Ir a contenido

El auge de un estupefaciente (y 4)

No es el club, es la maría

El debate ciudadano sobre la legalización de la marihuana desborda a las administraciones

JOSEP SAURÍ

Preguntamos por los clubs cannábicos, y los ciudadanos nos responden sobre el cannabis. El todo por la parte. En ocasiones (la marihuana es un caso claro; la prostitución, otro), las administraciones se acercan al meollo de un debate, pero no se atreven a entrar en él. La regulación de los clubs por la que polemizan las conselleries de Salut e Interior es la punta del iceberg. Un debate eufemístico. La cuestión es qué hay que hacer con la marihuana: si legalizar y normalizar su consumo y su comercialización o mantenerla fuera de la ley.

Así lo ven mayoritariamente los ciudadanos que respondieron a este diario. Y entre ellos predominan los que abogan por un consumo de cannabis ordenado, informado y con garantías, y creen que sería el modo de asfixiar el mercado negro y golpear a las mafias del narcotráfico. Pero, como muestra de que el debate no es sencillo ni cómodo, varios piden ser identificados solo con iniciales.

«Cerrar los ojos ante una realidad solo la complica. El cannabis debe regularse y se debe informar objetivamente de las consecuencias de su consumo», sostiene Gema Mora (técnica de medioambiente, 33 años, Madrid). «El consumo de cannabis es un hecho habitual y aceptado socialmente. Es mejor regularlo que dejarlo en un limbo legal», coincide desde Calbinyà (Alt Urgell) Antoni Juvé (contable, 56 años).

Los detractores esgrimen sus efectos nocivos en la salud y su impacto en los adolescentes. Los favorables a la legalización apelan a la libertad individual, recuerdan las propiedades terapéuticas del cannabis y lo comparan con sustancias legales: «Creo que no es tan malo como el vodka o el whisky», dice Joaquim Montesinos, de 39 años, recepcionista en Brighton (Reino Unido). Incluso recurren a sus potenciales bondades fiscales: «Sería una solución inteligente: acabaría con el tráfico ilegal y recaudaría impuestos, como   el alcohol y el tabaco», afirma Pep Urbano, comerciante barcelonés de 52 años.

El consumo privado de cannabis es legal. Lo que la ley de seguridad ciudadana castiga  -y su próxima reforma prevé más dureza— es fumar en público, traficar y cultivar. Hay jurisprudencia que avala la tenencia y el cultivo para autoconsumo, pero los límites son difusos y los usuarios piden claridad: «Que nos digan cuántas plantas se pueden cultivar sin tener problemas.  La policía me arrancó 7, mi consumo para todo el año», explica R. N., de Rubí. El juez le dio la razón. «Pero pasé 6 horas en un calabozo, tuve que pagar abogados, perdí la cosecha y ahora tengo que comprar a quien sí cultiva para hacer negocio», lamenta.

Así las cosas, legalizar los clubs sería una solución «limpia y sencilla», considera Sara Pijuan, de 26 años, estudiante en Uppsala (Suecia). Pero alberga pocas expectativas: «Los políticos tienden a ignorar la raíz de los problemas y solucionarlos endureciendo las penas».

Mientras Salut prefiere regular el fenómeno para controlarlo, Interior alega que dotar los clubs de un marco legal fomentaría el consumo y el tráfico. S. G. rompe una lanza por el suyo: «Las normas son estrictas: solo entran socios, con su DNI». Nada que ver con la turbia imagen de estas asociaciones, asegura. No hay problemas con los vecinos, y dentro «hay gente de todo tipo. Se hacen clases de inglés y de samba, espectáculos... Y sesiones sobre el uso y los riesgos del cannabis». «¿Cerrando estos locales van a acabar con el consumo? Claro que no», concluye. Con contundencia, pero con iniciales.