avanzar de una forma mucho más clara, más decidida, hacia esquemas de gestión transparente en la política. Esto es evidente. Otra cosa es que esta oportunidad que ofrecen las redes se quiera aprovechar o no. Eso ya depende de las opciones políticas, del mismo debate político. Lo que no tendría demasiado sentido es que todo este campo de posibilidades que abre la comunicación en red, que no es muy respetuosa ni con fronteras administrativas, ni sociales, ni con nada de eso, se acabe convirtiendo sólo en una herramienta que permite que la gente cuelgue cuatro fotos y diga cuatro tonterías. El potencial renovador que tienen las redes es mucho más importante que eso.

–¿Se puede ser político en el siglo XXI sin escuchar a los ciudadanos?

–Creo que el despotismo ilustrado (o no ilustrado, peor aún) cada vez será más difícil. Aunque ahora estamos en una disyuntiva, una encrucijada en la que una calle nos lleva hacia la profundización en una política participativa, pero la otra opción es precisamente la del despotismo ilustrado: como el mundo cada vez está más globalizado y el debate político es cada vez más complejo, avancemos hacia una concepción tecnocrática de la política, en la que solo algunos elegidos tienen las claves del debate y de las propuestas. En el caso específico de Europa, esta es también una de las claves que explican la distancia entre el proyecto europeo y la ciudadanía: la lejanía con que se ve la toma de decisiones y la imagen tecnocrática y burocrática que han adquirido las instancias de la UE ante el ciudadano. Junto con la crisis económica y las inseguridades que genera en la población, explica que cara a las elecciones europeas las propuestas populistas, autoritarias y nacionalistas (estatistas) estén cogiendo tanta fuerza.