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DEBATE ENTRE PADRES Y EXPERTOS SOBRE LOS REGALOS PARA LOS PEQUEÑOS

Cómo educar a los Reyes Magos

El acto de regalar y recibir juguetes durante las fiestas se erige para las familias en una disyuntiva entre el desenfreno consumista y una herramienta formativa para los niños

INMA SANTOS HERRERA

Hay que regalar más cosas que juguetes: valores, experiencias... / ANAHÍ GALLARDO

¿Juguetes: educativos, electrónicos o clásicos? ¿Es mejor dejar elegir a los niños o imponer el criterio de los adultos? ¿Qué cantidad de regalos es la adecuada? ¿Pueden, o deben, los padres resistirse a la marea de las modas, a la publicidad, al chantaje emocional, a la ilusión de los parientes, al síndrome de Papá Noel?
Para los niños, escribir la carta a los Reyes es un ejercicio de ilusión mezclada con la desazón que genera verse obligado a elegir una cosa buena y otra que, tal vez, sea mejor (o no). O ni siquiera eso, ya que esa incertidumbre se soluciona pidiéndoselo todo y que los Reyes elijan. Para los padres con hijos en edad de merecer juguetes, en cambio, la historia es otra, atrapados en esa red que forman el consumismo, las tradiciones familiares, los deseos de los pequeños y la intención de educar de forma correcta a través de una herramienta tan importante como son los juguetes y el acto de regalarlos y recibirlos. «Vivimos tiempos de padres hiperregaladores e hijos hiperregalados, en la que parece que los padres tienen la obligación de regalar muchas cosas a los niños», diagnostica Cristina Ramírez Roa, profesora en el departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Facultad de Psicología de la UB.
Acerca de esto, de sobrevivir a la Navidad no ya económicamente, sino educativamente, debatieron a instancias de EL PERIÓDICO dos expertos –Cristina Ramírez Roa y Jordi Puig, pedagogo y miembro de la junta de Gobierno del Col·legi Oficial de Pedagogs de Catalunya–, cinco madres y tres padres de entre 43 y 53 años, de diferentes sectores profesionales y con hijos e hijas con edades entre 1 y 19 años. La conclusión es de consenso: menos cantidad de regalos, pero mayor calidad, entendida como valores educativos y no el valor económico, la seguridad o la resistencia del juguete. Si fuera tan fácil decirlo como conseguirlo... 

LA ELECCIÓN
«¿Para qué, no por qué, pide esto mi hijo?»

Coherencia con la educación que se imparte el resto del año y sentido común. Esa es la regla de oro a la hora de elegir los juguetes. O, en palabras de Antonio Valcárcel, padre de un chico de 13 años y una niña de 8, «libertad para escoger para ellos, pero con espíritu crítico». Es primordial, coinciden expertos y padres, tener en cuenta los deseos de los niños, pero –y ahí entra el espíritu crítico al que se refiere Antonio– siempre asegurándose de que de verdad ese es el juguete más conveniente, el que se quiere, que en la realidad será tan bonito como se ve en la caja. Porque existen las modas. Y las comparaciones (ese coche es precisamente el que se han pedido los amigos). Y el bombardeo publicitario. «Los niños han
de aprender a escoger lo que ellos quieren, no lo que los padres escojamos por ellos, y gestionar su regalo; es su juguete», apunta Cristina Ramírez Roa. Responsabilidad, pues.

SEXO Y EDAD En este sentido es importante no dejarse arrastrar por los tópicos. Para que quede claro: «Los juguetes no tienen sexo. Lo importante no es que sea para niños o para niñas, sino que sea para ese niño o esa niña en concreto», dice Ramírez Roa. Otra cosa es la edad. «Muchas familias parecen empeñadas en que sus hijos sean muy maduros, mayores de lo que son», denuncia la profesora de Psicología Evolutiva y de la Educación. Esta visión de la realidad condiciona en muchos casos erróneamente a los padres a la hora de escoger los juguetes. Así pues, a cada edad, lo suyo.
Los padres suelen buscar el equilibrio. «Algo que les haga mucha ilusión y alguna otra cosa más educativa», dice Marta Rigol, pensando en su hijo de 11 años. Y sobre todo, «que les guste, que les entretenga y que sea creativo», repite como consigna Enrique Baeza, padre de un niño de 6 años y de una niña de 4. ¿Algún consejo de algún padre veterano? Cristina Gutiérrez encontró una fórmula cuando sus hija y su hijo eran pequeños (ahora tienen 18 y 15 años) : «Preguntarse: ¿para qué (no por qué) pediría esto mi hijo?» 

¿CUÁNTOS SON DEMASIADOS?
«Lo importante es el juego, no el juguete»

«Lo esencial –apunta el pedagogo Jordi Puig– es preguntarse cómo juegan nuestros hijos. Y a partir de ahí, pensar en qué necesitan para jugar. Se le da demasiada importancia al juguete, cuando en realidad lo importante es el concepto del juego». En cambio, lo habitual es que los niños regresen en enero a la escuela con un alud de juguetes a sus espaldas. Cosas del consumismo, pero también de la presión del entorno familiar, presión bienintencionada y bondadosa, pero presión al fin y al cabo. El problema, apunta Marta Amigo, madre de un chico de 15 años y una niña de 11, es que «todo el mundo se apunta al carro los Reyes, el Tió, el Papá Noel y mucha gente lo celebra todo». ¿Resultado? Regalos en casa, en casa de los abuelos, de los tíos, de los amigos... «Esa costumbre de ir recogiendo regalos por las diferentes casas me parece casi patológico. El niño se pasa el día estresado pensando qué le habrán traído en cada casa sin disfrutar de nada», apunta Ramírez Roa. En efecto: padres (o familias) hiperregaladores y, lo que es peor, hijos hiperregalados.
Como profesional, Ramírez Roa propuso hace algunos años («y la primera vez que lo hice saltaron las alarmas en algunas tiendas de Barcelona») una solución drástica: trabajar para que el niño solo pida un regalo, como máximo dos. Ello conlleva el esfuerzo de hacer una lista con el niño y pulirla, por ejemplo, ir a ver los juguetes a las tiendas, para comparar y descartar. Cada familia debe encontrar su fórmula.
Jordi Molas, padre de nueve hijos de edades comprendidas entre los 9 meses y los 19 años, practica lo que llama «el elogio de la austeridad». «Es una cosa maravillosa, humana, heredar los juguetes de los hermanos, de los primos...», explica. En casa de Antonio Valcárcel, además de limitar el número de regalos, rige una norma: «No siempre acaba llegando todo lo que se ha pedido. Es una manera de que se den cuenta de que en esta vida no se puede tener todo». Lección número uno de educar aprovechando el acto de regalar y recibir: conviene enseñar a valorar. 

APRENDER DE LOS REGALOS
Valorar, renunciar compartir, elegir

Es fundamental que los niños valoren los regalos. Total acuerdo en este aspecto entre expertos y padres. «Hay que evitar la recompensa inmediata», dice Cristina Gutiérrez. En muchas ocasiones, los padres tienden a intentar compensar con regalos el tiempo que no pasan con sus hijos. Error. «Los niños necesitan mucho tiempo, pero de calidad», recuerda Ramírez Roa, y eso no se compensa con regalos. 
¿Qué se les ha de conceder y qué no? Argumenta la psicóloga que los padres tienen el deber de enseñar a los hijos a ser responsables y que ellos tienen que aprender a serlo. Socialmente, asegura, se ha extendido la creencia de que los niños son capaces de hacer y gestionarlo todo; para ellos todo son derechos y pocas obligaciones. Por eso, «hay que darles solo lo que se ganen. Es importante no darles todo porque tienen que aprender a gestionar la frustración y a superarla». Dejando algo en el candelero «enseñas a tu hijo a renunciar», coincide Cristina Gutiérrez.
Gestionar, renunciar, valorar, superar la frustración y por qué no, compartir. En medio de este ritual en el que los niños piden y reciben, es importante, según el pedagogo Jordi Puig, inculcar el desprendimiento. Por ejemplo: mentalizar a los niños para descartar y prescindir de juguetes a cambio de los nuevos y llevarlos a algún sitio para que otros niños jueguen con ellos. «Hay que huir de la cultura consumista, intentar no convertir los Reyes en la fecha señalada porque traen regalos y recuperar la esencia y la ilusión de estas fiestas», propone Antonio Valcárcel. Puig se muestra incluso contrario a redactar una lista de juguetes. «¿Y qué pasa el resto del año, no se puede hacer un regalo un día cualquiera, hay que hacerlos todos en Navidad? 

EL ENTORNO FAMILIAR
Los Reyes no deben parar en todas partes

Lección número dos de educar aprovechando el acto de regalar y recibir: conviene dar ejemplo. En esta concepción del regalo no entendido tan solo como el juguete, los dos expertos invitados por EL PERIÓDICO inciden en la importancia de reeducar al entorno. Es tarea de los padres asesorar al resto de la familia sobre qué tipo de juguetes y regalos deben recibir los pequeños en sus casas. «Hay que dejarles muy claro por qué no queremos determinado regalos para nuestros hijos», apunta Cristina Gutiérrez.
Es necesario explicar que no conviene que el niño reciba tantos regalos ni en todas las casas. ¿Cómo hacerlo? Cada padre supera esta prueba, difícil, muy difícil, a su manera. Algunos ejemplos surgidos del debate: unos eligen en qué casas habrá regalos y en cuáles no. Otros establecen un turno rotatorio entre diferentes hogares de la familia. Otra fórmula es fijar la cantidad de regalos y un valor máximo en euros para evitar cargamentos excesivos. No solo los niños deben ser educados. No solo los niños deben aprender a renunciar y compartir.

JUGUETES TECNOLÓGICOS
A cualquier edad, pero bajo estricto control

Tabletas, consolas, móviles... En los últimos años se han convertido en el regalo estrella no solo para los adultos, sino también para los más pequeños. Las nuevas tecnologías son un elemento decisivo en la educación y formación de niños y jóvenes, así como en el desarrollo de sus capacidades y personalidad. Frente a estas ventajas, están las dudas de los padres: el miedo a adicciones, la preocupación por unos juegos más violentos que educativos... Muchos padres tienen la sensación de librar una batalla. ¿A qué edad introducir los juguetes electrónicos? 
«A cualquier edad», responde Puig. En su opinión, no hay que demonizar ni prohibir, simplemente trabajar sobre el tipo de juegos que utilizan los niños, que sean educativos, no violentos. Ahí es donde hay que poner la barrera. Ahí, y según los padres, en el tiempo que se les dedica. Montse Escudé, confiesa que a veces tiene dudas y cree que sus hijos (un niño de 14 y una niña de 12) pasan demasiado tiempo con la consola. «Sin embargo, fuera de casa y en el colegio usan los juegos clásicos, pasan horas con el monopatín o jugando a la pelota y la niña, disfrazándose...». Jordi Molas, en cambio, es un fan de las tecnologías: «Son muy educativas, fomentan la creatividad y la imaginación, pero hay que saber gestionarlas». Por eso, en su casa se juega el fin de semana y por turnos. 
Más difícil, más problemático, es gestionar la entrada en el universo infantil del móvil. «Muchos jóvenes dejan de lado las redes sociales, la parte pública que de algún modo los padres podíamos controlar, y se recluyen en el Whatsapp, privado y más complicado de supervisar», advierte Molas. La solución varía: unos padres intentan retrasar al máximo su introducción («en casa, no hay móvil hasta que no se demuestra que van y vuelven solos de los sitios, y solo con SMS y llamadas», dice Molas) o por fomentar la confianza («He conseguido que mi hijo, de 15 años, me explique qué corre por los Whatsapp del grupo de clase...», dice Marta Amigo) .

MÁS ALLÁ DEL JUGUETE
Ofrecer experiencias y fomentar la ilusión

Lección número tres de educar aprovechando el acto de regalar y recibir: hay vida más allá del juguete. Psicológos y pedagogos, como es el caso de Jordi Puig y Cristina Ramírez Roa, coinciden en que hay que evitar reducir el regalo tan solo al juguete. Hay que regalar también valores, emociones, relaciones: «Un regalo no tiene por qué ser un juguete, puede ser una experiencia», añade Puig. Enrique Baeza, padre de un niño de 6 años y una niña de 4, explica su caso: «La debilidad de mi hijo mayor son los animales: por su cumpleaños nos pidió ir a Tenerife a ver las ballenas desde un barco. Fuimos en vacaciones y lo convertimos en una experiencia familiar. Y ha renunciado a la PlayStation por ir a ver las ballenas belugas al oceanográfico de Valencia». Es solo un ejemplo, a veces estas opciones son difíciles de conseguir para los Reyes Magos, pero hay miles de variaciones más accesibles: «Una salida a la montaña, una visita al zoo, un día en el Tibidabo, recorrer Barcelona…», apunta Raquel Rebollo, madre de dos niñas de 7 y de un año y medio.

RECUPERAR LA MAGIA «Los Reyes son mágicos y hay que recuperar ese concepto», sostiene Puig, que propone que el niño no solo haga peticiones sino que ofrezca, «que sea consciente de que puede pedir cosas pero también tiene obligaciones». Y propone un banco del tiempo: que el niño se comprometa a pasar tiempo con familiares y amigos para hacer con ellos algo diferente (construcciones con el abuelo, trabajos manuales con su hermano...). 
¿Por qué no pedir apadrinar a un niño? «O regalar a los niños la posibilidad de ayudar: una especie de tiquet que proponga al niño prestar algún tipo de ayuda a alguna persona», propone Gutiérrez. Ideas no faltan, solo hay que ponerlas en práctica. «Al final –rubrica el debate Marta Rigol, la madre de un niño de 11 años– damos muchas vueltas a las cosas y, traigan lo que traigan los Reyes, ellos están contentos».